viernes, 3 de julio de 2020

La espera. Primer capítulo de Las zonas frías del Sol



He aquí el primer capítulo de Las zonas frías del Sol.  
Editorial: Amarante. 
ISBN: 978-84-949142-1-8.  
Páginas: 228.

Tal vez el dilema al que nos conduce la novela sea el siguiente: ¿qué haría cualquiera de nosotros si cuando tuviese al alcance de su mano algo -por banal que fuese- muy deseado, tuviese que renunciar a ello por socorrer a alguien? ¿De verdad que renunciaríamos? 


Las zonas frías del Sol, de Eugenio Asensio




—Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque (ve aquí la razón) si no te hubieran echado a puntillones del más hermoso de los castillos por aquel ósculo que diste a la señorita Cunegunda; si no te hubiera cogido la Inquisición; si no te hubiera fustigado después; si no hubieras viajado a pie por América; si no hubieras perdido los carneros que sacaste de aquel bienaventurado país, no regarías ahora las coles, ni comerías espárragos y alcachofas, ni las venderías en la ciudad de Constantinopla.
Cándido, de Voltaire

El Cónsul se sintió angustiado. ¡Ah, qué daría por tener un caballo y galopar, cantando, lejos, quizá para ir a ver al ser amado, para llegar al corazón de la sencillez y la paz del mundo! ¿Acaso no era eso como la oportunidad que depara al hombre la vida misma? Claro que no. Sin embargo, sólo por un momento así le pareció.
Bajo el volcán, de Malcom Lowry



1   La espera

Hace tres días que no tengo una erección, lo cual me ha llevado a pensar en un tipo, recepcionista de hotel, que contaba en televisión sus muchas experiencias sexuales. Hablaba sobre todo de las mujeres nórdicas, por supuesto, de entre ellas destacaba a las suecas. Aquel era algo así como el último espécimen de aquel macho hispánico instalado en su hábitat natural, es decir, en cierto hotelucho de la Costa Brava. Narraba anécdotas como la referente a la llegada de un autocar repleto de suecas, que cuando entraron al hotel lo vieron y lo desnudaron. Él seguía con más historias, como aquella otra que se centraba en el idilio que mantuvo con una alemana, mujer entrada en cierta edad, y con la hija de esta. Contó que todo acabó cuando ellas descubrieron que se entendían con la misma persona. Dijo el entrevistado que mientras ellas se despellejaban aprovechó para salir de la habitación y no volver con ninguna de las dos; claro, pensé, teniendo un autocar de suecas al acecho, qué importaba una madre y una hija alemanas.
A nuestro hotel jamás llegó ninguna sueca, o si llegó, como nunca desnudó al Cabezón, no nos enteramos de que fuera sueca. El Cabezón, o bien, el señor Mena, es el recepcionista de más antigüedad y quien está preparando el salto de Andrés, de jefe de botones a recepcionista auxiliar o a auxiliar de recepción, que por lo que ellos dicen, debe de ser lo mismo. No es necesario apuntar que al señor Mena el mote le cayó por razones obvias, pero apuntándolo es la mejor forma de incidir en la más destacada de sus características.
En el hotel, tener un mote puede traer serias consecuencias, quizá no tanto para el Cabezón como para los botones, porque quienes lo llamamos así somos sus inferiores; o sea, que sus aspiraciones en el hotel no dependen de nosotros. En cambio, entre los botones, difícilmente podrá no ser nefasto; primero, la vejación del motejado mientras padece el sobrenombre por sus iguales, y después, como efecto contrario, cuando la persona tildada alcance un puesto superior, siempre caerá sobre los demás (ahora inferiores) la venganza del anteriormente humillado. Esas circunstancias las sufriremos con el Ratón si algún día, cuando sea recepcionista, descubre o sospecha que lo llamamos como él sabe que lo llamamos. De cualquier modo, lo principal es que a todos nos conozcan nada más que por nuestro nombre. Yo me llamo Roberto, y hasta hoy creo que nadie ha sustituido mi nombre por ningún apodo. El día que eso suceda será porque algo se me habrá ido de las manos, quizá un proceder inesperado, una respuesta poco meditada. Aun existiendo la posibilidad posterior de venganza, siempre significará estar ahí con una cruz en la frente y cayendo en picado por el agujero de algo a lo que de momento no le he puesto nombre.
El personal del Hotel Manila no solo puede clasificarse en esos dos grupos: los que arrastran un sobrenombre y los que todavía no arrastramos nada, hay pues un tercer tipo, que lo forman aquellos que están en vías de ser motejados, aquellos que empiezan a sobresalir con demasiada frecuencia, pero que todavía no han recibido el nuevo bautismo porque no ha habido un acuerdo tácito, por parte de los padrinos, sobre la elección del mote. Entre los que con toda certeza visitarán en breve el baptisterio destaca Pedro.
En cuanto a los motejados sobresale el Ratón. Para nosotros, los botones, resulta difícil imaginárnoslo detrás del mostrador, es decir, en una categoría laboral que no sea la nuestra. Incluso es difícil verlo vestido de otro color que no sea el rojo, y por supuesto, con los entorchados dorados. No es que Andrés venga desde su casa engalanado con su traje de botones, y que salga con él cuando acaba su jornada. Qué va. Lo que pasa es que mejor sería que así fuera, pues el Ratón es de un exquisito por el que nadie con sentido común debería fiarse para que le eligiese ni la ropa ni nada. El Ratón no es que sea extremado o que sus gustos se ajusten a una línea o a otra, lo que pasa es que el Ratón es de modas cruzadas, como todo en él; sin embargo, una candidez insospechada, más que una presunción, le impide ubicarse en el mismo espacio que los demás, en las mismas coordenadas que este hotel de lujo al que podría abrírsele una fisura justo de sus mismas medidas.
En otro tiempo, por lo que se cuenta, el Cabezón estuvo liado con una francesa que se albergó aquí en unas nada blancas Navidades. Eso es algo que ha pasado a los anales del hotel. Hubo amor pasional, llegada inesperada del novio de la francesa, carreras, lío de puertas como en el teatro y si te he visto no me acuerdo. La francesa y el francés se marcharon y para los de aquí todo siguió como estaba. Pero también podría ser todo mentira. En este hotel no se liga, no se parece en nada al que describía el tipo de la tele, y que nadie se emperre defendiendo lo contrario; tal vez por eso tiene tanto éxito el negocio del Ratón y el señor Mena.
El mismo verano que acabé y aprobé el primer curso de Filosofía, entré en el Hotel Manila, en el que trabajo desde hace más de dos años. El recuerdo de aquel verano me es grato, pero no solo ese recuerdo, también el cambio que yo había provocado en mi vida; o sea, que se cerraba un período y se abría, con mi dedicación al trabajo, otro mucho más esperanzador. En aquel mismo momento me pareció interesante, tanto que decidí no matricularme en la universidad. Desde entonces, mi única actividad intelectual, si puede llamarse así, es devorar novelas, y cuando me empacho de ellas, no leo nada durante meses. Me exasperan y acaban aburriéndome los personajes que pretenden mostrarse como un modelo de conducta y convertirse en el anhelado espejo del lector; y no digamos nada de los que se regodean en el frívolo detritus del llamado realismo sucio (decía un amigo que el realismo sucio es convivir con dos abuelas), o los que se deshacen por no cruzar sus vidas con elementos como el televisor o el teléfono móvil. En cuanto a la filosofía, nunca más he vuelto a tocar ningún texto, ni pienso hacerlo, con un año tuve suficiente para reconocer que me había equivocado en mi elección; bueno, me había equivocado en las notas de acceso a la universidad, pues Filosofía era de lo poquito que podía elegir.
Mis reflexiones se han vuelto más pragmáticas. Estas me dicen que mi futuro, aun descartadas las posibilidades de ligar, siguen estando aquí, en el Hotel Manila. Creo que muy pronto me pasarán a alguna sección de mayor reconocimiento. Estoy convencido de ello porque no tengo competencia entre mis compañeros. Todos los que por su antigüedad pudieran aspirar a ocupar un lugar mejor en el hotel son auténticos palurdos y no pueden desarrollar otra función que la de cargar maletas y esperar propinas. El caso de Andrés, el Ratón, es diferente, no es que sea menos palurdo que los demás, lo que sucede es que cayó en gracia al señor Mena, y el Cabezón aquí tiene mucha mano.
A veces pienso que Andrés, el Ratón, aun siendo incapaz de ordenar coherentemente dos pensamientos, está dotado de una habilidad instintiva para conocer el mundo a través de barruntos que él, por una extraña transmisión, ha recibido como herencia primitiva, bien diferente al resto de los humanos, a pesar de los refinamientos de nuestra civilización. ¿Será por su cándida intuición por lo que se ha ganado el aprecio del señor Mena? Al Ratón no le pesa el cuerpo, la herencia recibida a través de miles de años lo empuja con fuerza hacia sus objetivos, pero algo de asombro se le derrama en la mirada. Quiero pensar que yo soy mejor; debo pensarlo, pero a pesar de mi acto de soberbia me cuesta creerlo. ¿Qué pensará él?, y ¿qué barruntará el Ratón del público al que sirve?; y bien, ¿qué pensarán los huéspedes de él? En todos los oficios en los que se supone cierto servilismo, en el intercambio estipendio por trabajo, quien paga, parece que compra el derecho a limitarnos la existencia a unos actos insignificantes: retirar el plato con los restos de la comida, esconder una mirada de complicidad a quien guardará en la maleta las toallas del baño, mantener una sonrisa ante el crimen cometido por el niño sobre el mantel, abrir los parasoles en la terraza… Me es inevitable pensar que el huésped nos limita la vida a una suma de actos muchas veces banales, que, como tales, flotan sin ahondar en la materia de lo que llamamos vida. También me pregunto si algún cliente del hotel, pasado un tiempo de su hospedaje, si me encontrara en otro lugar, me reconocería. Creo que yo sería tan anónimo para el huésped como lo era para mis profesores de universidad. En el breve tiempo que mi imagen pudo rondar por la memoria de quienes pasaron por el hotel ¿me permitieron estos dar el salto hacia fuera o se me encerró para siempre en la cotidiana y efímera actividad del sirviente? Esas preguntas me inquietan, me aguijonean hasta crearme la necesidad de formularlas delante de todos y cada uno de los huéspedes, y el no hacerlo (como así sucede) significa ponerme una mordaza, significa que se me inflige el castigo como a criatura inferior que debo ser, y eso me jode. Si por el contrario, traslado esta inquietud a los huéspedes, es decir, que sean ellos los que crean que su existencia queda limitada a actos cotidianos (a veces ridículos por lo grandilocuentes) apresados en la retina de los botones, lejos de satisfacerme me crea angustia y miedo; porque es como si pretendiendo escapar de una condición, creyendo haber dado el salto por encima de los límites de mi actividad, se me abriesen los ojos para ver que en verdad no me hubiera movido de esta misma baldosa del hotel, que ahora piso; como si la imagen real y la imagen reflejada en el espejo negaran la complementariedad, quedando solo la ilusión de ser reflejada, y eso también me jode. Pero trabajar en el hotel, además de crearme en ocasiones desasosiego, también significa tener el mundo acotado, bien estructurado, creyendo conocer (o jugando a creer) el lugar que ocupa cada cual. Y aunque mi condición no es de las envidiadas, saber dónde me encuentro compensa mis tribulaciones.




sábado, 28 de marzo de 2020

Necesito una isla grande










                   Ediciones Contrabando                 
              ISBN: 978-84-121010-8-9 
              Pp: 180
              PVP: 15€








VIDA PARA HUIR DE LA VIDA


     Necesito una isla grande es la última novela de Rafael Soler. Se trata de un título que no pretende ofrecer pistas al lector, quizá alguna sugerencia poco concreta para quien con él se mire cara a cara. Mejor, mucho mejor, porque será al acabar la lectura cuando seremos capaces de completar el sentido y reorganizar las evocaciones previas.
     Subido a la última entrega de Rafael, la vista es amplia y ondulante; tanto como en su novela anterior, El último gin-tonic. En esta destacaba, entre otros elementos fundamentales, una historia bien trabada y contada con la justa exactitud de quien sabe que una palabra de más en una descripción, en un diálogo o en esos momentos en los que la acción progresa, puede desbordar el recipiente. Llegados a esta isla, el autor mantiene el mismo pulso, hasta conducirnos a la última escena. En definitiva, si algo no aparece en el texto es porque no era necesario.
     En la nueva novela, la omnisciencia de la tercera persona narrativa nos muestra a unos personajes humanizados por su pasado y por su presente. Se habla, sin decir (que en literatura es la mejor manera de contar), del último intento por burlar el peso inexorable de los días; o sea, burlar a la parca que llevamos cosida a nuestras sombras. Los personajes saben qué les va a suceder, pero han de acercarse a ese abismo. ¿No son, acaso, los intentos desesperados una muestra más de lo que solemos llamar humano? 
    Habiéndome dejado transportar por las páginas de la obra, entiendo que en ningún caso el texto se detiene en una anécdota ni en conducir los acontecimientos al servicio de un clímax técnicamente alimentado. Aquí los acontecimientos brotan de forma natural; es más, los actos de los personajes son un salto al vacío para huir de un vacío mayor: vida para huir de la vida. Es así, pues los personajes pertenecen al mundo de los héroes invisibles cuya épica está en la pura existencia. Permitidme que no revele los momentos que ha de disfrutar el lector.





  Quisiera añadir que la novela también despierta una plasticidad fílmica que roza al mismo guion cinematográfico; si así es en la participación coral de los personajes, también lo es en los diálogos: concisos a la vez que significativos, que empujan con la intención de que la trama avance. 
     Rafael Soler, en realidad, nos cuenta dos historias que se entrecruzan sin entorpecerse. Por un lado, la de los ancianos Panocha, Rocky, Coronel, Carmina y Tomás, que, tras obtener un premio económico en un sorteo, deciden abandonar la residencia y salir a quemar el mundo; por otro, la de Julián, hijo de Tomás, quien vive una dura sequía creativa como guionista radiofónico y necesita un terremoto vital que le ordene el mundo. 
     Cuando imagino al autor en plena efervescencia creativa, lo veo en la tarea de orientarse sobre el terreno, de buscar los puntos cardinales que necesitarán sus personajes. Lo veo mirando al cielo y después consultando su brújula y, una vez más, llegando al único destino, en este caso a una isla bien grande.





      Para acabar mi breve reseña, quiero recordar que a Rafael Soler lo esperábamos en Barcelona el 31 de marzo; sin embargo, los acontecimientos que nos han obligado a confinarnos en casa también han provocado el aplazamiento de la presentación. Una vez superada esta etapa, habrá nueva fecha y estoy convencido de que lo veremos y de que vamos a seguir conversando en esos remansos que nos proporciona la literatura. Vale. 




   


























































































lunes, 16 de marzo de 2020

Locus amoenus





Título: Locus amoenus
Autor: Eugenio Asensio
Precio papel tapa blanda: 4,80 €
Precio e-book: 1,75 €
Número págs.: 55
ISBN-13: 979-8614789404

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Una reflexión, la sinopsis y un fragmento


La televisión ha popularizado los monólogos, en ocasiones inteligentes, en ocasiones facilones e insultantes, pero siempre con la capacidad de cogernos desprevenidos y dejarnos indefensos ante las palabras de su monologuista. Locus amoenus es un monólogo femenino de carácter humorístico y reflexivo que nos cuenta una historia a lo largo de cincuenta y cinco páginas y os aseguro que, en absoluto, pretende ridiculizar a nadie, por el contrario, la protagonista habla de ella hasta abrirse en canal para mostrarnos los recodos más íntimos de su existencia.



*          *          *



Verónica sustituye por un día a la secretaria del Presidente. En ese tiempo, cree que la vida le ha ofrecido una oportunidad para dejar huella, por lo que en el breve tiempo del que dispone como sustituta, debe esforzarse en dejar el recuerdo de su presencia antes de volver a ser un personaje gris. Quisiera la mujer que el Presidente se fijase en ella, así que realiza visibles cambios en el despacho. Sumados a esos cambios, tal vez el más destacado sea el que se origina en ella, lo cual significa la verdadera disección del personaje, el desnudarse interiormente a través de la introspección.
Verónica es espontánea y tremendamente positiva. En su inmersión, podemos creer que su mundo sea algo superficial; sin embargo, podría ser que Verónica nade en la superficie después de haber conocido el fondo.



Fragmento de la obra teatral Locus amoenus

            
VERÓNICA.- Ahora mismo, justo cuando he colgado el teléfono he sentido un acaloramiento, no, mal dicho, lo que he sentido era y todavía lo siento: ¡entusiasmo! Es el momento en el que vuelve a abrirse la puerta del paréntesis. Justo en estos momentos soy mucho más libre que hace apenas unos segundos. Si no estuviera ese hombre en el lavabo, me iría a mirar al espejo. Seguro que he ganado color, lo sé porque me lo estoy notando en las mejillas. Es que los paréntesis son grises. No, no es exacto. Los paréntesis te impregnan de un gris que tiende hacia la invisibilidad. Tengo que aprender a verbalizar mis sensaciones. Yo no puedo ir un día al médico y decirle, por ejemplo: «Mire, doctor, he venido porque en estos momentos me ha apresado un paréntesis». Ni tampoco puedo entrar en una consulta y después de que sin mirarme me pregunte ¿qué me pasa?, decirle: «Hoy estoy, si se fija bien en mí, algo así como gris». Claro que la sorpresa sería mía si me dijera: «Mirándola bien, es un gris indefinido. ¿Se ha sentido últimamente transparente?». Entonces yo me animaría y añadiría: (con histrionismo psicoanalítico). «Más que transparente, me siento en ocasiones, invisible; aunque hoy no del todo, como usted puede apreciar. Algunas mañanas cuando me levanto me parece que nadie me va a poder ver. Ayer sin ir más lejos no fui capaz de nada. Era tan invisible que ni siquiera pude venir a la consulta. Preferí esperar a hoy para que usted me pudiera ver un poquito más. Pero si usted me ausculta y me hace las pruebas pertinentes, sabrá que soy, más que gris, soy tremendamente gris, radicalmente gris, biológicamente gris, sexualmente gris. No hay en ninguna ciudad del mundo nadie más gris que yo; por lo tanto, la ciencia, incluso las autoridades, deberían comprender mi caso. Si la medicina no puede darme un poco de corporeidad, he pensado dirigirme a las autoridades para que me concedan algún tipo de subvención, para que me consideren un caso de discriminación positiva. Fíjese doctor si seré gris, que en mi primer día en la escuela de las monjas, cuando a sor Juana le dije que yo no tenía esa libreta que habían sacado mis compañeras, la monja extrajo de un cajón más libretas y empezó a repartirlas entre las recién llegadas como yo; pero a mí no me la dio; lo cual, en aquel momento todavía me podía sorprender, así que se lo volví a recordar, pero ella me miró como si lo hiciera por primera vez y acto seguido me dio dos pellizcos al tiempo que me decía que si no tenía libreta por qué no se la había pedido. Y así, a pellizcos, me fui acostumbrando a mi color. También, para que usted se vaya aproximando a mis circunstancias, y si todavía me quiere escuchar, podría recordar algunos sucesos cotidianos que poco a poco me han ido definiendo. De joven, cuando veía que mis amigas se disponían a ir a la discoteca, supongo que debido a mi poca pigmentación, ninguna, sin mala intención, reparaba en contar conmigo; por lo tanto tenía que aparecer como por casualidad para ir con ellas. Entrábamos —sin tener yo jamás ningún problema con los porteros por la edad, precisamente porque nunca se percataron de mi presencia—, pues eso, entrábamos y nos acercábamos a los amigos. Recuerdo que yo siempre tenía que esforzarme para que ellos me vieran, y no porque fuera fea, que como usted sabrá apreciar en mí, puedo considerarme una mujer de buen ver, cuando eso es posible. Como le decía, cuando conseguía que los chicos me vieran, harto difícil en mi natural transparencia, ya de por sí cenicienta y más en una discoteca, ellos, o se extrañaban y me miraban como si no me conocieran o, con mucha buena voluntad, en el mejor de los casos, como si algo en mí les recordase a alguien que hubiesen visto alguna vez; y yo, sin más remedio, acababa cada tarde y cada noche por volverme a presentar. Soy, no tengo más que reconocerlo, un ser tan borroso, que no sabe usted la de veces que he tenido que parar los pies en la sala de espera porque se habían empeñado los pacientes, en que la persona que tenía el treinta y seis, o sea, yo, no había venido. Pero como se puede comprender, no soy capaz de guardarle rencor a nadie, porque, en fin, con una incorporeidad como la mía he desarrollado mucha comprensión hacia los demás, la misma comprensión que le pido a usted o le pediría a las autoridades en caso de que la medicina no fuera capaz de… Para completar mi historial, déjeme decir que mi cualidad grisácea no se limita a mi persona física, sino que se extiende en ocasiones a algunas de mis actividades: a mis profesores se les traspapelaban mis exámenes y mis trabajos se perdían. Y qué le puedo contar sobre los objetos que he prestado, con decirle que no recuerdo uno solo que me hubiera sido devuelto, irá completando mi perfil. Si incluso a mí misma me cuesta encontrar mis cosas, más que otras, las más personales, con eso queda ya dicho todo. Antes de marcharme de su consulta, tengo que insistirle en que mi grisácea identidad la he perfeccionado tanto que, como ya le he comentado, he logrado en ocasiones ser invisible. Se lo juro, tan invisible como el aire. Pero, claro, cuando me detengo a reflexionar, me temo que eso, más que una virtud, sea un problema y, por lo tanto, más que preocuparme, me aterra.


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La danza de la lluvia








Título: La danza de la lluvia
Autor: Eugenio Asensio
Precio papel tapa blanda: 5,29 €
Precio e-book: 1,75 €
Número págs.: 125
ISBN-13: 979-8614738266
     

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Una anécdota, la sinopsis y un fragmento

La danza de la lluvia ganó el premio internacional Casa de Teatro, celebrado en la República Dominicana.

Una de las muchas anécdotas en torno a la obra que hoy presento en el blog es la que se refiere al momento en el que se me comunicó que yo había ganado el Premio Internacional Casa de Teatro. Un mensajero llamó a mi puerta con una carta a nombre de alguien que yo desconocía; sin embargo, el apellido de ese destinatario, casualmente, era el mismo que el de mi madre, aun siendo poco común. El mensajero, extrañado, se marchó y yo me quedé con una gran perplejidad. Al día siguiente encontré en el buzón una notificación para que me presentara en una oficina de mensajería para recoger un sobre, y, una vez más, dirigido al mismo nombre que el día anterior había mencionado el mensajero; pero además, esa nota decía que el sobre que yo tendría que ir a recoger venía de la República Dominicana. Ahí empecé a atar cabos, como que ese nombre podría haber sido el seudónimo con el que yo  firmé la pieza que había enviado al certamen de Casa de Teatro. Todo me condujo a la posibilidad de lo que después se confirmaría, que había ganado el susodicho premio.


 *          *          *

Valentín García Pimentel, parado, ha sido llamado por la Wilson Corporation SLPK, una multinacional tabaquera, para lo que él supone una entrevista de trabajo. Irá respondiendo a las diferentes preguntas que le dicte una voz con acento inglés de EE.UU., a la vez que deberá realizar una serie de pruebas que se le pedirán, e incluso, cada vez que la voz lo considere oportuno, a Valentín se le realizará una extracción de sangre que servirá para completar el estudio que la compañía lleva a cabo. Todas las pruebas se combinan con fumar determinados cigarrillos en experimentación. Cuando el protagonista desea interrumpir el experimento: resulta que no puede salir. La voz le propone que colabore a cambio de un incentivo que no se especifica en qué consistirá. Valentín acepta y sigue adelante. Esta obra de teatro contemporáneo parte de un hecho cotidiano para abarcar aspectos sociales y existenciales. El humor nos acerca el personaje, si nos reímos de este, al poco nos arrepentimos de haberlo hecho. Valentín no deja de ser un personaje que predica su honradez desde la barra de un bar.    
       

Fragmento de la obra teatral La danza de la lluvia



FOWLES: Me deja usted con la boca cerrada.
VALENTÍN: Abierta; querrá decir con la boca abierta.
FOWLES: Es que me confundo con la expresión sin palabras, que para mí es quedarse con la boca cerrada.
VALENTÍN: Para que no se confunda puede decir (imitándolo) me deja boquiabierto.
FOWLES: ¿Sabe usted cuánto pesa una pelota?
VALENTÍN: ¿En gramos o en onzas?
FOWLES: En gramos, por ejemplo.
VALENTÍN: Su peso oscila desde 56'70 a 58'47 gramos.
FOWLES: La siguiente pregunta no la sabrá.
VALENTÍN: Apueste algo.
FOWLES: Sería muy fácil ganarle, y además, ¿qué tiene usted que pueda interesarme?
VALENTÍN: Me tengo a mí, que por lo visto soy muy importante para la realización de la prueba.
FOWLES: A usted, para entendernos, ya lo tengo.
VALENTÍN: ¿Y el riesgo de apostar? ¿Le parece poco interesante la emoción de una apuesta? Usted conoce la pregunta —esa es su gran ventaja—, y por lo visto está seguro de que yo no sabré la respuesta; sin embargo, yo, que desconozco la pregunta, estoy convencido de que sabré responder. ¿Se atreve?
FOWLES: Le repito que no me ofrece nada interesante.
VALENTÍN: ¿Es interesante mi vida o acaso también la tienen?
FOWLES: (Se ríe). En cierto modo, sí. Seguro que piensa que no va a salir de aquí.
VALENTÍN: Usted sabrá lo que tiene pensado, aunque siempre está a tiempo de realizar una buena acción. En este caso, la buena acción puede ser la apuesta. ¿Qué me dice?
FOWLES: Supongamos que acepto el reto, qué pide a cambio.
VALENTÍN: Que se abra esa puerta y todas las que me encuentre hasta la calle, que se olviden de Valentín García Pimentel, y en cuanto al dinero, lo comido por lo servido.
FOWLES: Si quisiera creerme cuando le digo que la prueba está a punto de finalizar, tal vez se relajaría y nos entenderíamos mejor.
VALENTÍN: Yo prefiero la apuesta. No me apetece continuar.
FOWLES: ¿Porque está asustado? Ok, acepto la apuesta. Vamos con la pregunta. Dígame, ¿cuál es el diámetro de una pelota de tenis?
VALENTÍN: (Señalando hacia la puerta). ¡Ábrete, Sésamo! (Pausa). Voy a repetirlo, porque me parece que la puerta es un poco sorda. ¡Ábrete, Sésamo!
FOWLES: De momento conteste, ¿o es que no lo sabe?
VALENTÍN: Preste atención porque no se lo voy a repetir. Es una oportunidad única en su vida para escuchar la respuesta de un genio. ¿Le va bien en centímetros?
FOWLES: Me va estupendamente.
VALENTÍN: Allá va: (lentamente) el diámetro de una pelota de tenis varía desde 6'35 hasta 6'67 centímetros.
FOWLES: Lo siento, señor García, pero no son esos los datos que yo tengo. Ha perdido la apuesta.
VALENTÍN: Perdone usted, pero esos sí son los datos: de 6'35 a 6'67 centímetros de diámetro. Lo que tendría que hacer es verificar sus notas.
FOWLES: Era de esperar, no sabe perder y se irrita. ¿Y ahora qué va a pasar? Como soy el dueño de su vida, cuando acabemos la prueba, ¿sabe qué voy a hacer? Para que esté algo más contento lo voy a empaquetar y lo voy a enviar, ¿le parece bien a Cuba? Como ve, no tenía nada que pudiera interesarme; sin embargo, es un derecho que me reservo.
VALENTÍN: Usted sabe, Fowles, que he contestado correctamente; claro, otra cosa es abrir la puerta.
FOWLES: Mejor será que prosigamos, que nos acerquemos al momento de la verdadera apertura. Ya no me atrevo a preguntarle nada más sobre el tenis. Me ha demostrado que es un verdadero especialista.
VALENTÍN: No joda, Fowles. Pues pregúnteme algo que yo no sepa. Qué quiere que le diga.
FOWLES: No. Mejor pasamos a otras cuestiones vinculadas con nuestro trabajo.
VALENTÍN: No me cambie de cuestiones, que lo del tenis es algo que me sé. Pregúnteme..., no sé..., por ejemplo, quién ha ganado más veces el torneo de Wimbledon, o quién fue Dwight F. Davis.
FOWLES: Ya me lo ha demostrado, Valentín: es un entendido del tenis.
VALENTÍN: (Con cierta vehemencia). Las dimensiones del campo se enmarcan en unas líneas blancas que delimitan la extensión de veintitrés metros con setenta y siete de largo por una anchura de ocho metros con veintitrés, para los partidos individuales, siendo de diez noventa y siete la anchura para el juego de dobles. Pregunte, Fowles. Pregunte.
FOWLES: No. Ya está bien de tenis.
VALENTÍN: (Vehemencia in crescendo). La pista puede ser, bien de hierba, bien de tierra batida; aunque en raras ocasiones es de madera o cemento. Ese rectángulo se divide por una red de un metro con seis de altura, y que a su vez separa el espacio de los contrincantes.
FOWLES: (Cínico). Qué interesante.
VALENTÍN: (Vehemencia en su máxima expresión). Un árbitro es el encargado de dirigir los encuentros, ayudado por cuatro jueces situados en las líneas. En el tenis no se puede empatar, por lo menos, la ventaja ha de ser de dos faltas; así, pues, el tiempo no puede establecerse, pudiendo prolongarse el encuentro todo lo que fuere necesario.
           
            Al acabar sus palabras, VALENTÍN lanza el cigarrillo contra el suelo, se acerca a la vitrina y de un manotazo tira las cajetillas al suelo. Camina dibujando círculos en su marcha. Está tan excitado que buscará un cigarrillo de la segunda cajetilla. Lo encontrará y lo encenderá para relajarse. Se sienta en tierra. Cuando esto haya sucedido entrará NANCY y ordenará el desorden que ha causado VALENTÍN.
            Nadie dice nada, ni siquiera VALENTÍN mira a la SECRETARIA, se limita a calmarse ayudado por el efecto del cigarrillo de la segunda cajetilla. Ella sale.

VALENTÍN: (Sin mirar hacia la luz que representa a FOWLES). Por favor, no diga absolutamente nada. Estoy fumando un cigarrillo de la segunda cajetilla para relajarme, ¿he hecho bien? No, por favor, no se le ocurra contestarme, lo haré yo en su lugar: sí, he hecho lo que debía hacer. Ahora me siento mucho mejor, parece que todos mis malos pensamientos me han abandonado. (Algo más relajado). Ahora voy a demostrar que no soy como he evidenciado ser, sino todo lo contrario. Estoy dispuesto a cambiar de actitud, a participar positivamente en la prueba porque quiero llevarme el incentivo, porque quiero entrar en casa y ver la cara de mi mujer cuando le entregue el dinero y, por supuesto, el incentivo (que ya sé que no necesariamente ha de ser dinero, que puede ser otra cosa, pero que también puede ser dinero). ¡Ah, sí! Me parece una tontería pensar que no voy a salir del laboratory. De aquí se puede entrar y salir perfectamente, vamos, como Pedro por su casa, no sé si entiende la expresión. Bueno, de cualquier manera, todavía no me diga nada, haga el favor. Ahora, para acabar de relajarme y para recuperar las fuerzas perdidas, me voy a comer un Pasti-Colito y me voy a beber una Music-Cola, todo eso protegido por su maravilloso silencio.




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domingo, 19 de enero de 2020

Presentación en Madrid de Lo demás son ciudades








EDICIONES OBLICUAS - EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

ISBN: 978-84-17709-34-1

El próximo 24 de febrero, los autores que forman el Club Marina, presentarán su libro, Lo demás son ciudades, en el Café Comercial de Madrid (Glorieta de Bilbao, 7) a las 19:00h.  La presentación estará a cargo del poeta Raúl Nieto de la Torre. Abajo podéis ver el booktrailer de promoción.
      Con este título, cuyas palabras y significados juegan con el conocido título de la obra de Monterroso, ha aparecido el segundo libro de relatos del Club Marina. Recordemos que en la primera obra, Los días lábiles (Stonberg Editorial), se daba a conocer la formación de los nueve autores camuflados en el nombre colectivo; a pesar de que algunos de ellos ya se había manifestado individualmente, como era el caso de Jorge Gamero, Herminia Meoro o Eugenio Asensio y, posteriormente, se manifestarían Mercedes Gascón y Amanda Gamero. Respecto a las colaboraciones en el primer libro, valga decir que quien lo prologaba, Àngels Campos, ha pasado a ser autora de un relato en la segunda publicación, sustituyendo a Susana Tomás. No quiero olvidar en esta reseña la participación de Empar Fernández para el preciso prólogo de esta segunda antología.


Si en Los días lábiles, los nueve cuentos se desarrollaban en la acotación temporal de un suceso que transcurriese en no más de veinticuatro horas, en Lo demás son ciudades (Ediciones Oblicuas), los autores han buceado en lugares que han crecido en la experiencia de sus autores, superando la localización geográfica; es decir, como no podía ser de otro modo, superando la presentación objetiva y aséptica de cada lugar. 

       En esta segunda antología, el lector observará que cada relato lleva en el título el nombre de un lugar, en ocasiones existente y, en otras, pura invención. Se abre el libro con el texto de Eugenio Asensio, Miranda. Leemos que un novelista viaja a una ciudad de provincias en la que tiene que presentar una novela. No hay más posibilidades que pasar la noche en una pensión, compartiendo la habitación con un viajante. Suficiente punto de partida para interesarse por la relación que se establecerá entre ambos. El segundo relato se titula Destino Yaoundé, cuya autora es Àngels Campos. Entre los muchos elementos destacados del texto, observamos en las relaciones humanas un desencuentro rotundo. El siguiente cuento es el de Amanda Gamero, Avag. Nos relata la historia de una inmigrante que llega a España engañada. El desencanto requiere una actuación valiente cuyas consecuencias serán indelebles para los lectores. El cuarto relato que encontraremos no es otro que el de Jorge Gamero, Vallecas, sabor a óxido. El texto nos remite a la época en la que el boxeo, como otros submundos, se convirtió en una forma de huir de una realidad para entrar en un sueño con pies de barro. Tras este relato, entramos en el de Mercedes Gascón Bernal, Chicago, la siesta americana. A veces, una historia forjada en las promesas del sueño americano, cuando se contempla en algunos espejos, la imagen reflejada no tiene tantos brillos como nos habíamos imaginado. La hiperrealidad se encadena a la fantasía cruel de Urbania, relato de Javier López, en el que la imaginación ha creado un microcosmos que se mece entre la sonrisa y el apocalipsis. Avanzamos en la lectura y llegamos a la propuesta de Herminia Meoro, Dublín, bajo esta misma luz. La envidia y otros pecados se aúnan para urdir un destino insospechado. Interesante utilización de los tiempos narrativos. El siguiente eslabón en la cadena de relatos será el que firma Mariela Puértolas, New York, West Village. Parece que algo siniestro empapa los acontecimientos. Las líneas que avanzan en paralelo finalmente convergen en el centro de una historia inquietante. El libro se cierra con la participación del autor Lara Vázquez, Te robaré en Torrebaró. Texto imaginativo donde los haya. El autor entra y sale de las historias convencionales con total libertad e introduce la ironía (o el sarcasmo), entreverada a lo largo de esta historia.




Diría que este libro se ajusta a la loca teoría que me atrevería bautizar como la del microondas. Los lugares de los cuentos se han introducido en el horno de la memoria como pudiéramos introducir unas patatas en el microondas. Ciudades y patatas se cuecen respectivamente, observamos las patatas cada cinco minutos y observamos que la cocción las modifica, pero no dejan de ser patatas. Los lugares de esos relatos se deben apreciar siempre desde la perspectiva sincrónica del tiempo de cada cual. Una ciudad no es igual para cada viajero y, además, con el paso del tiempo (o de la cocción) se irá modificando, y si nos preguntamos, de todos los momentos, ¿cuál es la ciudad verdadera?, solo será posible la respuesta contundente: todos los momentos nos muestran la ciudad verdadera. 
Cotejando los dos libros del Club Marina en un sentido global, ahora sin entrar en las valoraciones individuales hacia los autores, salvo mi valoración como articulista, diría que la calidad literaria del primer volumen no ha bajado un ápice en el segundo. De alguna manera se ha de reflejar la procedencia de la inmensa mayoría de los autores del colectivo literario, que no es otra que la que otorgan las aulas: autores impartiendo vida y lecturas entre alumnos demasiado exigentes en sus respectivas adolescencias. Por otro lado, estos autores que forman el Club Marina, en sus trayectorias individuales, paulatinamente, ya van desgranando una bien trabada obra literaria. Ello, a los ojos de cualquier lector, avalaría la esperada calidad que puede encontrarse en un libro grupal como es Lo demás son ciudades. Vale.








sábado, 14 de diciembre de 2019

Reedición de la novela Tiza

Después de la magnífica experiencia de las dos ediciones de mi novela Tiza en la editorial Playa de Ákaba, ahora vuelve a salir la novela en la colección Adstrato Libros, que se podrá adquirir tanto en papel como en libro electrónico en Amazon, este es el enlace:

https://www.amazon.es/Libros-EUGENIO-ASENSIO/s?rh=n%3A599364031%2Cp_27%3AEUGENIO+ASENSIO




Si todavía no habéis leído Tiza, os animo a que leáis el primer capítulo. Al final encontraréis el booktrailer y algunas reseñas.






                                                            Tiza



Eugenio Asensio











Adstrato Libros








E mentre ridiscendevano verso la strada, sarebbe stato difficile dire quale dei due fosse don Chisciotte e quale Sancio.

Il Gattopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa

 

 

 —I—



L
a primera imagen que se me dibuja al recordar a Héctor la sitúo en una estancia estrecha, enmarcada en una limpieza oficial, donde venían a morir melodías desafinadas, llamadas amplificadas y rematadas con el pitido tembloroso de un timbre lejano.
Todos los sonidos, que previamente rebotaban por el corredor, penetraban con el esfuerzo de una reverberación moribunda. También recuerdo que ese lugar se difuminaba en la irrealidad de un tragaluz que proyectaba la caída oblicua del polvo, como una fuente malsana que irrigase luz sucia. Ahí, guardado en el álbum fotográfico de la memoria, habitará para siempre Héctor.
El corredor quedó detrás, como las tres puertas metálicas de apertura eléctrica. El funcionario abrió la cuarta puerta y Héctor apareció de pie, inquieto hasta el punto de inventarse movimientos inútiles, incluso esbozos de movimientos inconclusos. Y ahí empezó a congelarse su imagen para mí, esa imagen que hoy mismo, sin previo aviso, se ha alzado de la memoria.
Me dio la mano y me abrazó sin importarle que yo no correspondiese con entusiasmo a aquel recibimiento suyo. En ese punto el funcionario nos recordó los minutos de que disponíamos y, sin despedirse, abandonó la estancia.
Ahora, cuando el tiempo ya ha atravesado las líneas invisibles de los días, pienso que debiera haber sabido interpretar el abrazo de Héctor. Falsearía lo que pienso si dijera que su abrazo era una mentira ataviada de verdad, como también me equivocaría si apuntase que su gesto rezumaba sinceridad diáfana. Del calor de su abrazo surgía una multitud de tentáculos con determinaciones confusas y, a pesar de todo, convincentes.
Durante el trayecto desde mi casa hasta la cárcel, calculé el tiempo que había transcurrido sin ver a Héctor. Pensé que esa cuestión jamás me la hubiera planteado, es más, que ni siquiera hubiera vuelto a pensar en él, de no ser por los acontecimientos y la ocurrencia del muchacho al creer que, en esas circunstancias, yo podría hacer algo por él. En las conversaciones con otros profesores, cada vez era más extraño que saliese su nombre como ejemplo del alumno poco modélico, cuya ausencia había aportado cierta ilusión de paz, aunque, en realidad, nunca conseguida porque siempre hay nuevos Héctores, o bien otros que aspiran a serlo tanto como el original. De cualquier modo, eran pocas las paletadas que quedaban por tirar sobre su recuerdo para que nunca más se hubiese vuelto a hablar de él. El recuento dio como resultado dos años y cuatro meses.

Por supuesto, ya desde la presencia inesperada de su madre en mi departamento del instituto, me pregunté a qué habría venido si su hijo ya no era alumno nuestro. Al no matricularse y no tener que verlo nunca más, para mí, equivalía a que su imagen hubiese muerto, que ya no hubiese habido ningún motivo para desenterrarla, pues ya no tenía nada que ver conmigo. El haber empezado a olvidarlo sabía que significaba aceptar esa ramificación de la muerte, más aún, esa forma de asesinato que la sociedad no nos reprueba para con aquellos que no queremos volver a ver. Después, cuando la madre se marchó, seguí interrogándome para responderme con preguntas que convergían en una: ¿por qué yo había de ir a visitar a su hijo a la cárcel?
—Usted lo conoce. —La madre siempre me trató con el usted que marcan las distancias abismales—. Usted fue su tutor durante algunos años y yo sé que usted puede darle ánimos, hablarle y escucharle.
La madre del muchacho me informó muy escuetamente de la situación de su hijo. Me insistió en que ya no era aquel que conocimos como centro de reuniones disciplinarias. Se esforzó inútilmente en ello, porque yo era incapaz de recordarlo de otro modo. Me dijo la madre que tenía novia y un buen trabajo en expectativas. Con sus palabras, ella, a mi pesar, volvía a disculpar una vez más a su hijo, al tiempo que las dejaba sobre la mesa para que yo las analizara y luego ratificara que valió la pena el esfuerzo dedicado por parte del profesorado en tragarnos los sapos pedagógicos, acciones que, como siempre, desembocaban en una nueva oportunidad. En ese momento, la mujer entró en el apuro que había intentado evitar: ¿cómo alabar a un hijo cuando había acabado en la cárcel acusado de asesinato? En un ímprobo esfuerzo resolvió la situación con una expresión contundente: «Es inocente», que fue redoblando hasta perder en cada repetición partículas de convencimiento.
Después del abrazo, Héctor aceptó mi relativa indiferencia, quizá debiera decir mi malestar. No escondí en la mirada la molestia que me ocasionaba el estar allí, pero sobre todo el que él estuviera allí, acusado de matar a otra persona, sin importarme que la madre me hubiese insistido en su inocencia. Ese recelo se sumaba a cierto descontento que suele acompañarme, que quizá ya me haya agriado el carácter y que probablemente sea el resultado de barajar diferentes elementos en ocasiones imprecisos, que sé que se mezclan con mi innata actitud desencantada con el mundo, especialmente, con el de la enseñanza. Sobre ese aspecto, no sería sincero si en mi caso dijera que el alumnado ha empeorado, y con ello descargar mis culpas, aunque tampoco quiero decir que no sea así. Sé que las auténticas razones, que quizá algún día intente dilucidar, debo buscarlas más en mí que en el resto de mortales. Mi profesión me aburre soberanamente, tanto en los días festivos como en los laborables. Sé que lucho contra mí mismo e intento cumplir con mi trabajo, lo cual me sirve para mantener parcelas interiores que están a punto de esfumarse. Por todo ello, volver a ver a Héctor, implicarme en su vida, representaba retomar una fatiga que debía haberse diluido en el tiempo; sin embargo, no era así. Ahí estaba Héctor, detrás de su silencio; un silencio sin argumento.
Las miradas de nuestros interlocutores, por muy sugerentes que puedan ser, nos inquietan si no van acompañadas de palabras. Héctor no hablaba, solo miraba y sonreía. El entorno y el personaje, súbitamente, se rehicieron en blanco y negro; súbitamente, todo aquello era una fotografía que me remontaba a una época que los de mi generación conocimos a través del cine y de los retratos del álbum familiar. Sin esperarlo, me vi moviéndome por un espacio con la figura estática de Héctor, quien me clavaba sus ojos y su sonrisa. ¿Tendría que ser yo quien iniciara la primera conversación con mi exalumno en la cárcel? Esperaba que él aportase algún comentario intranscendente sobre cualquier tema previo a encarar el cuerpo de una conversación. Ni que decir tiene el grado de inoportunidad que representa citar la enfermedad delante del moribundo, así pues, ¿cómo iniciar aquella conversación sin querer tocar el tema que nos justificaba allí, y sin ver en la actitud de Héctor la voluntad para empezar a hablar? Además, ahora Héctor ya no era el adolescente que se saltaba las clases o que enviabas castigado a la sala de profesores. Este era para mí alguien que me recordaba a un muchacho al que intenté enseñar algo en un instituto. Por otro lado, su perfil aristado, su barbilla prominente y esa mirada que no acaba nunca de despertar me llamaron la atención tanto como cuando, tiempo atrás, lo descubrí sentado en una de mis clases. Y en el esfuerzo por recuperar a toda velocidad la información que creía haber olvidado del muchacho, algo indefinido se despertó en mí para ratificar algunas de las observaciones de la madre; entonces, ese algo en mí le dio la razón.
Me invitó a sentarme y acepté. Ahora estábamos de nuevo muy cerca, separados por una mesa que seguro nos recordó a las de los departamentos del instituto. De nuevo se prolongó el silencio sin que lo evitáramos.
—Gracias, profe —vino de algún lugar lejano.
Dejé que continuase, pero no había nada más en su improvisado guion. Comprendí que sus palabras, aunque lacónicas, eran sinceras, quizá por ello no me sorprendió cuando vi que mi propia mano alcanzaba la nuca del muchacho y se detenía para corresponder entre el abrazo y la colleja; aunque mucho más me sorprendió descubrir el ardor de cierta emoción merodeando la frontera de mis párpados.
—Tú dirás, Héctor.


*               *               *



Con esas palabras he decidido empezar la historia de Héctor Almansa; quizá más que su historia sea la mía, y en verdad me cueste admitirlo porque no he sido yo quien ha elegido los sucesos, sino que ha sido ese cúmulo de circunstancias y factores intangibles que señalan todos los pasos que daremos a lo largo de nuestra existencia. Por ello, no podría argüir con precisión por qué he acabado escribiéndola. Es bien cierto que el presente nos reserva apariciones que no le corresponden, incluso en ocasiones, no sé por qué inercia, o no sé por qué condescendencia con lo pasado, observamos que rezuman hacia el presente algunas imágenes que mejor si ya se hubieran borrado. Tal vez, la forma de que los días de otros tiempos acaben entre lo más polvoriento de la memoria sea encararlos como parte de un tiempo mal cicatrizado. Posiblemente por ello he creído en el absurdo de cauterizar rincones de mis días, como lo haría el desahuciado con el primer embaucador que le prometiera sanar su enfermedad. De cualquier modo, esa historia, que quizá no sea ni siquiera una historia, creo que ha encontrado aquí su propio sendero.
En ningún momento citaré mi nombre. No tengo nada que esconder, ni miedo a decir quién soy, pero tampoco nada que aportar con su presencia; no diré mi nombre porque no añadiría nada a esta narración ni a los sucesos que tal vez alguien se esté esforzando en olvidar. Digamos que mi nombre nadie lo debería recordar. Si el protagonista soy yo, seré un protagonista anónimo, y anónimo también si solamente me corresponde ser el autor de la narración.
Por justicia, quiero remarcar que Héctor Almansa tampoco es el nombre de ese alumno con el que coincidí algunos años en la misma aula. Sobre su verdadero nombre, han conseguido los estratos del tiempo mucha más opacidad de la que yo me hubiera propuesto en el esfuerzo de olvidarlo.
Queda por concretar a quién se dirige el relato; aunque quizá todo se resuma admitiendo que las vivencias narradas no se dirijan a nadie. No hay, en las esperanzas puestas sobre este texto, más luz que la que pueda entrar en un cajón cerrado donde se requemen las hojas que voy a ir escribiendo. Nadie tiene por qué conocer nada de lo que aquí irá tomando forma, pues no hay nadie que pudiera ayudar a corregir eso que el azar ya ha trazado y pensamos que se debe a nuestro esfuerzo o a nuestras imprudencias; así pues, afirmo que este intento, que no es más que esfuerzo absurdo, ya ha empezado a morir en cada línea, a arrepentirse de haberse empezado a perfilar.
Después de tanta dubitación en lo apuntado, a nadie le debe extrañar que yo siga inquiriéndome por qué decidí escribir sobre Héctor, como tampoco sorprenderse porque solo encuentre respuestas múltiples e imprecisas, como: porque la falta de experiencias reales me lleve a repetir las vividas; porque al recrear lo sucedido todo puede adquirir un sentido más completo; porque la realidad es caótica y requiere ciertos reajustes para que las piezas encajen y en su socorro acude la escritura.
Había ido a visitar a Héctor por petición de su madre, y porque algo se despierta en alguna sinuosidad interior y, sin saber cómo, atraviesa la coraza y las defensas que exponemos a la vista de los demás.
—Lo único que puedo decir es lo que ya he ido diciendo a todo el mundo: a la policía, a mi madre, al abogado, al juez… Lo juro, profe.
Héctor empezó a aportar su parte en la conversación con omisiones implícitas, como si fuéramos viejos amigos que hablan más por lo que callan que por lo que dicen.
—¿De qué quieres hablar?
—No sé, profe.
—¿Prefieres que hable yo?
—Creo que sí.
—¿Cómo pasas el tiempo?
—Leo. Eso sí, leo todo lo que puedo.
—¿Lees?
—Te lo juro, profe. En el tiempo que llevo aquí he leído más que en toda mi vida.
—Lo creo.
—Sí, yo también estoy sorprendido.
Dejó que se escapara un silencio y después prosiguió:
—Ahora, por ejemplo, con la música, no solo la escucho, es que me estudio el disco. Quiero saber qué instrumentos suenan. Me pregunto cómo se puede juntar tanta variedad de posibilidades sonoras sin que el resultado sea un estropicio y, por el contrario, se consiga algo excepcional.
—Parece que sí, que has cambiado, que eres capaz de ahondar en lo que te interesa —dije con relativo convencimiento, y con la sospecha de que se esforzaba en la utilización de algunas expresiones nada habituales en su registro, como «variedad de posibilidades sonoras» o «algo excepcional».
—Y lo mismo me pasa cuando leo.
—¿Ya has descubierto la lectura?
—En el instituto me gustaba leer las obras de teatro que tú traías, cuando tú podías ser uno de los personajes, cuando le dabas la entonación, o sea, que lo podías vivir.
—Me lo dices un poco tarde.
—Lo que me aburría era aquello del cuaderno, de la ortografía y de los acentos. Aquello rayaba, profe.
—Mejor nos hubiera ido si tú hubieses colaborado.
—Ya no lo puedo negar.
Tras unos segundos de silencio, Héctor añadió:
—¿Quieres saber cómo paso los días? Desde aquí me parece que los días pasan fuera, en la calle. Aquí dentro el tiempo huele como la ropa de las viejas, huele…
—A alcanfor —dije yo.
—Eso es: a alcanfor. Aquí todo está pautado. Aquí sobre todo pienso.
—¿En qué?
—Pienso mucho en mi novia.
—¿La conozco?
—Claro. ¿No te acuerdas de Olga?
—Me vienen a la mente varias Olgas.
—Aquí la llevo siempre.
Y echó mano a un bolsillo trasero de sus pantalones, de donde extrajo una fotografía. Aparecían Olga y Héctor apoyados sobre una motocicleta. Él pasaba el brazo por los hombros de la muchacha, y se adivinaba que ella correspondía pasando su brazo por la cintura de él. La nota discordante de aquella estampa la aportaba el casco de Héctor, que descansaba sobre su cabeza casi en un ejercicio de malabarismo, como si de una pesada boina se tratase. Más allá, en la mirada de los personajes que componían la fotografía, se podía interpretar algo bien diferente. Olga apuntaba con sus ojos hacia la cámara con un atisbo de desconfianza, tal vez sabiendo que la fotografía es un documento que impide el paso atrás. En sus ojos se leía la expresión de quien hubiese sido traicionada y acabase de comprender en ese instante en qué consistía la traición. Héctor, sin embargo, daba con su actitud un paso adelante, como si para él la fotografía fuese la prueba eterna de haber alcanzado una meta: tenerla aprisionada, desde aquel instante del disparo, para la eternidad del papel condenado a arrugarse en el bolsillo de unos vaqueros. Ese segundo del disparo se iba a multiplicar en infinitos segundos y en infinitos lugares donde Héctor mostraría su captura.
—¿No te acuerdas de ella?
—Por supuesto. Está en bachillerato.
—Exactamente. Ella no iba al grupo de los adaptados.
—Tú también podías haber ido a su clase.
—Ya, pero a mí, como que no…
Inopinadamente, aquella conversación, a pesar de tanto tiempo sin vernos, se me hizo demasiado próxima. Nuestras palabras me incitaban a avivar el tono. La mirada expectante de Héctor me inducía a explayarme sobre mis opiniones, pero era precisamente lo que había decidido no hacer, no implicarme en un asunto que por mi propia supervivencia consideraba zanjado.
—Pienso mucho en ella. Debo pensar en ella a la fuerza. Pensaría en ella aunque no fuera mi novia, y si no existiera…, no sé qué haría si no existiera. Imagínate, entre tanto tío, como no pienses en tu novia…
Aunque Héctor jamás había sido el hablante chabacano que se esfuerza por seguir el registro más marginal, sí que le había gustado coquetear con el argot acostumbrado de otros compañeros, sobre todo, relamerse en expresiones de última hornada; con todo, rápidamente observé (entre los cambios que anunció su madre y de los que yo me percataba) una pronunciación más clara si cabe y una concentración en silencio para encontrar la palabra que a él le parecía la más precisa en cada situación. Era como si hubiese afinado el estilo que en algunos momentos ya apuntaba.
Siempre había pensado que Héctor tendría suerte. No me refiero a esa suerte de los que están preparados y que despiertan la envidia en los demás. Me refiero a la suerte de verdad, a la que nada tiene que ver con el esfuerzo ni con una formación. No me había sido difícil imaginármelo de adulto ocupando un puesto laboral bien remunerado. Pensaba que su estrella lo elevaría a alcanzar altas cotas; en altas quiero decir reconocidas en la sociedad, y más exactamente, en la de consumo. De él hubiese destacado la forma de saberse vender, de saber representar a sus compañeros de clase sin saber esta que estaba siendo representada. Estaba seguro de que su verbosidad le abriría más de una puerta. Su hablar, en ocasiones parsimonioso, aunque no aportase nada significativo, había logrado superar algunas reticencias en aquellos profesores que no lo conocían, e incluso en los que creíamos conocerlo. No me hubiese extrañado encontrármelo en un comercio vendiendo televisores a comisión, o bien ordenadores o lavadoras, y al poco verlo pasear con un coche deportivo porque las circunstancias habían cambiado, por lo que ahora se dedicaría a otros menesteres cuya actividad no se ajustaría a ningún oficio, pero que se englobaría en eso que en las películas suelen llamar negocios.
—¿Con quién te relacionas aquí?
—Con los mejores de la clase. Con los mejores de la clase de aquí. Te lo juro.
Volvió otra vez el silencio, y sin quererlo, empecé a pensar en la posibilidad de marcharme. Ya había hablado con Héctor. ¿Qué más podía añadir a lo que eran atribuciones de la justicia? Me encontraba como en aquellas inesperadas visitas de padres en las que te piden ciertos datos de los hijos, que, como profesor, no puedes tener, y que sería más propio que fuera yo quien los demandase a los padres. Por un momento sospeché que lo que él quería era mostrarse, mostrar su faceta de hombre acerado que, como tal, puede estar en la cárcel, equivaliendo ello a una categoría solo para algunos escogidos. No obstante, la misma crueldad de mi pensamiento me hizo rectificarme. Pensé, huyendo de Héctor y de mis propios juicios, que si apareciera en ese momento el funcionario para avisarnos de que ya había transcurrido todo el tiempo, todavía sería capaz de bajar hasta el puerto, pedir un arroz en la terraza de algún restaurante y después elucubrar sobre los veleros amarrados. Era mi sábado, un día de fiesta y con mucho sol, además de que era el último sábado del verano.
Me dije que yo también necesitaba abismarme y, casi al mismo tiempo, me repetí lo que en los últimos años suelo decirme: ¿por qué cada vez necesito más tiempo para reflexionar? ¿Me aleja de la realidad? ¿Y qué si me alejo? ¿Acaso es señal de que ya tengo cuarenta y un años? Héctor volvió a hablar, aunque no atendí a las primeras palabras que pronunció porque yo todavía estaba saliendo de mi ensimismamiento. De cualquier modo, asentí con la cabeza.
—¿Crees que puedo hacer algo por ti? —dije traicionándome. Héctor me miró callado, quizá adivinando que yo acababa de decir precisamente lo contrario de lo que pensaba.
—No quiero nada en particular, solo conversar.
Y volvió a golpearme con el silencio, como diciéndome: «No te necesito para nada, fracaso de profesor engreído. Solo quiero tu tiempo, que calles o hables cuando a mí se me antoje tenerte aquí delante».
A cada silencio, Héctor parecía concentrarse en cierto movimiento interior, como si sus emociones se desplazasen en una órbita que él todavía no dominase y lo zarandearan, y por eso, en la mirada me lanzaba un eseoese que él no era capaz de verbalizar.
—¿Qué lees?
—Novela histórica.
Creí que su respuesta iba a ser peor, yo daba fe del nulo entusiasmo que Héctor había manifestado jamás ni hacia la novela ni hacia la historia, por lo que su respuesta no acabé de creérmela. Su réplica estaba sin duda planificada, escuchada y aprendida para una ocasión como aquella.
—Y concretamente, ¿te centras en algún período de la historia?
—No. De momento, no. Quizá cuando salga de aquí me centraré en Alejandro Magno. Sí, creo que en Alejandro Magno. Y no me mires así.
Por lo menos, fuera verdad o mentira, se ahorró el temido comentario sobre lo grandioso del personaje y la extensión de sus dominios. Aunque, por otro lado, esa falta de puntualización me llevó a pensar que seguía sin saber quién era Alejandro Magno. De cualquier modo, Héctor dijo «quizá cuando salga de aquí…», lo cual, tal vez sin saberlo él, aportaba la nota dramática del enfermo desahuciado, tendido en una cama de hospital.
—Me gustaría leer un libro que tú me recomendases, y después comentarlo juntos. La biblioteca de este establecimiento es envidiable.
Dijo «establecimiento» y «envidiable», sin aclarar para quemarla o algo parecido, con sobreactuación incluida. Puestos a actuar, volví a traicionarme comprometiéndome.
—O sea, que quieres que organicemos algo así como un club de lectura: nuestro club de lectura restringido para nosotros dos. Bien, Héctor. Estupendo —dije ya instalado en la mentira.
—¿Con qué libro quieres que empecemos?
—¿Con qué libro? A mí la novela histórica no me gusta —aclaré—, ni tampoco los libros donde pululan elfos, vampiros o duendecillos.
—Bueno, pues tú decides.
Estaba convencido de que sería imposible coincidir en alguna lectura si yo le proponía algún libro que a mí me interesase; además de que cada vez me es más difícil encontrar alguno que cumpla con ese mínimo de satisfacción. Por lo tanto, la solución pasaba por que yo cediera a sus gustos, en el supuesto de que él los tuviera definidos, de lo contrario, como ya estaba involucrado, estas visitas se convertirían en interminables lecciones particulares con el alumno más díscolo de la clase; los dos nos íbamos a aburrir muchísimo.
También pensé que si el vigilante hubiera llegado a tiempo ahora no tendría deberes para casa. Irremisiblemente, ya existía eso de para el próximo día…; y lo peor de todo era que el alumno estaba poniéndole deberes al profesor.
—¿Por cuál empezamos, profe?
—Creo que antes no me he explicado bien. Cuando he dicho que no me gusta la novela histórica, quería decir que no es el tipo de literatura que más me atraiga.
—Si tú prefieres otro tipo…
—Ya que tienes interés por Alejandro Magno, buscaré algo sobre él y te lo haré llegar.
—No me gustaría que te obligaras…, que por mí tanto da.
Si a él le era indiferente, puedo asegurar que para mí, no. Prefería, ya de perdidos, realizar el esfuerzo y empaparme un infumable libro de quinientas páginas con promesas de continuación, a tener que convencer a quien no quiere ser convencido, sobre los diferentes estilos que se recogen en la literatura narrativa contemporánea.
Hacía algunos minutos que por la rendija de la puerta o tal vez por los mismos poros de las paredes, se estaba filtrando cierto olor rancio que no era otro que el que procedía de la cocina. El olor me trasladaba a un lugar de bruma espesa y de pucheros. Alguien abriría una gran olla para remover un caldo amarillo que poco después sería vertido en un plato hondo para Héctor. En esos momentos tuve que convencerme de que esa cocina y la cocina donde pensaba que podría prepararse ese arroz deseado por mí, en nada se parecían, que a mí me esperaba algo delicioso, una promesa que empezaba a ser satisfecha antes de ser realidad. La imagen de Héctor sentado ante el plato humeante que desprendería aquel olor, abrió resquicios de sensibilidad que todavía guardo para momentos como estos. Recuerdo que, de visita en algún hospital, ha sido a la hora de la comida cuando he descubierto mi mayor compasión hacia el enfermo.
Algo de enfermo había en Héctor, como algo de hospital en la cárcel. Consciente de ello, aspiré con intensidad el aire rancio que ya invadía toda la estancia, en un intento por compartir algo de la pena con la que vive el preso.
El funcionario llegó tarde, pero llegó.


Algunas reseñas sobre Tiza y el booktrailer.
  
  
  
  
  

   
  
(pág. 12) 
  
Revista CESF n.2 (1).pdf
(Pág. 31) 
  
  
  


Booktrailer