miércoles, 3 de abril de 2019

La espera. Primer capítulo de Las zonas frías del Sol



He aquí el primer capítulo de Las zonas frías del Sol.  
Editorial: Amarante. 
ISBN: 978-84-949142-1-8.  
Páginas: 228.

Tal vez el dilema al que nos conduce la novela sea el siguiente: ¿qué haría cualquiera de nosotros si cuando tuviese al alcance de su mano algo -por banal que fuese- muy deseado, tuviese que renunciar a ello por socorrer a alguien? ¿De verdad que renunciaríamos? 


Las zonas frías del Sol, de Eugenio Asensio




—Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque (ve aquí la razón) si no te hubieran echado a puntillones del más hermoso de los castillos por aquel ósculo que diste a la señorita Cunegunda; si no te hubiera cogido la Inquisición; si no te hubiera fustigado después; si no hubieras viajado a pie por América; si no hubieras perdido los carneros que sacaste de aquel bienaventurado país, no regarías ahora las coles, ni comerías espárragos y alcachofas, ni las venderías en la ciudad de Constantinopla.
Cándido, de Voltaire

El Cónsul se sintió angustiado. ¡Ah, qué daría por tener un caballo y galopar, cantando, lejos, quizá para ir a ver al ser amado, para llegar al corazón de la sencillez y la paz del mundo! ¿Acaso no era eso como la oportunidad que depara al hombre la vida misma? Claro que no. Sin embargo, sólo por un momento así le pareció.
Bajo el volcán, de Malcom Lowry



1   La espera

Hace tres días que no tengo una erección, lo cual me ha llevado a pensar en un tipo, recepcionista de hotel, que contaba en televisión sus muchas experiencias sexuales. Hablaba sobre todo de las mujeres nórdicas, por supuesto, de entre ellas destacaba a las suecas. Aquel era algo así como el último espécimen de aquel macho hispánico instalado en su hábitat natural, es decir, en cierto hotelucho de la Costa Brava. Narraba anécdotas como la referente a la llegada de un autocar repleto de suecas, que cuando entraron al hotel lo vieron y lo desnudaron. Él seguía con más historias, como aquella otra que se centraba en el idilio que mantuvo con una alemana, mujer entrada en cierta edad, y con la hija de esta. Contó que todo acabó cuando ellas descubrieron que se entendían con la misma persona. Dijo el entrevistado que mientras ellas se despellejaban aprovechó para salir de la habitación y no volver con ninguna de las dos; claro, pensé, teniendo un autocar de suecas al acecho, qué importaba una madre y una hija alemanas.
A nuestro hotel jamás llegó ninguna sueca, o si llegó, como nunca desnudó al Cabezón, no nos enteramos de que fuera sueca. El Cabezón, o bien, el señor Mena, es el recepcionista de más antigüedad y quien está preparando el salto de Andrés, de jefe de botones a recepcionista auxiliar o a auxiliar de recepción, que por lo que ellos dicen, debe de ser lo mismo. No es necesario apuntar que al señor Mena el mote le cayó por razones obvias, pero apuntándolo es la mejor forma de incidir en la más destacada de sus características.
En el hotel, tener un mote puede traer serias consecuencias, quizá no tanto para el Cabezón como para los botones, porque quienes lo llamamos así somos sus inferiores; o sea, que sus aspiraciones en el hotel no dependen de nosotros. En cambio, entre los botones, difícilmente podrá no ser nefasto; primero, la vejación del motejado mientras padece el sobrenombre por sus iguales, y después, como efecto contrario, cuando la persona tildada alcance un puesto superior, siempre caerá sobre los demás (ahora inferiores) la venganza del anteriormente humillado. Esas circunstancias las sufriremos con el Ratón si algún día, cuando sea recepcionista, descubre o sospecha que lo llamamos como él sabe que lo llamamos. De cualquier modo, lo principal es que a todos nos conozcan nada más que por nuestro nombre. Yo me llamo Roberto, y hasta hoy creo que nadie ha sustituido mi nombre por ningún apodo. El día que eso suceda será porque algo se me habrá ido de las manos, quizá un proceder inesperado, una respuesta poco meditada. Aun existiendo la posibilidad posterior de venganza, siempre significará estar ahí con una cruz en la frente y cayendo en picado por el agujero de algo a lo que de momento no le he puesto nombre.
El personal del Hotel Manila no solo puede clasificarse en esos dos grupos: los que arrastran un sobrenombre y los que todavía no arrastramos nada, hay pues un tercer tipo, que lo forman aquellos que están en vías de ser motejados, aquellos que empiezan a sobresalir con demasiada frecuencia, pero que todavía no han recibido el nuevo bautismo porque no ha habido un acuerdo tácito, por parte de los padrinos, sobre la elección del mote. Entre los que con toda certeza visitarán en breve el baptisterio destaca Pedro.
En cuanto a los motejados sobresale el Ratón. Para nosotros, los botones, resulta difícil imaginárnoslo detrás del mostrador, es decir, en una categoría laboral que no sea la nuestra. Incluso es difícil verlo vestido de otro color que no sea el rojo, y por supuesto, con los entorchados dorados. No es que Andrés venga desde su casa engalanado con su traje de botones, y que salga con él cuando acaba su jornada. Qué va. Lo que pasa es que mejor sería que así fuera, pues el Ratón es de un exquisito por el que nadie con sentido común debería fiarse para que le eligiese ni la ropa ni nada. El Ratón no es que sea extremado o que sus gustos se ajusten a una línea o a otra, lo que pasa es que el Ratón es de modas cruzadas, como todo en él; sin embargo, una candidez insospechada, más que una presunción, le impide ubicarse en el mismo espacio que los demás, en las mismas coordenadas que este hotel de lujo al que podría abrírsele una fisura justo de sus mismas medidas.
En otro tiempo, por lo que se cuenta, el Cabezón estuvo liado con una francesa que se albergó aquí en unas nada blancas Navidades. Eso es algo que ha pasado a los anales del hotel. Hubo amor pasional, llegada inesperada del novio de la francesa, carreras, lío de puertas como en el teatro y si te he visto no me acuerdo. La francesa y el francés se marcharon y para los de aquí todo siguió como estaba. Pero también podría ser todo mentira. En este hotel no se liga, no se parece en nada al que describía el tipo de la tele, y que nadie se emperre defendiendo lo contrario; tal vez por eso tiene tanto éxito el negocio del Ratón y el señor Mena.
El mismo verano que acabé y aprobé el primer curso de Filosofía, entré en el Hotel Manila, en el que trabajo desde hace más de dos años. El recuerdo de aquel verano me es grato, pero no solo ese recuerdo, también el cambio que yo había provocado en mi vida; o sea, que se cerraba un período y se abría, con mi dedicación al trabajo, otro mucho más esperanzador. En aquel mismo momento me pareció interesante, tanto que decidí no matricularme en la universidad. Desde entonces, mi única actividad intelectual, si puede llamarse así, es devorar novelas, y cuando me empacho de ellas, no leo nada durante meses. Me exasperan y acaban aburriéndome los personajes que pretenden mostrarse como un modelo de conducta y convertirse en el anhelado espejo del lector; y no digamos nada de los que se regodean en el frívolo detritus del llamado realismo sucio (decía un amigo que el realismo sucio es convivir con dos abuelas), o los que se deshacen por no cruzar sus vidas con elementos como el televisor o el teléfono móvil. En cuanto a la filosofía, nunca más he vuelto a tocar ningún texto, ni pienso hacerlo, con un año tuve suficiente para reconocer que me había equivocado en mi elección; bueno, me había equivocado en las notas de acceso a la universidad, pues Filosofía era de lo poquito que podía elegir.
Mis reflexiones se han vuelto más pragmáticas. Estas me dicen que mi futuro, aun descartadas las posibilidades de ligar, siguen estando aquí, en el Hotel Manila. Creo que muy pronto me pasarán a alguna sección de mayor reconocimiento. Estoy convencido de ello porque no tengo competencia entre mis compañeros. Todos los que por su antigüedad pudieran aspirar a ocupar un lugar mejor en el hotel son auténticos palurdos y no pueden desarrollar otra función que la de cargar maletas y esperar propinas. El caso de Andrés, el Ratón, es diferente, no es que sea menos palurdo que los demás, lo que sucede es que cayó en gracia al señor Mena, y el Cabezón aquí tiene mucha mano.
A veces pienso que Andrés, el Ratón, aun siendo incapaz de ordenar coherentemente dos pensamientos, está dotado de una habilidad instintiva para conocer el mundo a través de barruntos que él, por una extraña transmisión, ha recibido como herencia primitiva, bien diferente al resto de los humanos, a pesar de los refinamientos de nuestra civilización. ¿Será por su cándida intuición por lo que se ha ganado el aprecio del señor Mena? Al Ratón no le pesa el cuerpo, la herencia recibida a través de miles de años lo empuja con fuerza hacia sus objetivos, pero algo de asombro se le derrama en la mirada. Quiero pensar que yo soy mejor; debo pensarlo, pero a pesar de mi acto de soberbia me cuesta creerlo. ¿Qué pensará él?, y ¿qué barruntará el Ratón del público al que sirve?; y bien, ¿qué pensarán los huéspedes de él? En todos los oficios en los que se supone cierto servilismo, en el intercambio estipendio por trabajo, quien paga, parece que compra el derecho a limitarnos la existencia a unos actos insignificantes: retirar el plato con los restos de la comida, esconder una mirada de complicidad a quien guardará en la maleta las toallas del baño, mantener una sonrisa ante el crimen cometido por el niño sobre el mantel, abrir los parasoles en la terraza… Me es inevitable pensar que el huésped nos limita la vida a una suma de actos muchas veces banales, que, como tales, flotan sin ahondar en la materia de lo que llamamos vida. También me pregunto si algún cliente del hotel, pasado un tiempo de su hospedaje, si me encontrara en otro lugar, me reconocería. Creo que yo sería tan anónimo para el huésped como lo era para mis profesores de universidad. En el breve tiempo que mi imagen pudo rondar por la memoria de quienes pasaron por el hotel ¿me permitieron estos dar el salto hacia fuera o se me encerró para siempre en la cotidiana y efímera actividad del sirviente? Esas preguntas me inquietan, me aguijonean hasta crearme la necesidad de formularlas delante de todos y cada uno de los huéspedes, y el no hacerlo (como así sucede) significa ponerme una mordaza, significa que se me inflige el castigo como a criatura inferior que debo ser, y eso me jode. Si por el contrario, traslado esta inquietud a los huéspedes, es decir, que sean ellos los que crean que su existencia queda limitada a actos cotidianos (a veces ridículos por lo grandilocuentes) apresados en la retina de los botones, lejos de satisfacerme me crea angustia y miedo; porque es como si pretendiendo escapar de una condición, creyendo haber dado el salto por encima de los límites de mi actividad, se me abriesen los ojos para ver que en verdad no me hubiera movido de esta misma baldosa del hotel, que ahora piso; como si la imagen real y la imagen reflejada en el espejo negaran la complementariedad, quedando solo la ilusión de ser reflejada, y eso también me jode. Pero trabajar en el hotel, además de crearme en ocasiones desasosiego, también significa tener el mundo acotado, bien estructurado, creyendo conocer (o jugando a creer) el lugar que ocupa cada cual. Y aunque mi condición no es de las envidiadas, saber dónde me encuentro compensa mis tribulaciones.




martes, 19 de febrero de 2019

MIRALLES


 El relato Miralles apareció publicado en la primera antología Generación Subway, por la editorial Playa de Ákaba, en 2014.                                                                  

          
La secretaria le pregunta que si él es el técnico que tenía que venir a arreglar el ordenador. Miralles no da crédito. Una vez aclarada la confusión, la joven le dice que el señor Hinojosa todavía no ha llegado, que si quiere puede esperar, aunque ella no se lo aconseja porque no sabe si el señor Hinojosa se presentará o irá directamente a producción; que si fuese así, lo más probable es que ya no pasaría por la oficina en toda la mañana. La mujer mira como para frenar los intentos persuasivos, aquellos que mostrarían los matices, lo excepcional del caso, que, en absoluto, nada tiene que ver con lo que al parecer se ha entendido. Ella abre más los ojos y le dice a Miralles que la sala de espera está junto al vestíbulo, que haga lo que desee; aunque no le dice lo que piensa porque nadie le paga para ello.
El hombre calla, tuerce el morro y se encamina hacia la sala de espera. Sentado, apoya la cartera sobre los muslos. La abre y busca la documentación que, si llegara el señor Hinojosa, le iría mostrando ordenadamente. Son tres hojas y una memoria USB que introduciría en la tableta para ilustrar las explicaciones que paralelamente iría exponiendo. Ha repetido los mismos movimientos que en el metro, después de que el pasajero aquel se lamentase de que todo el mundo pedía y pedía, sin embargo él, con tantas necesidades como los demás, pasaba su hambre y no molestaba a nadie. Aprovechando que el hombre bajaba en la siguiente estación, Miralles se sentó para repasar lo que, de ser posible, mostraría al señor Hinojosa.
En la sala de espera no hay nadie más que él. Carraspea y cierra la cartera: para qué volver tantas veces a lo que ya sabe de memoria, a lo que podría exponer sin necesidad de ningún tipo de ayuda ni de guión.
Una alarma en el bolsillo le dice que ha recibido un wasap. Es su mujer. Miralles contesta: «He llegado, pero él, no». La mujer le recuerda, innecesariamente, que cuando salga de la reunión que le diga algo, y el hombre le dice que sí y que «besos».  

La sala es un lugar aséptico, con unas sillas de una modernidad eventualmente imperecedera. Miralles se imagina cómo quedaría aquí una cama, una mesilla, un escritorio con ordenador y un perchero de pie. Alza la vista y comprende que la altura del techo parece ampliar el espacio. Cruza las piernas, se limpia la nariz. No pasa nada, si acaso pasan los mismos pensamientos, pero menos ilusionados que la semana anterior cuando la misma joven, algo más guapa que hoy, le indicó que si no tenía concertada la entrevista, el señor Hinojosa no lo podría recibir. En ese momento le solicitó a la secretaria que se la concertase para hoy, si fuese posible. Fue posible, si bien, después, «la dinámica de las circunstancias se impone sobre nuestros propósitos». De nuevo el teléfono móvil secciona otro pensamiento. Se trata de Luis, su socio, quien le pregunta que si ya se ha entrevistado. Miralles, que no, que está en la sala de espera. Y Luis, que si cree que lo van a recibir. Miralles, que él qué sabe, que no hay formalidad ninguna, que te toman por el pito del sereno. Miralles le explica el incidente del ordenador, a lo que su socio añade que por qué no se lo ha arreglado, que seguro que sabría; y Miralles que sí, pero que no está él en estos momentos para ir arreglando ordenadores. Y Luis, que tranquilo, que no se vaya a poner nervioso, sobre todo porque domina el tema mejor que nadie, pero que de ninguna manera se vaya a enfadar; a lo que Miralles añade que ya está enfadado, que no sabe si mandar todo a tomar por saco y darle dos hostias al Hinojosa de los cojones cuando llegue. Luis, que así no vamos bien, que respire hondo, que a ver si por unos nervios vamos a enviar todo a hacer puñetas. Y Miralles, que no, que si lo reciben, que bien, que él se comportará, que todo eso es lo que haría porque es lo que le pide el cuerpo, pero no lo que hará, que no está tan zumbado.
En la soledad de la sala de espera, Miralles escucha los pasos de la joven acercándose al vestíbulo, aunque no llegan hasta donde él. Miralles, concentrado en escuchar cada sonido, intenta adivinar con ellos lo que sucede. Y los pasos se alejan. Supone Miralles que regresan al despacho. Imagina que la muchacha se sienta; imagina que al sentarse la falda se le sube y aparecen unos muslos algo más torneados de lo que diría cualquiera que recibiese la mirada y las palabras que ella dice, aunque no se correspondan con las que piensa. Imagina que cruza las piernas y que con ello los muslos de la secretaria crecen insospechadamente hasta que un timbrazo dinamita la escena. Diría Miralles que ahora la señorita, a través del interfono, proyecta su sonrisa hacia la platea de un teatro sin espectadores. De nuevo los pasos de la mujer percuten contra el suelo de cenefas de otra época, de la época en la que Miralles no había nacido y sus padres pisarían un suelo de pequeñas baldosas móviles, desportilladas por los cantos. La cadencia de los pasos mantiene una aceleración progresiva que se frena con la llegada a la puerta de entrada, que ella abre para esperar en el descansillo. El mecanismo del ascensor, su frenazo en la planta correspondiente, abrir de puertas, golpe contra el batiente metálico y las palabras atropelladas de bienvenida y de bienhallada en voz alta; dos besos y educado desparpajo que se prolonga desde el rellano, sigue por el pasillo y se cuela en el despacho. ¿Dónde estaba Miralles? No. ¿Dónde estaba la joven? Se había cruzado de piernas cuando sonó el timbre.
¿Y si quien hubiese llegado hubiera sido el señor Hinojosa y por eso el recibimiento de la secretaria ha estado a la altura de los tacones que gasta? Miralles, ya de pie, deja la cartera sobre la silla, como reservándosela, aunque no haya nadie más. Gira el cuello a derecha y a izquierda, se sube los pantalones estirando de las presillas hacia arriba, y con las manos a la espalda accede al vestíbulo. Camina blandamente, deteniéndose cuando cree que algún paso ha sido menos sigiloso de lo que él quería. Está llegando al final del corredor. Remolonea como quien, cansado de esperar sentado, estira las piernas, esas piernas que desgobernadas lo están acercando a la misma puerta desde donde se ve una mesa de escritorio geométricamente inusual. Cuando cree que ha acumulado el valor suficiente, en tres o cuatro pasitos atraviesa con los ojos desde el umbral hasta el fondo. Observa a la secretaria, contenta; al recién llegado, que no es el señor Hinojosa, valorando algunas intenciones en su proyecto de aproximación hacia la joven. Lamentablemente, le vuelve a sonar el telefonillo, lo cual provoca un encuentro de tres miradas, pero sobre todo, un navajazo en las intenciones de quien no es el señor Hinojosa, un desgarrón en las esperanzas de la joven y un desamparo en Miralles.



            La madre le pregunta que si ella también tiene que ir hoy a buscar a la niña al colegio, que si la recogerán después de merendar o si vendrán después de los deberes. Añade que qué le parece si hoy, como hace buen día, se van a merendar al parque de los columpios de madera. Miralles le dice que sí a todo, provocando cierta confusión en la mujer, que acaba repitiendo las opciones, lo cual el hijo despacha con la respuesta de que haga lo que crea conveniente, que si acaso que lleve siempre el móvil encima porque después él la llamará.
            Mientras el hombre hablaba por el teléfono celular, fue aproximándose de nuevo hacia la sala de espera, donde recuperó la silla y la cartera con la tableta. Ha transcurrido un tiempo impreciso cuando una nueva llamada le confirma que es otra vez Luis, su socio. Este le informa de que más que nada lo llamaba por saber cómo estaba la cosa. Si la llamada no se hubiese contestado, hubiera entendido que habría empezado la entrevista, pero que como ha respondido, ya se imagina que todavía no se ha encontrado con el señor Hinojosa. Esta vez es Miralles quien le pide al socio que no se ponga nervioso y que no llame más, que por mucho interés que le ponga, la cosa no cambia. Y ya que están conectados, el socio le recuerda que no descarte la segunda opción, que a pesar de que los materiales sean diferentes, no disminuye en absoluto la calidad ni las prestaciones. Y Miralles que sí, que lo tiene presente y que solo tiene ganas de mandar todo a tomar por saco, que no sabe ya qué hacer, si largarse o entrar en el despacho y acabar de darle las dos hostias al que acaba de llegar, que por el parecido con el señor Hinojosa, casi resultaría lo mismo.
            Observando a su alrededor, el hombre se pregunta por qué solo hay cuatro sillas, sin sofá, sin mesa de centro y sin revistas. Deduce que la austeridad en el mobiliario responde a unos objetivos más o menos estéticos, a un intento de modernidad absoluta en la que no se contempla la posibilidad de confort para quien espera. Luego se dice que la intención no deja de ser una falta de respeto hacia, en este caso, hacia él. Añade que el lugar se muestra frío, voluntariamente, frío, de ese frío que no miden los termómetros. ¿Acaso no sería mejor marcharse? Pero después habría que dar explicaciones a Luis, su socio, y ninguna de ellas sería capaz de convencerlo. Se dice que la sala de espera del cielo, o de eso que haya en el lugar donde el Hinojosa de turno reciba a los muertos, ha de ser así, ha de ser tan aséptica como la que forman esas cuatro paredes con esas cuatro sillas y en donde se evaporan las cuatro ideas que él tendría que  defender si es que alguien llega y se interesa por su proyecto.
            Otro timbrazo tantea el infarto en Miralles y al poco se encuentra con alguien que llega sudando como también llegó él, con una cartera como la suya y que se sienta cruzando las piernas igual que él. Frente a frente se escudriñan y vigilan sin mirarse. El recién llegado pregunta afirmando que el señor Hinojosa no ha llegado, a lo que Miralles afirma preguntando que eso le parece también a él.
            Pasan momentos en los que no sucede nada, en los que la única vinculación con el mundo exterior a la sala de espera se concreta en la desordenada cadencia de unos tacones, en el despunte de alguna palabra que huye de su frase o en alguna risa de deliberada simpatía. Parece que el tiempo se remansa, que se trata de un paréntesis previo a la continuación de otras oraciones pertenecientes a un párrafo todavía inconcluso. Los dos resoplan. Los resoplidos de Miralles empiezan, paradójicamente, en la inspiración y huyen por nariz y boca como diciendo no solo qué calor, sino también qué absurdo es todo, si por lo menos uno supiera que iba a ser recibido… Las exhalaciones del señor que se sienta enfrente de Miralles son de asentimiento a todas las que envía rítmicamente el que muestra mayor experiencia, aunque solo sea de unos minutos más ahí sentado, pero el otro no lo sabe.
            Cuando el compás de la respiración se pierde o se funde en el de espera, los pensamientos buscan entrar más allá de lo que indica la simulación, sí, como le sucede a la secretaria que lo ha recibido. Es cuando uno puede sospechar que ese que se sienta enfrente es el contrincante que persuadirá a Hinojosa; bien porque su proyecto sea más convincente, bien porque venga recomendado, bien porque el destino es muy cabrón y siempre hay cabrones que se agarran con más fuerza que uno al clavo ardiendo de las oportunidades. Miralles le preguntaría qué guarda en esa cartera, a qué se debe su encuentro con el señor Hinojosa. Incluso la crueldad del superviviente lo lleva a plantearse por qué, precisamente, ese que sudaba como él y se sigue sentando como él, no ha sido una de las víctimas que cada fin de semana se suman al escrutinio de muertes en carretera; luego, como quien espanta una mosca con la mano, espanta la maldad de sus figuraciones.
La alarma de un wasap es la señal de que el mundo no se ha terminado y de que más allá de las puertas de todos los despachos del planeta hay alguien que depende de quienes esperan. Miralles, algo incómodo, lleva la mano al bolsillo, pero, quien recibe el mensaje es el otro, lo cual parece fastidiar algo más al primero. El señor responde, y a cada pulsación en el teclado, un sonido celestial se convierte en un pequeño pellizco para Miralles. Absurdamente, el señor que escribe le preguntará al otro si hay cobertura, a lo que Miralles responderá que él sí que tiene; respuesta que pinta una expresión de exagerado asombro en el otro.
En pie, resuelto, Miralles arquea la espalda, esta vez con la cartera en la mano abandona la sala para dirigirse a ninguna parte del pasillo. Observa con falso interés los cuadros de la pared de la derecha, y con disimulado desprecio los títulos de la pared de la izquierda. Se acercaría hasta el despacho, del que siguen saliendo risas y exclamaciones, pero no se atreverá. Ya no hay taconeo, por lo que deduce Miralles que la mujer se habrá sentado; no obstante, no se la imagina con las piernas cruzadas, sí se la imagina frente al capullo que llegó después de él y que fue recibido con honores de señor Hinojosa. Comprende que el recorrido del pasillo es demasiado corto, que su huida ha tocado fin, que el cabronazo del Hinojosa de los cojones se merece esas hostias y que si no viene a lo mejor es porque ya le habían empezado a quemar en las orejas. Con verdadera resignación, Miralles ha vuelto a la sala y se ha sentado en la silla que, a todos los efectos, él, y cualquier observador, ya reconocería como la suya. Escucha al otro, quien ahora habla a través de su teléfono celular. Dice que todavía no sabe nada, que supone que sí, pero que de momento, no. Que no está solo, que no le haga hablar porque ni es el lugar ni la ocasión; que a lo mejor, después de comer,  podrían quedar y comentar cómo ha ido la entrevista, que cuando tenga algo que decir, que ya llamará. Concluye diciendo que todo dependerá de si se digna a venir el señor Hinojosa. Después de despedirse, le pregunta a Miralles en una nueva afirmación que Hinojosa se está haciendo esperar, y Miralles le dice que sí, que se está haciendo esperar, palabras que remata con uno de sus bufidos axiomáticos.

Definitivamente el tiempo es un engrudo que se ha pegado a las suelas de los zapatos que calzan los relojes. Miralles carraspea. A los pocos segundos, el señor devuelve el carraspeo. Miralles llega a pensar que lo del señor de enfrente ha sido una réplica, que ha entendido que el primero en carraspear pretendía marcar un espacio o reivindicar una prebenda sobre el otro, acción que el segundo no podía consentir y que por eso ha replicado con su derecho al carraspeo; a pesar de que sus ojos se perdiesen en las puntas de los zapatos. Miralles sospecha que ahora debe de ser el momento en el que ese hombre de enfrente piense en su contrincante. Tal vez en lo cautivador que será el proyecto que guarda en la cartera Miralles, o bien se esté preguntando por qué su oponente no habrá sido una víctima más en los accidentes de tráfico del fin de semana. El caso es que, receloso, Miralles arranca con una tos que va por encima de todos los carraspeos lanzados hasta el momento, lo cual, para darle la razón, el señor de enfrente tose y carraspea y vuelve a toser. Ante eso, Miralles, perdido en la cenefa que se repite a lo largo de las baldosas, no sabe cómo actuar. De hecho, no será necesario porque la puerta de la calle se ha abierto. Se oye el golpe al cerrarla. Los pasos son urgentes y parece que conocen el camino. Algunas voces indescifrables se filtran hasta la sala de espera. Los dos hombres se miran: Miralles tuerce la boca y el señor de enfrente frunce el ceño. Por un momento esa nueva entrada aporta esperanza, o por lo menos es una tregua en la batalla de signos no verbales. Y la sala se agranda tanto que aleja a los dos hombres. Todo pertenece a una dimensión elástica, como si el tiempo hubiese alcanzado también su final y lo que venga a partir de ahora no será exactamente tiempo. Miralles ya no quiere darle dos hostias al señor Hinojosa, tampoco a su sucedáneo ni mucho menos al pobre hombre que, como él, se mueve en la frontera entre la ilusión y la derrota. A Miralles, lo que se le antoja en estos momentos es tomarse un helado de chocolate o, mejor, beberse una cerveza, porque ya parece que se llega al final del recorrido y eso se festeja con una pequeña celebración. La parada está anunciada y los pasajeros piensan ya en levantarse de sus asientos. En verdad, como si todavía no hubiese salido del vagón, como si el señor que se lamentaba aún estuviese allí sentado, y él, con su cartera, esperara que el metro se detuviese, que el hombre se levantase porque todo ha de cumplir su ciclo, y entonces sentarse él. Algo parecido a un vahído lo devuelve a la otra realidad, a la que un señor sentado frente a él lo observa y, mentalmente,  le envía las mayores catástrofes.
Los dos hombres saben que es el momento, hasta ese instante no había demasiados signos perceptibles, sin embargo, ahora el espacio inabarcable y las miradas tan lejanas lo declaran, pero sobre todo, los tacones acercándose con su armonía rota al trastabillar justo antes de asomarse la secretaria a la sala espera. Cuando la joven preguntó por el señor Miralles, como no podía ser de otra manera, los dos se levantaron.

        Eugenio Asensio

jueves, 7 de febrero de 2019

Elegía a Ramón Sijé

                                                                                                                                                     
                                                                                  No perdono a la muerte enamorada,
                                                                                  no perdono a la vida desatenta,
                                                                                           no perdono a la tierra ni a la nada                                                                                                                                                                 .                                                                                                                     En mis manos levanto una tormenta
 (En Orihuela, su pueblo y el mío, se                        de piedras, rayos y hachas estridente
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,                sedienta de catástrofe y hambrienta
con quien tanto quería.)                                
                                                                                  Quiero escarbar la tierra con los dientes,                Yo quiero ser llorando el hortelano                            quiero  apartar la tierra parte                                  de la tierra que ocupas y estercolas,                              a parte a dentelladas secas y calientes.                  compañero del alma, tan temprano.                                                                           
                                                                                    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
 Alimentando lluvias, caracolas                                   y besarte la noble calavera
 y órganos mi dolor sin instrumento,                           y desamordazarte y regresarte                             a las desalentadas amapolas                                                                   
                                                                                    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
daré tu corazón por alimento.                                     por los altos andamios de mis flores
Tanto dolor se agrupa en mi costado,                         pajareará tu alma colmenera
que por doler me duele hasta el aliento.                   
                                                                                     de angelicales ceras y labores.
Un manotazo duro, un golpe helado,                           Volverás al arrullo de las rejas
un hachazo invisible y homicida,                                 de los enamorados labradores.
un empujón brutal te ha derribado.                                                                                   
                                                                                     Alegrarás la sombra de mis cejas,
No hay extensión más grande que mi herida,              y tu sangre se irá a cada lado                              lloro mi desventura y sus conjuntos                             disputando tu novia y las abejas.
y siento más tu muerte que mi vida                                                                                    
                                                                                      Tu corazón, ya terciopelo ajado,                        Ando sobre rastrojos de difuntos,                                 llama a un campo de almendras espumosas      y sin calor de nadie y sin consuelo                               mi avariciosa voz de enamorado
voy de mi corazón a mis asuntos.                                                                                   
                                                                                      A las aladas almas de las rosas 
Temprano levantó la muerte el vuelo,                           del almendro de nata te requiero,                        temprano madrugó la madrugada,                                que tenemos que hablar de muchas cosas,
temprano estás rodando por el suelo.                           compañero del alma, compañero.
                                                                                      
     




Introducción

El motivo de esta composición fue la muerte de José Ramón Marín Gutiérrez, poeta amigo de Miguel Hernández, quien firmaba como Ramón Sijé. El fallecimiento sucedió el 24 de diciembre de 1935, aunque para el poema, la fecha es la del 10 de enero de 1936. Tal vez sea esta la elegía más conocida de toda la literatura en español. Como es bien sabido, toda elegía es una muestra de dolor por la pérdida de un ser querido, al tiempo que un intento de mantener viva la presencia de este, recordando los valores que nos ha dejado. La tradición nos ha dado ejemplos en los que convive el dolor con la resignación; es decir, la aceptación de que somos mortales y que por ello el tránsito es inevitable. Pudiera ser que la obra que mejor recoja esta convivencia entre el dolor y la resignación sea la que en el siglo XV compuso Jorge Manrique, dedicada a la muerte de su padre. Algunos siglos después, Miguel Hernández, a la muerte de su amigo José Ramón, escribe su elegía sin contenciones y sin resignación. La muerte del amigo aparece en el poema como una injusticia y, como tal, al dolor se le ha de sumar el arrebato contra la misma muerte. He aquí una particularidad que va más allá del modo clásico de las elegías.
            El poema pertenece al libro El rayo que no cesa (enero de 1936). Debido a la muerte fulminante del amigo de Miguel Hernández, el poema se compuso con gran rapidez para ser incorporando al poemario, que ya se encontraba en la imprenta de Manuel Altolaguirre, constituyendo así el penúltimo poema del libro.

Tema
Como es propio de toda elegía, el tema es la expresión del dolor por la pérdida de un ser querido.

Estructura externa
Se trata de una sucesión de tercetos encadenados; es decir, una serie de estrofas de tres versos endecasílabos, de rima consonante, encadenados por la rima. La cadencia sería:  A, B, A; B, C, B; C, D, C… Como es prescriptivo, en este tipo de composición, la rima del segundo verso de cada estrofa reaparece encadenada en el primero y el tercero de la siguiente.  Para evitar que en la última estrofa quede el segundo verso sin correspondencia en la rima, la última estrofa será un serventesio.
  
Estructura interna
Aunque en un poema de estas características se pueden argumentar diferentes divisiones internas, mi punto de vista, tal vez en un afán simplificador, me lleva a estructurarlo en tres partes. La primera, no exenta de poderse separar en diferentes subapartados, abarcaría las seis primeras estrofas. Se muestra, sin gradación, el intenso dolor del poeta provocado por la muerte de su amigo, Ramón Sijé. Encontramos un particular recorrido, es decir, la congoja sigue un movimiento, en esos dieciocho versos, que va desde el propósito del autor, aceptando que su amigo, en un sentido orgánico, pasa a formar parte del ciclo de la naturaleza:

«Yo quiero ser…», «daré tu corazón…»,

que al llegar a los versos ocho y nueve se intensifica el dolor del yo poético:

«Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento»,


pero que en los versos del diez al doce, se desvía el poeta, momentáneamente, del anterior propósito, para presentarnos a la muerte como asesina.

                                    «Un manotazo duro (…) te ha derribado».

Sin embargo, en los versos siguientes (13-18), retoma la intención de centrarse en el mismo yo poético, apartando del foco de atención al amigo que ha fallecido:

                      «No hay extensión más grande que mi herida, (…), Voy de mi corazón a mis asuntos».


De cualquier modo, las idas y venidas del poeta en esos primeros dieciocho versos mantienen el denominador común de expresar el intenso dolor al que nos hemos referido. No consideramos que los diferentes movimientos en el recorrido de las seis primeras estrofas dejen de ser una unidad con una particular configuración de elementos que se toman, se dejan y, una vez más, se retoman.
La segunda parte del poema comprendería desde el verso 19 hasta el 33. Aquí hablaríamos de rebeldía, caracterizándose por el aumento de la intensidad de la voz lírica.
Para la tercera y última parte del poema, en un tono más relajado que el de la parte anterior, el poeta, a lo largo de las últimas cinco estrofas, proyecta un futuro panteísta, en el que emplazará al difunto.

Análisis
Llaman la atención las palabras entre paréntesis que preceden a los versos. De ellas destacamos: «se me ha muerto». Las palabras del autor anticipan el dolor que se mostrará a continuación. Ese «se me ha muerto» indica que una parte de Miguel se ha perdido, tal como si también hubiese muerto con el amigo. Nos habla de proximidad y de lo irremediable, con el consiguiente sufrimiento. También leemos: con quien tanto quería. Sin que se aclare qué era lo que ambos querían, se abre a las interpretaciones de un futuro proyectado, supuestamente, ilusionante.
Entrados en los versos, destaca la presencia del poeta en la palabra «Yo» para abrir el poema; no obstante, la implicación y el dolor de Miguel inciden a lo largo de todos los versos, pero esa primera persona inicial marca la implicación del poeta a lo largo de toda la composición. Sabemos que el uso del pronombre no es necesario, pero con él, parece que se intensifica la presencia del poeta. Decíamos que los siete primeros versos nos hablan de la participación de Ramón en el ciclo de la naturaleza, para ello el poeta se servirá de diferentes recursos, como puede ser la hipérbole del primer verso:

«Yo quiero ser llorando el hortelano».

       En este ciclo de la naturaleza entendemos que el cuerpo del difunto pasa a descomponerse en la tierra y así a formar parte de ella y poder nutrir la vegetación de su alrededor. En el verso anotado, el poeta pretende regar con sus lágrimas la tumba y así alimentar el ciclo, en este propósito es donde encontramos la hipérbole. Llama la atención el uso del verbo «estercolas». En principio, podríamos decir que la asociación del estiércol y el dolor por la muerte de un ser querido es insólito, pero no deja de poderse aceptar una vez entrados en la dinámica de la descomposición natural del cuerpo del difunto. En el tercer verso de esa misma estrofa, digamos que se cuela un vocativo: «compañero del alma», que denota la emoción en un suceso y en un tipo de composición como los conocidos. El susodicho ciclo de la vida continúa en el segundo terceto y llega hasta el verso siete en una proyección hacia el futuro. El campo semántico compuesto anteriormente por «llorando» se acrecienta ahora con el término «lluvias», ambas formas de regar el cuerpo en proceso de fusión con la naturaleza. En el afán por manifestar la emoción, en esta estrofa se puede llegar a pensar en cierta agresión lingüística, que se justificaría en el uso de dos hipérbatos. Leemos:

              Alimentando lluvias, caracolas
             y órganos mi dolor sin instrumento,
             a las desalentadas amapolas

            daré tu corazón por alimento.

El primero aparece en los versos quinto y sexto. Entendemos que «mi dolor sin instrumento» es el sujeto, en una estructura profunda, del gerundio «Alimentando». El segundo, lo conformarían los dos versos siguientes. Esa misma desazón lleva al autor a la creación de una nueva hipérbole que le permita expresarse de forma rayana a lo irracional:

                               «Tanto dolor se agrupa en mi costado,
                                 que por doler me duele hasta el aliento».

            La cuarta estrofa constituye una imagen, a través de la enumeración de diferentes metáforas («manotazo», «golpe», «hachazo», «empujón», «te ha derribado»), que buscan la plasticidad del momento en el que muere el amigo, como si se tratase de un asesinato a traición. La imagen consigue recrear en la mente del lector momentos de gran plasticidad dramática.
            De la estrofa quinta destacaríamos el hecho de que se crea con dos hipérboles: la primera en el primer verso: «No hay extensión más grande que mi herida», y la segunda en el tercero: «y siento más tu muerte que mi vida». Ambas, como ya sucediera anteriormente, nos hablan de caos, de desequilibrio; en definitiva, de una tragedia para el autor. La hipérbole es una búsqueda fuera de lo racional, porque la razón, en ocasiones, resulta insuficiente. 
              La sexta estrofa constituye una imagen que nos aproxima al poeta en la desesperación propia de quien sufre el suceso. 
               Es la estrofa séptima una de las más ricas y sugerentes del poema. En ella aparecen nuevos recursos poéticos, como la cadencia precisa en la que se instalará la voz del poeta, a través de la anáfora, que acoge la intensidad lírica que ha generado la pérdida de Ramón. Los versos de esta estrofa se acercan a un imperfecto paralelismo que acentuará la misma intención rítmica que encontrábamos en la anáfora. Además, se crean en los dos primeros versos sendas personificaciones, pues la muerte levanta el vuelo y madruga la madrugada: plasticidad que, como ya habíamos anotado, se muestra a lo largo del poema. Añadamos que esta última personificación aporta musicalidad a través del políptoton: «madrugó la madrugada». 
                 Comparte mucho con esta estrofa, la octava: la anáfora, un marcado paralelismo y algo más. Si en la anterior se combinaba como sujeto a la muerte, a la madrugada y al difunto, en la octava, el sujeto es el poeta. Llegados aquí, no olvidemos añadir que, a lo largo de las dos estrofas (7 y 8), más la novena, la décima y la undécima, la aliteración aporta una cadencia tremenda a través de la /r/, más la /s/ en las estrofas nueve y diez. Es más, con este recurso se prepara la actitud rebelde que se revela en el poeta a través de las estrofas novena, décima y undécima. Dicha aliteración incide como un redoble de tambor a lo largo de los versos sucesivos, henchidos de enfrentamiento y venganza por parte del poeta. Diríamos que el poema ha ganado vigor en estos fragmentos. Entendemos que aquí la composición rola para alejarse de la tradición elegíaca; se trata de la insurrección de un mortal, convertida en uno de los elementos diferenciadores y excepcionales del poema. Se suma la personificación que reduce a la muerte a la dimensión de un ser humano y, como tal, el poeta materializa al enemigo para poder vengarse en él: se dice «muerte enamorada». Aquí, la muerte ha dejado de ser algo intangible y, por consiguiente, vulnerable como el ser humano. Una vez que el poeta ha declarado la guerra, su intención combativa lo abarca todo:

       «no perdono a la vida desatenta,
         no perdono a la tierra ni a la nada».

            Si la muerte es un ser humano accesible a otro ser humano, el retorno a la vida se puede reducir a una búsqueda y a un regreso. Dice Miguel Hernández:

                              «Quiero minar la tierra hasta encontrarte
                                y besarte la noble calavera
                                y desamordazarte y regresarte».

Dice el poeta «desamordazarte», porque la muerte, personificada, puede amordazar. La imagen aporta, de nuevo, gran plasticidad, tal como la que mostraría un prisionero retenido por su enemigo. En el verso, Miguel proyecta liberar al amigo y, a través de cierta agresión lingüística, «regresarte», devolverlo a la vida.


De estas imágenes pasamos a la última parte del poema, con otras imágenes no menos conseguidas. Nos encontraremos con la mirada proyectada hacia el futuro, impulsadas por las formas verbales, como: «Volverás, pajareará, Alegrarás, se irá». Entendemos que la rebeldía queda sosegada, no resignada, debido a la prolongación presencial del amigo perdido. No se recupera lo que fue de Ramón, sino que se le espera de forma bien diferente, posibilidad a la que ya aludíamos arriba al referirnos al ciclo de la vida. Si Ramón, como materia orgánica que es, se transforma en el alimento de las plantas y de estas nacen las flores, se entiende que el poeta, dirigiéndose al amigo, diga: «pajareará tu alma colmenera (…)»; es decir, la putrefacción del cuerpo ha alimentado a la vegetación, esta florece y las abejas acuden en busca de sus pólenes, como también se harán presente la naturaleza acompañando a los amantes separados por las rejas de las ventanas; con lo cual, entre tanta tristeza, volverá la alegría sin estridencias que trae el curso vital.
Entre las estrofas doce y trece se encadena una anáfora a través de la palabra «Volverás». La duplicación también duplica la esperanza. Parece que el poeta ha comprendido que no era preciso la materialización de la muerte para destruirla, que solo había que detenerse para participar de lo establecido en la ley natural.
Estrofa exquisita, de interpretación compleja, es sin duda la decimocuarta.

                        «Alegrarás la sombra de mis cejas,
                        y tu sangre se irá a cada lado
                        disputando tu novia y las abejas».

La sangre, como cualquier órgano en proceso de descomposición, también participará de la renovación de la vida. La personificación de la sangre nos lleva a corroborar lo ya dicho; o sea, a la transformación en sustancia vegetal convertida en flor. Ramón, convertido en flor, será disputado tanto por las abejas como por la novia de Ramón. Es el único consuelo para la novia del fallecido, el que aporta la regeneración del curso de la vida.
Ya entrados en la estrofa decimoquinta, asistimos a una confusión sintáctica:

                        «Tu corazón, ya terciopelo ajado,
                        llama a un campo de almendras espumosas
                        mi avariciosa voz de enamorado».

Nos preguntamos cuál es el sujeto de «llama», ¿«corazón» o «voz»? De cualquier modo, pensando que el poeta podría pensar que ambos sustantivos pueden ser sujetos, pasamos a detenernos en el segundo verso de dicha estrofa: «llama a un campo de almendras espumosas», obviamente, alimentadas por el corazón de Ramón. En el verso apreciamos una imagen que certifica aspectos anotados, como que la floración del almendro revelará la nueva vida del amigo.
            Cerrando el comentario, entendemos que en el serventesio se concreta la futura relación entre el amigo y el poeta. A través de la personificación de «las aladas almas de las rosas» y de la forma verbal «te requiero», el poeta emplaza al amigo para disfrutar de su amistad. El término inequívoco es «compañero», que se duplica en el final de la elegía, en la doble presencia sin adjetivos, porque no los necesita. Palabra fundamental que explica la relación entre ambos y que ya apareció en el verso tercero.






Conclusión
            El poema, a través de diferentes recursos contundentes como la personificación y la hipérbole, como también la metáfora y la cadencia propia de la anáfora y la aliteración, muestra el recorrido emocional de un gran poeta a merced del dolor por la muerte de un amigo. No se trata de una elegía al uso, en el que la resignación impregna todo. Tampoco está presente la enumeración de todo lo que deja el difunto. Si algo está presente en esta elegía es el gran dolor, el enfrentamiento y la conclusión de que, si hay esperanza, esta se encuentra en la armonía del ciclo de la vida; es decir, que la muerte terrible contra la que se enfrenta el poeta en los versos centrales, no deja de ser vida, pero diferente a la corporal. Parece que el poeta entiende que la necesidad le lleva a aceptar la transformación del ser humano, que la recuperación de la vida tal como pretende en gran parte del poema no será posible y que solo lo será reconociendo que seamos parte del ciclo de la vida.
                                                                                                                               




domingo, 20 de enero de 2019

El último gin-tonic


El último gin-tonic, de Rafael Soler








El último gin-tonic, de Rafael Soler.
Ed/ Contrabando
ISBN: 9788494777639 
Pp. 212.

                

                             Antes de centrarme en la última novela de Rafael Soler, quisiera aproximarse a su itinerario y a su persona, a pesar de que mi esbozo, como debe ser, será incompleto. Quienes hemos tenido el gusto de conocerlo, sabemos que es un tipo inteligente y locuaz; es más, diría que su locuacidad está marcada con la sabiduría que solo la inteligencia otorga. Su trayectoria literaria empieza en 1979, en concreto, con la novela El grito. Más tarde aparecerán otras: El corazón del lobo, El sueño de Torba, Barranco, que alternarán con el verso: Los sitios interiores; así como incursiones en el relato. Llama la atención la aventura de veinte años de silencio, de donde despierta con el poemario, Maneras de volver, además de otros posteriores como Las cartas que debía, Ácido almíbar (Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y No eres nadie hasta que te disparan. Recientemente volvemos a oír la voz de Rafael Soler en la novela El último gin-tonic, publicada por la editorial valenciana, Contrabando, dirigida por Manuel Turégano
            Puestos a sintetizar, diré que El último gin-tonic es la fotografía y la convivencia de la familia Casares, más a lo ancho que a lo largo, de tres generaciones. Añadiría que es una invitación al lector, a quien se le quiere mostrar los interiores de un pasado reciente y de un presente que se prolonga hasta situarnos al borde de un abismo al que llamaremos futuro. El narrador se acerca a la línea que crea la trayectoria vital de los personajes que pueblan las páginas de la novela, toma un cuchillo, cierra los ojos y corta sin temor, pero acertadamente: ahí tenemos el principio de la historia. A continuación, selecciona un corpus de vivencias para estos personajes, cuya extensión será de 212 páginas y vuelve a cortar. Ese fragmento se nos ofrece como muestra suficiente para conocer a los Casares de tiempo atrás, a los del momento actual e, incluso, sin necesidad de narrárnoslo, a los del futuro próximo.
            Para cada miembro de la familia, el narrador tiene colores suficientes como para completar el retrato; tal vez si yo dijera que, sencillamente, los claroscuros que conoceremos nos ratifican pedazos de vida, quizá todos me entenderían: amor, desamor, proyectos, fracasos. En definitiva, golpes, los suficientes, de realidad.
            Ya desde El grito, el estilo de Soler fue valiente, en ocasiones (espero que no se me enfade), osado. Aquí también nos encontraremos páginas que van más allá de una cronología narrativa y que el lector sabrá localizarlas. Rafael Soler tiene en la sangre y en la mirada el oficio de escribir. Respira literatura sublimada y correctamente parca. Nadie puede enseñarle cómo debe ser el estilo narrativo ni del diálogo. Rafael da puntadas, tanto con hilo como sin él, pues en ocasiones consigue que conozcamos a los personajes de igual manera por lo que dicen como por lo que callan. Puedo asegurar que eso, como decía el clásico de los versos alejandrinos, es gran maestría.
            Para cerrar este artículo, diré que provoca una gran satisfacción, para cualquier lector y escritor con ínfulas, rodar por las páginas de El último gin-tonic, aunque mejor si se tratara del penúltimo. Gracias, Rafael. Vale.