jueves, 30 de julio de 2020

DÍA DEL LIBRO EN CONFINAMIENTO



Cada año, al acercarse el Día del Libro, para algunos empieza un pequeño ritual. En mi caso, desde que empecé a publicar, en ese ritual conjugo mis necesidades como autor y como lector, y siempre con la esperanza de sumar lo que los lectores aporten en el encuentro con alguno de mis títulos. Esa es la combinación tan esperada e incluso soñada. 
Este año, el dichoso virus nos ha empujado al confinamiento, pero no a perder el ritual inherente a la gran fiesta. Como en años anteriores, hubiese esperado a que los hipotéticos lectores se acercasen hasta el puesto y ellos y yo hubiésemos intentado abarcar el universo inabarcable de las lecturas.
La novela Tiza sería el libro veterano. A su lado, otra novela, Las zonas frías del Sol y, a continuación, dos obras de teatro, la primera vez que presentaría textos teatrales: La danza de la lluvia Locus amoenus, ambas obras galardonadas, la primera con el Premio Internacional Casa de Teatro y, la segunda, con el Premio FATEX.
Os dejo algunas líneas sobre cada una de las cuatro obras que se han quedado en casa en este malogrado Día del Libro.  

Tiza es una novela rotundamente desmitificadora. Entre los muchos aspectos presentes en ella, destaca un profesor desencantado con su trabajo, alejado de repetidos tópicos manidos en el mundo de la enseñanza. A su protagonista le provocarían salpullido referencias cinematográficas presentes en Rebelión en las aulas o en El club de los poetas muertos, por citar ejemplos conocidos. Tiza tampoco pretende demandar alabanzas hacia el profesor ni denunciar la falta de reconocimiento social, como pudiera interpretarse de la obra de Frank McCourt (El profesor), ni reafirmar las supuestas fórmulas sabias de El arte de enseñar de Pennac. El profesor de la obra de Tiza sabe que no está dotado de la varita mágica que transforma los problemas en pura armonía; ni siquiera lo pretende.
Esta novela transciende del ámbito cerrado de la enseñanza y recorre los caminos que se camuflan en la figura socialmente positiva del docente. El profesor de Tiza reclama su derecho a no tener vocación, a tener una vida no tan ejemplar, a ser imperfecto. Y siempre, sin perder de vista el humor ácido que envuelve los acontecimientos.                                                              

En Las zonas frías del Sol, la acción transcurre en una Barcelona casi real, básicamente, en un supuesto hotel de lujo, llamado Hotel Manila. El jefe de botones, Andrés, motejado como el Ratón, facilita que aquellos puedan fisgar la vida privada de los huéspedes, a cambio de cierta cantidad económica. Uno de los momentos más esperados para el negocio del Ratón sucede con la llegada de una cantante de moda, Raquel Plus, por la cual, Roberto, otro de los botones, siente una atracción especial. Estas circunstancias se entrelazan con la trayectoria de los personajes: la del recepcionista homosexual, que ha mantenido relaciones con el Ratón, a cambio de una promesa que algún día aquel tendrá que cumplir; con la de Pedro, quien vive la contradicción entre la palabra de los testigos de Jehová y su visión del mundo, sin obviar la de la huésped inglesa o la de la ilusionada Jennifer, que aspira a ser cantante, así como la del personaje casi irracional, el Lobo.
Durante la última noche de hospedaje de R. Plus, Roberto tiene la llave del cuarto de servicio para desde allí, presenciar la intimidad de la cantante. En esa misma noche, el desarrollo de las diferentes líneas argumentales ha desembocado en un intento de suicidio, un crimen y un robo. Roberto, por el capricho del azar, se ve inmerso en ese torbellino. En definitiva, todas las historias no dejan de ser una constatación de la casualidad por un lado y de la indolencia, por otro: ante la tesitura de socorrer a un herido de muerte o fisgar en la vida de la cantante, ¿qué elige Roberto? ¿Qué elegiríamos nosotros ante la tesitura de renunciar a un deseo al alcance de la mano o socorrer a un necesitado? La novela combina momentos contundentes, aunque a través de una fría ironía; por ello, podríamos considerar que se trata de una novela tragicómica.
En la narración se alterna la tercera persona omnisciente, y la voz interior de Roberto, quien nos cuenta su visión a través de la primera persona; de ese modo se le podrá contrastar con el pensamiento de otros personajes y con los sucesos relacionados con ellos. La novela acaba en un epílogo en el que también nos habla Roberto, una vez transcurrida esa concatenación de incidentes.

 La danza de la lluvia ganó el premio internacional Casa de Teatro, celebrado en la República Dominicana.
Valentín García Pimentel, parado, ha sido llamado por la Wilson Corporation SLPK, una multinacional tabaquera, para lo que él supone una entrevista de trabajo. Irá respondiendo a las diferentes preguntas que le dicte una voz con acento inglés de EE.UU., a la vez que deberá realizar una serie de pruebas que se le pedirán, e incluso, cada vez que la voz lo considere oportuno, a Valentín se le realizará una extracción de sangre que servirá para completar el estudio que la compañía lleva a cabo. Todas las pruebas se combinan con fumar determinados cigarrillos en experimentación. Cuando el protagonista desea interrumpir el experimento: resulta que no puede salir. La voz le propone que colabore a cambio de un incentivo que no se especifica en qué consistirá. Valentín acepta y sigue adelante. Esta obra de teatro contemporáneo parte de un hecho cotidiano para abarcar aspectos sociales y existenciales. El humor nos acerca el personaje, si nos reímos de este, al poco nos arrepentimos de haberlo hecho. Valentín no deja de ser un personaje que predica su honradez desde la barra de un bar.


       
Locus amoenus es un monólogo femenino que fue galardonado con el premio FATEX en 2005. Verónica sustituye por un día a la secretaria del Presidente. En ese tiempo, cree que la vida le ha ofrecido una oportunidad para dejar huella, por lo que en el poco tiempo del que dispone como sustituta, debe esforzarse en dejar el recuerdo de su presencia antes de volver a ser un personaje gris. Quisiera la mujer que el Presidente se fijase en ella, así que realiza visibles cambios en el despacho. Sumados a esos cambios, tal vez el más destacado sea el que se origina en ella misma, lo cual significa para los espectadores la verdadera disección del personaje, el desnudarse interiormente a través del análisis de ella misma.
Verónica es espontánea y tremendamente positiva. En su inmersión, podemos creer que no llega a profundidades perceptibles, es decir, que su mundo sea algo superficial; sin embargo, podría ser que Verónica nade en la superficie después de haber conocido el fondo.
Suerte, amigos.
                       




viernes, 3 de julio de 2020

La espera. Primer capítulo de Las zonas frías del Sol



He aquí el primer capítulo de Las zonas frías del Sol.  
Editorial: Amarante. 
ISBN: 978-84-949142-1-8.  
Páginas: 228.

Tal vez el dilema al que nos conduce la novela sea el siguiente: ¿qué haría cualquiera de nosotros si cuando tuviese al alcance de su mano algo -por banal que fuese- muy deseado, tuviese que renunciar a ello por socorrer a alguien? ¿De verdad que renunciaríamos? 


Las zonas frías del Sol, de Eugenio Asensio




—Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque (ve aquí la razón) si no te hubieran echado a puntillones del más hermoso de los castillos por aquel ósculo que diste a la señorita Cunegunda; si no te hubiera cogido la Inquisición; si no te hubiera fustigado después; si no hubieras viajado a pie por América; si no hubieras perdido los carneros que sacaste de aquel bienaventurado país, no regarías ahora las coles, ni comerías espárragos y alcachofas, ni las venderías en la ciudad de Constantinopla.
Cándido, de Voltaire

El Cónsul se sintió angustiado. ¡Ah, qué daría por tener un caballo y galopar, cantando, lejos, quizá para ir a ver al ser amado, para llegar al corazón de la sencillez y la paz del mundo! ¿Acaso no era eso como la oportunidad que depara al hombre la vida misma? Claro que no. Sin embargo, sólo por un momento así le pareció.
Bajo el volcán, de Malcom Lowry



1   La espera

Hace tres días que no tengo una erección, lo cual me ha llevado a pensar en un tipo, recepcionista de hotel, que contaba en televisión sus muchas experiencias sexuales. Hablaba sobre todo de las mujeres nórdicas, por supuesto, de entre ellas destacaba a las suecas. Aquel era algo así como el último espécimen de aquel macho hispánico instalado en su hábitat natural, es decir, en cierto hotelucho de la Costa Brava. Narraba anécdotas como la referente a la llegada de un autocar repleto de suecas, que cuando entraron al hotel lo vieron y lo desnudaron. Él seguía con más historias, como aquella otra que se centraba en el idilio que mantuvo con una alemana, mujer entrada en cierta edad, y con la hija de esta. Contó que todo acabó cuando ellas descubrieron que se entendían con la misma persona. Dijo el entrevistado que mientras ellas se despellejaban aprovechó para salir de la habitación y no volver con ninguna de las dos; claro, pensé, teniendo un autocar de suecas al acecho, qué importaba una madre y una hija alemanas.
A nuestro hotel jamás llegó ninguna sueca, o si llegó, como nunca desnudó al Cabezón, no nos enteramos de que fuera sueca. El Cabezón, o bien, el señor Mena, es el recepcionista de más antigüedad y quien está preparando el salto de Andrés, de jefe de botones a recepcionista auxiliar o a auxiliar de recepción, que por lo que ellos dicen, debe de ser lo mismo. No es necesario apuntar que al señor Mena el mote le cayó por razones obvias, pero apuntándolo es la mejor forma de incidir en la más destacada de sus características.
En el hotel, tener un mote puede traer serias consecuencias, quizá no tanto para el Cabezón como para los botones, porque quienes lo llamamos así somos sus inferiores; o sea, que sus aspiraciones en el hotel no dependen de nosotros. En cambio, entre los botones, difícilmente podrá no ser nefasto; primero, la vejación del motejado mientras padece el sobrenombre por sus iguales, y después, como efecto contrario, cuando la persona tildada alcance un puesto superior, siempre caerá sobre los demás (ahora inferiores) la venganza del anteriormente humillado. Esas circunstancias las sufriremos con el Ratón si algún día, cuando sea recepcionista, descubre o sospecha que lo llamamos como él sabe que lo llamamos. De cualquier modo, lo principal es que a todos nos conozcan nada más que por nuestro nombre. Yo me llamo Roberto, y hasta hoy creo que nadie ha sustituido mi nombre por ningún apodo. El día que eso suceda será porque algo se me habrá ido de las manos, quizá un proceder inesperado, una respuesta poco meditada. Aun existiendo la posibilidad posterior de venganza, siempre significará estar ahí con una cruz en la frente y cayendo en picado por el agujero de algo a lo que de momento no le he puesto nombre.
El personal del Hotel Manila no solo puede clasificarse en esos dos grupos: los que arrastran un sobrenombre y los que todavía no arrastramos nada, hay pues un tercer tipo, que lo forman aquellos que están en vías de ser motejados, aquellos que empiezan a sobresalir con demasiada frecuencia, pero que todavía no han recibido el nuevo bautismo porque no ha habido un acuerdo tácito, por parte de los padrinos, sobre la elección del mote. Entre los que con toda certeza visitarán en breve el baptisterio destaca Pedro.
En cuanto a los motejados sobresale el Ratón. Para nosotros, los botones, resulta difícil imaginárnoslo detrás del mostrador, es decir, en una categoría laboral que no sea la nuestra. Incluso es difícil verlo vestido de otro color que no sea el rojo, y por supuesto, con los entorchados dorados. No es que Andrés venga desde su casa engalanado con su traje de botones, y que salga con él cuando acaba su jornada. Qué va. Lo que pasa es que mejor sería que así fuera, pues el Ratón es de un exquisito por el que nadie con sentido común debería fiarse para que le eligiese ni la ropa ni nada. El Ratón no es que sea extremado o que sus gustos se ajusten a una línea o a otra, lo que pasa es que el Ratón es de modas cruzadas, como todo en él; sin embargo, una candidez insospechada, más que una presunción, le impide ubicarse en el mismo espacio que los demás, en las mismas coordenadas que este hotel de lujo al que podría abrírsele una fisura justo de sus mismas medidas.
En otro tiempo, por lo que se cuenta, el Cabezón estuvo liado con una francesa que se albergó aquí en unas nada blancas Navidades. Eso es algo que ha pasado a los anales del hotel. Hubo amor pasional, llegada inesperada del novio de la francesa, carreras, lío de puertas como en el teatro y si te he visto no me acuerdo. La francesa y el francés se marcharon y para los de aquí todo siguió como estaba. Pero también podría ser todo mentira. En este hotel no se liga, no se parece en nada al que describía el tipo de la tele, y que nadie se emperre defendiendo lo contrario; tal vez por eso tiene tanto éxito el negocio del Ratón y el señor Mena.
El mismo verano que acabé y aprobé el primer curso de Filosofía, entré en el Hotel Manila, en el que trabajo desde hace más de dos años. El recuerdo de aquel verano me es grato, pero no solo ese recuerdo, también el cambio que yo había provocado en mi vida; o sea, que se cerraba un período y se abría, con mi dedicación al trabajo, otro mucho más esperanzador. En aquel mismo momento me pareció interesante, tanto que decidí no matricularme en la universidad. Desde entonces, mi única actividad intelectual, si puede llamarse así, es devorar novelas, y cuando me empacho de ellas, no leo nada durante meses. Me exasperan y acaban aburriéndome los personajes que pretenden mostrarse como un modelo de conducta y convertirse en el anhelado espejo del lector; y no digamos nada de los que se regodean en el frívolo detritus del llamado realismo sucio (decía un amigo que el realismo sucio es convivir con dos abuelas), o los que se deshacen por no cruzar sus vidas con elementos como el televisor o el teléfono móvil. En cuanto a la filosofía, nunca más he vuelto a tocar ningún texto, ni pienso hacerlo, con un año tuve suficiente para reconocer que me había equivocado en mi elección; bueno, me había equivocado en las notas de acceso a la universidad, pues Filosofía era de lo poquito que podía elegir.
Mis reflexiones se han vuelto más pragmáticas. Estas me dicen que mi futuro, aun descartadas las posibilidades de ligar, siguen estando aquí, en el Hotel Manila. Creo que muy pronto me pasarán a alguna sección de mayor reconocimiento. Estoy convencido de ello porque no tengo competencia entre mis compañeros. Todos los que por su antigüedad pudieran aspirar a ocupar un lugar mejor en el hotel son auténticos palurdos y no pueden desarrollar otra función que la de cargar maletas y esperar propinas. El caso de Andrés, el Ratón, es diferente, no es que sea menos palurdo que los demás, lo que sucede es que cayó en gracia al señor Mena, y el Cabezón aquí tiene mucha mano.
A veces pienso que Andrés, el Ratón, aun siendo incapaz de ordenar coherentemente dos pensamientos, está dotado de una habilidad instintiva para conocer el mundo a través de barruntos que él, por una extraña transmisión, ha recibido como herencia primitiva, bien diferente al resto de los humanos, a pesar de los refinamientos de nuestra civilización. ¿Será por su cándida intuición por lo que se ha ganado el aprecio del señor Mena? Al Ratón no le pesa el cuerpo, la herencia recibida a través de miles de años lo empuja con fuerza hacia sus objetivos, pero algo de asombro se le derrama en la mirada. Quiero pensar que yo soy mejor; debo pensarlo, pero a pesar de mi acto de soberbia me cuesta creerlo. ¿Qué pensará él?, y ¿qué barruntará el Ratón del público al que sirve?; y bien, ¿qué pensarán los huéspedes de él? En todos los oficios en los que se supone cierto servilismo, en el intercambio estipendio por trabajo, quien paga, parece que compra el derecho a limitarnos la existencia a unos actos insignificantes: retirar el plato con los restos de la comida, esconder una mirada de complicidad a quien guardará en la maleta las toallas del baño, mantener una sonrisa ante el crimen cometido por el niño sobre el mantel, abrir los parasoles en la terraza… Me es inevitable pensar que el huésped nos limita la vida a una suma de actos muchas veces banales, que, como tales, flotan sin ahondar en la materia de lo que llamamos vida. También me pregunto si algún cliente del hotel, pasado un tiempo de su hospedaje, si me encontrara en otro lugar, me reconocería. Creo que yo sería tan anónimo para el huésped como lo era para mis profesores de universidad. En el breve tiempo que mi imagen pudo rondar por la memoria de quienes pasaron por el hotel ¿me permitieron estos dar el salto hacia fuera o se me encerró para siempre en la cotidiana y efímera actividad del sirviente? Esas preguntas me inquietan, me aguijonean hasta crearme la necesidad de formularlas delante de todos y cada uno de los huéspedes, y el no hacerlo (como así sucede) significa ponerme una mordaza, significa que se me inflige el castigo como a criatura inferior que debo ser, y eso me jode. Si por el contrario, traslado esta inquietud a los huéspedes, es decir, que sean ellos los que crean que su existencia queda limitada a actos cotidianos (a veces ridículos por lo grandilocuentes) apresados en la retina de los botones, lejos de satisfacerme me crea angustia y miedo; porque es como si pretendiendo escapar de una condición, creyendo haber dado el salto por encima de los límites de mi actividad, se me abriesen los ojos para ver que en verdad no me hubiera movido de esta misma baldosa del hotel, que ahora piso; como si la imagen real y la imagen reflejada en el espejo negaran la complementariedad, quedando solo la ilusión de ser reflejada, y eso también me jode. Pero trabajar en el hotel, además de crearme en ocasiones desasosiego, también significa tener el mundo acotado, bien estructurado, creyendo conocer (o jugando a creer) el lugar que ocupa cada cual. Y aunque mi condición no es de las envidiadas, saber dónde me encuentro compensa mis tribulaciones.




sábado, 28 de marzo de 2020

Necesito una isla grande






Ediciones Contrabando                 
ISBN: 978-84-121010-8-9 

Pp: 180

PVP: 15€








VIDA PARA HUIR DE LA VIDA


     Necesito una isla grande es la última novela de Rafael Soler. Se trata de un título que no pretende ofrecer pistas al lector, quizá alguna sugerencia poco concreta para quien con él se mire cara a cara. Mejor, mucho mejor, porque será al acabar la lectura cuando seremos capaces de completar el sentido y reorganizar las evocaciones previas.
     Subido a la última entrega de Rafael, la vista es amplia y ondulante; tanto como en su novela anterior, El último gin-tonic. En esta destacaba, entre otros elementos fundamentales, una historia bien trabada y contada con la justa exactitud de quien sabe que una palabra de más en una descripción, en un diálogo o en esos momentos en los que la acción progresa, puede desbordar el recipiente. Llegados a esta isla, el autor mantiene el mismo pulso, hasta conducirnos a la última escena. En definitiva, si algo no aparece en el texto es porque no era necesario.
     En la nueva novela, la omnisciencia de la tercera persona narrativa nos muestra a unos personajes humanizados por su pasado y por su presente. Se habla, sin decir (que en literatura es la mejor manera de contar), del último intento por burlar el peso inexorable de los días; o sea, burlar a la parca que llevamos cosida a nuestras sombras. Los personajes saben qué les va a suceder, pero han de acercarse a ese abismo. ¿No son, acaso, los intentos desesperados una muestra más de lo que solemos llamar humano? 
    Habiéndome dejado transportar por las páginas de la obra, entiendo que en ningún caso el texto se detiene en una anécdota ni en conducir los acontecimientos al servicio de un clímax técnicamente alimentado. Aquí los acontecimientos brotan de forma natural; es más, los actos de los personajes son un salto al vacío para huir de un vacío mayor: vida para huir de la vida. Es así, pues los personajes pertenecen al mundo de los héroes invisibles cuya épica está en la pura existencia. Permitidme que no revele los momentos que ha de disfrutar el lector.





  Quisiera añadir que la novela también despierta una plasticidad fílmica que roza al mismo guion cinematográfico; si así es en la participación coral de los personajes, también lo es en los diálogos: concisos a la vez que significativos, que empujan con la intención de que la trama avance. 
     Rafael Soler, en realidad, nos cuenta dos historias que se entrecruzan sin entorpecerse. Por un lado, la de los ancianos Panocha, Rocky, Coronel, Carmina y Tomás, que, tras obtener un premio económico en un sorteo, deciden abandonar la residencia y salir a quemar el mundo; por otro, la de Julián, hijo de Tomás, quien vive una dura sequía creativa como guionista radiofónico y necesita un terremoto vital que le ordene el mundo. 
     Cuando imagino al autor en plena efervescencia creativa, lo veo en la tarea de orientarse sobre el terreno, de buscar los puntos cardinales que necesitarán sus personajes. Lo veo mirando al cielo y después consultando su brújula y, una vez más, llegando al único destino, en este caso a una isla bien grande.





      Para acabar mi breve reseña, quiero recordar que a Rafael Soler lo esperábamos en Barcelona el 31 de marzo; sin embargo, los acontecimientos que nos han obligado a confinarnos en casa también han provocado el aplazamiento de la presentación. Una vez superada esta etapa, habrá nueva fecha y estoy convencido de que lo veremos y de que vamos a seguir conversando en esos remansos que nos proporciona la literatura. Vale. 




   


























































































lunes, 16 de marzo de 2020

Locus amoenus





Título: Locus amoenus
Autor: Eugenio Asensio
Precio papel tapa blanda: 4,80 €
Precio e-book: 1,75 €
Número págs.: 55
ISBN-13: 979-8614789404

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Una reflexión, la sinopsis y un fragmento


La televisión ha popularizado los monólogos, en ocasiones inteligentes, en ocasiones facilones e insultantes, pero siempre con la capacidad de cogernos desprevenidos y dejarnos indefensos ante las palabras de su monologuista. Locus amoenus es un monólogo femenino de carácter humorístico y reflexivo que nos cuenta una historia a lo largo de cincuenta y cinco páginas y os aseguro que, en absoluto, pretende ridiculizar a nadie, por el contrario, la protagonista habla de ella hasta abrirse en canal para mostrarnos los recodos más íntimos de su existencia.



*          *          *



Verónica sustituye por un día a la secretaria del Presidente. En ese tiempo, cree que la vida le ha ofrecido una oportunidad para dejar huella, por lo que en el breve tiempo del que dispone como sustituta, debe esforzarse en dejar el recuerdo de su presencia antes de volver a ser un personaje gris. Quisiera la mujer que el Presidente se fijase en ella, así que realiza visibles cambios en el despacho. Sumados a esos cambios, tal vez el más destacado sea el que se origina en ella, lo cual significa la verdadera disección del personaje, el desnudarse interiormente a través de la introspección.
Verónica es espontánea y tremendamente positiva. En su inmersión, podemos creer que su mundo sea algo superficial; sin embargo, podría ser que Verónica nade en la superficie después de haber conocido el fondo.



Fragmento de la obra teatral Locus amoenus

            
VERÓNICA.- Ahora mismo, justo cuando he colgado el teléfono he sentido un acaloramiento, no, mal dicho, lo que he sentido era y todavía lo siento: ¡entusiasmo! Es el momento en el que vuelve a abrirse la puerta del paréntesis. Justo en estos momentos soy mucho más libre que hace apenas unos segundos. Si no estuviera ese hombre en el lavabo, me iría a mirar al espejo. Seguro que he ganado color, lo sé porque me lo estoy notando en las mejillas. Es que los paréntesis son grises. No, no es exacto. Los paréntesis te impregnan de un gris que tiende hacia la invisibilidad. Tengo que aprender a verbalizar mis sensaciones. Yo no puedo ir un día al médico y decirle, por ejemplo: «Mire, doctor, he venido porque en estos momentos me ha apresado un paréntesis». Ni tampoco puedo entrar en una consulta y después de que sin mirarme me pregunte ¿qué me pasa?, decirle: «Hoy estoy, si se fija bien en mí, algo así como gris». Claro que la sorpresa sería mía si me dijera: «Mirándola bien, es un gris indefinido. ¿Se ha sentido últimamente transparente?». Entonces yo me animaría y añadiría: (con histrionismo psicoanalítico). «Más que transparente, me siento en ocasiones, invisible; aunque hoy no del todo, como usted puede apreciar. Algunas mañanas cuando me levanto me parece que nadie me va a poder ver. Ayer sin ir más lejos no fui capaz de nada. Era tan invisible que ni siquiera pude venir a la consulta. Preferí esperar a hoy para que usted me pudiera ver un poquito más. Pero si usted me ausculta y me hace las pruebas pertinentes, sabrá que soy, más que gris, soy tremendamente gris, radicalmente gris, biológicamente gris, sexualmente gris. No hay en ninguna ciudad del mundo nadie más gris que yo; por lo tanto, la ciencia, incluso las autoridades, deberían comprender mi caso. Si la medicina no puede darme un poco de corporeidad, he pensado dirigirme a las autoridades para que me concedan algún tipo de subvención, para que me consideren un caso de discriminación positiva. Fíjese doctor si seré gris, que en mi primer día en la escuela de las monjas, cuando a sor Juana le dije que yo no tenía esa libreta que habían sacado mis compañeras, la monja extrajo de un cajón más libretas y empezó a repartirlas entre las recién llegadas como yo; pero a mí no me la dio; lo cual, en aquel momento todavía me podía sorprender, así que se lo volví a recordar, pero ella me miró como si lo hiciera por primera vez y acto seguido me dio dos pellizcos al tiempo que me decía que si no tenía libreta por qué no se la había pedido. Y así, a pellizcos, me fui acostumbrando a mi color. También, para que usted se vaya aproximando a mis circunstancias, y si todavía me quiere escuchar, podría recordar algunos sucesos cotidianos que poco a poco me han ido definiendo. De joven, cuando veía que mis amigas se disponían a ir a la discoteca, supongo que debido a mi poca pigmentación, ninguna, sin mala intención, reparaba en contar conmigo; por lo tanto tenía que aparecer como por casualidad para ir con ellas. Entrábamos —sin tener yo jamás ningún problema con los porteros por la edad, precisamente porque nunca se percataron de mi presencia—, pues eso, entrábamos y nos acercábamos a los amigos. Recuerdo que yo siempre tenía que esforzarme para que ellos me vieran, y no porque fuera fea, que como usted sabrá apreciar en mí, puedo considerarme una mujer de buen ver, cuando eso es posible. Como le decía, cuando conseguía que los chicos me vieran, harto difícil en mi natural transparencia, ya de por sí cenicienta y más en una discoteca, ellos, o se extrañaban y me miraban como si no me conocieran o, con mucha buena voluntad, en el mejor de los casos, como si algo en mí les recordase a alguien que hubiesen visto alguna vez; y yo, sin más remedio, acababa cada tarde y cada noche por volverme a presentar. Soy, no tengo más que reconocerlo, un ser tan borroso, que no sabe usted la de veces que he tenido que parar los pies en la sala de espera porque se habían empeñado los pacientes, en que la persona que tenía el treinta y seis, o sea, yo, no había venido. Pero como se puede comprender, no soy capaz de guardarle rencor a nadie, porque, en fin, con una incorporeidad como la mía he desarrollado mucha comprensión hacia los demás, la misma comprensión que le pido a usted o le pediría a las autoridades en caso de que la medicina no fuera capaz de… Para completar mi historial, déjeme decir que mi cualidad grisácea no se limita a mi persona física, sino que se extiende en ocasiones a algunas de mis actividades: a mis profesores se les traspapelaban mis exámenes y mis trabajos se perdían. Y qué le puedo contar sobre los objetos que he prestado, con decirle que no recuerdo uno solo que me hubiera sido devuelto, irá completando mi perfil. Si incluso a mí misma me cuesta encontrar mis cosas, más que otras, las más personales, con eso queda ya dicho todo. Antes de marcharme de su consulta, tengo que insistirle en que mi grisácea identidad la he perfeccionado tanto que, como ya le he comentado, he logrado en ocasiones ser invisible. Se lo juro, tan invisible como el aire. Pero, claro, cuando me detengo a reflexionar, me temo que eso, más que una virtud, sea un problema y, por lo tanto, más que preocuparme, me aterra.


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La danza de la lluvia








Título: La danza de la lluvia
Autor: Eugenio Asensio
Precio papel tapa blanda: 5,29 €
Precio e-book: 1,75 €
Número págs.: 125
ISBN-13: 979-8614738266
     

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Una anécdota, la sinopsis y un fragmento

La danza de la lluvia ganó el premio internacional Casa de Teatro, celebrado en la República Dominicana.

Una de las muchas anécdotas en torno a la obra que hoy presento en el blog es la que se refiere al momento en el que se me comunicó que yo había ganado el Premio Internacional Casa de Teatro. Un mensajero llamó a mi puerta con una carta a nombre de alguien que yo desconocía; sin embargo, el apellido de ese destinatario, casualmente, era el mismo que el de mi madre, aun siendo poco común. El mensajero, extrañado, se marchó y yo me quedé con una gran perplejidad. Al día siguiente encontré en el buzón una notificación para que me presentara en una oficina de mensajería para recoger un sobre, y, una vez más, dirigido al mismo nombre que el día anterior había mencionado el mensajero; pero además, esa nota decía que el sobre que yo tendría que ir a recoger venía de la República Dominicana. Ahí empecé a atar cabos, como que ese nombre podría haber sido el seudónimo con el que yo  firmé la pieza que había enviado al certamen de Casa de Teatro. Todo me condujo a la posibilidad de lo que después se confirmaría, que había ganado el susodicho premio.


 *          *          *

Valentín García Pimentel, parado, ha sido llamado por la Wilson Corporation SLPK, una multinacional tabaquera, para lo que él supone una entrevista de trabajo. Irá respondiendo a las diferentes preguntas que le dicte una voz con acento inglés de EE.UU., a la vez que deberá realizar una serie de pruebas que se le pedirán, e incluso, cada vez que la voz lo considere oportuno, a Valentín se le realizará una extracción de sangre que servirá para completar el estudio que la compañía lleva a cabo. Todas las pruebas se combinan con fumar determinados cigarrillos en experimentación. Cuando el protagonista desea interrumpir el experimento: resulta que no puede salir. La voz le propone que colabore a cambio de un incentivo que no se especifica en qué consistirá. Valentín acepta y sigue adelante. Esta obra de teatro contemporáneo parte de un hecho cotidiano para abarcar aspectos sociales y existenciales. El humor nos acerca el personaje, si nos reímos de este, al poco nos arrepentimos de haberlo hecho. Valentín no deja de ser un personaje que predica su honradez desde la barra de un bar.    
       

Fragmento de la obra teatral La danza de la lluvia



FOWLES: Me deja usted con la boca cerrada.
VALENTÍN: Abierta; querrá decir con la boca abierta.
FOWLES: Es que me confundo con la expresión sin palabras, que para mí es quedarse con la boca cerrada.
VALENTÍN: Para que no se confunda puede decir (imitándolo) me deja boquiabierto.
FOWLES: ¿Sabe usted cuánto pesa una pelota?
VALENTÍN: ¿En gramos o en onzas?
FOWLES: En gramos, por ejemplo.
VALENTÍN: Su peso oscila desde 56'70 a 58'47 gramos.
FOWLES: La siguiente pregunta no la sabrá.
VALENTÍN: Apueste algo.
FOWLES: Sería muy fácil ganarle, y además, ¿qué tiene usted que pueda interesarme?
VALENTÍN: Me tengo a mí, que por lo visto soy muy importante para la realización de la prueba.
FOWLES: A usted, para entendernos, ya lo tengo.
VALENTÍN: ¿Y el riesgo de apostar? ¿Le parece poco interesante la emoción de una apuesta? Usted conoce la pregunta —esa es su gran ventaja—, y por lo visto está seguro de que yo no sabré la respuesta; sin embargo, yo, que desconozco la pregunta, estoy convencido de que sabré responder. ¿Se atreve?
FOWLES: Le repito que no me ofrece nada interesante.
VALENTÍN: ¿Es interesante mi vida o acaso también la tienen?
FOWLES: (Se ríe). En cierto modo, sí. Seguro que piensa que no va a salir de aquí.
VALENTÍN: Usted sabrá lo que tiene pensado, aunque siempre está a tiempo de realizar una buena acción. En este caso, la buena acción puede ser la apuesta. ¿Qué me dice?
FOWLES: Supongamos que acepto el reto, qué pide a cambio.
VALENTÍN: Que se abra esa puerta y todas las que me encuentre hasta la calle, que se olviden de Valentín García Pimentel, y en cuanto al dinero, lo comido por lo servido.
FOWLES: Si quisiera creerme cuando le digo que la prueba está a punto de finalizar, tal vez se relajaría y nos entenderíamos mejor.
VALENTÍN: Yo prefiero la apuesta. No me apetece continuar.
FOWLES: ¿Porque está asustado? Ok, acepto la apuesta. Vamos con la pregunta. Dígame, ¿cuál es el diámetro de una pelota de tenis?
VALENTÍN: (Señalando hacia la puerta). ¡Ábrete, Sésamo! (Pausa). Voy a repetirlo, porque me parece que la puerta es un poco sorda. ¡Ábrete, Sésamo!
FOWLES: De momento conteste, ¿o es que no lo sabe?
VALENTÍN: Preste atención porque no se lo voy a repetir. Es una oportunidad única en su vida para escuchar la respuesta de un genio. ¿Le va bien en centímetros?
FOWLES: Me va estupendamente.
VALENTÍN: Allá va: (lentamente) el diámetro de una pelota de tenis varía desde 6'35 hasta 6'67 centímetros.
FOWLES: Lo siento, señor García, pero no son esos los datos que yo tengo. Ha perdido la apuesta.
VALENTÍN: Perdone usted, pero esos sí son los datos: de 6'35 a 6'67 centímetros de diámetro. Lo que tendría que hacer es verificar sus notas.
FOWLES: Era de esperar, no sabe perder y se irrita. ¿Y ahora qué va a pasar? Como soy el dueño de su vida, cuando acabemos la prueba, ¿sabe qué voy a hacer? Para que esté algo más contento lo voy a empaquetar y lo voy a enviar, ¿le parece bien a Cuba? Como ve, no tenía nada que pudiera interesarme; sin embargo, es un derecho que me reservo.
VALENTÍN: Usted sabe, Fowles, que he contestado correctamente; claro, otra cosa es abrir la puerta.
FOWLES: Mejor será que prosigamos, que nos acerquemos al momento de la verdadera apertura. Ya no me atrevo a preguntarle nada más sobre el tenis. Me ha demostrado que es un verdadero especialista.
VALENTÍN: No joda, Fowles. Pues pregúnteme algo que yo no sepa. Qué quiere que le diga.
FOWLES: No. Mejor pasamos a otras cuestiones vinculadas con nuestro trabajo.
VALENTÍN: No me cambie de cuestiones, que lo del tenis es algo que me sé. Pregúnteme..., no sé..., por ejemplo, quién ha ganado más veces el torneo de Wimbledon, o quién fue Dwight F. Davis.
FOWLES: Ya me lo ha demostrado, Valentín: es un entendido del tenis.
VALENTÍN: (Con cierta vehemencia). Las dimensiones del campo se enmarcan en unas líneas blancas que delimitan la extensión de veintitrés metros con setenta y siete de largo por una anchura de ocho metros con veintitrés, para los partidos individuales, siendo de diez noventa y siete la anchura para el juego de dobles. Pregunte, Fowles. Pregunte.
FOWLES: No. Ya está bien de tenis.
VALENTÍN: (Vehemencia in crescendo). La pista puede ser, bien de hierba, bien de tierra batida; aunque en raras ocasiones es de madera o cemento. Ese rectángulo se divide por una red de un metro con seis de altura, y que a su vez separa el espacio de los contrincantes.
FOWLES: (Cínico). Qué interesante.
VALENTÍN: (Vehemencia en su máxima expresión). Un árbitro es el encargado de dirigir los encuentros, ayudado por cuatro jueces situados en las líneas. En el tenis no se puede empatar, por lo menos, la ventaja ha de ser de dos faltas; así, pues, el tiempo no puede establecerse, pudiendo prolongarse el encuentro todo lo que fuere necesario.
           
            Al acabar sus palabras, VALENTÍN lanza el cigarrillo contra el suelo, se acerca a la vitrina y de un manotazo tira las cajetillas al suelo. Camina dibujando círculos en su marcha. Está tan excitado que buscará un cigarrillo de la segunda cajetilla. Lo encontrará y lo encenderá para relajarse. Se sienta en tierra. Cuando esto haya sucedido entrará NANCY y ordenará el desorden que ha causado VALENTÍN.
            Nadie dice nada, ni siquiera VALENTÍN mira a la SECRETARIA, se limita a calmarse ayudado por el efecto del cigarrillo de la segunda cajetilla. Ella sale.

VALENTÍN: (Sin mirar hacia la luz que representa a FOWLES). Por favor, no diga absolutamente nada. Estoy fumando un cigarrillo de la segunda cajetilla para relajarme, ¿he hecho bien? No, por favor, no se le ocurra contestarme, lo haré yo en su lugar: sí, he hecho lo que debía hacer. Ahora me siento mucho mejor, parece que todos mis malos pensamientos me han abandonado. (Algo más relajado). Ahora voy a demostrar que no soy como he evidenciado ser, sino todo lo contrario. Estoy dispuesto a cambiar de actitud, a participar positivamente en la prueba porque quiero llevarme el incentivo, porque quiero entrar en casa y ver la cara de mi mujer cuando le entregue el dinero y, por supuesto, el incentivo (que ya sé que no necesariamente ha de ser dinero, que puede ser otra cosa, pero que también puede ser dinero). ¡Ah, sí! Me parece una tontería pensar que no voy a salir del laboratory. De aquí se puede entrar y salir perfectamente, vamos, como Pedro por su casa, no sé si entiende la expresión. Bueno, de cualquier manera, todavía no me diga nada, haga el favor. Ahora, para acabar de relajarme y para recuperar las fuerzas perdidas, me voy a comer un Pasti-Colito y me voy a beber una Music-Cola, todo eso protegido por su maravilloso silencio.




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