viernes, 3 de julio de 2020

La espera. Primer capítulo de Las zonas frías del Sol



He aquí el primer capítulo de Las zonas frías del Sol.  
Editorial: Amarante. 
ISBN: 978-84-949142-1-8.  
Páginas: 228.

Tal vez el dilema al que nos conduce la novela sea el siguiente: ¿qué haría cualquiera de nosotros si cuando tuviese al alcance de su mano algo -por banal que fuese- muy deseado, tuviese que renunciar a ello por socorrer a alguien? ¿De verdad que renunciaríamos? 


Las zonas frías del Sol, de Eugenio Asensio




—Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque (ve aquí la razón) si no te hubieran echado a puntillones del más hermoso de los castillos por aquel ósculo que diste a la señorita Cunegunda; si no te hubiera cogido la Inquisición; si no te hubiera fustigado después; si no hubieras viajado a pie por América; si no hubieras perdido los carneros que sacaste de aquel bienaventurado país, no regarías ahora las coles, ni comerías espárragos y alcachofas, ni las venderías en la ciudad de Constantinopla.
Cándido, de Voltaire

El Cónsul se sintió angustiado. ¡Ah, qué daría por tener un caballo y galopar, cantando, lejos, quizá para ir a ver al ser amado, para llegar al corazón de la sencillez y la paz del mundo! ¿Acaso no era eso como la oportunidad que depara al hombre la vida misma? Claro que no. Sin embargo, sólo por un momento así le pareció.
Bajo el volcán, de Malcom Lowry



1   La espera

Hace tres días que no tengo una erección, lo cual me ha llevado a pensar en un tipo, recepcionista de hotel, que contaba en televisión sus muchas experiencias sexuales. Hablaba sobre todo de las mujeres nórdicas, por supuesto, de entre ellas destacaba a las suecas. Aquel era algo así como el último espécimen de aquel macho hispánico instalado en su hábitat natural, es decir, en cierto hotelucho de la Costa Brava. Narraba anécdotas como la referente a la llegada de un autocar repleto de suecas, que cuando entraron al hotel lo vieron y lo desnudaron. Él seguía con más historias, como aquella otra que se centraba en el idilio que mantuvo con una alemana, mujer entrada en cierta edad, y con la hija de esta. Contó que todo acabó cuando ellas descubrieron que se entendían con la misma persona. Dijo el entrevistado que mientras ellas se despellejaban aprovechó para salir de la habitación y no volver con ninguna de las dos; claro, pensé, teniendo un autocar de suecas al acecho, qué importaba una madre y una hija alemanas.
A nuestro hotel jamás llegó ninguna sueca, o si llegó, como nunca desnudó al Cabezón, no nos enteramos de que fuera sueca. El Cabezón, o bien, el señor Mena, es el recepcionista de más antigüedad y quien está preparando el salto de Andrés, de jefe de botones a recepcionista auxiliar o a auxiliar de recepción, que por lo que ellos dicen, debe de ser lo mismo. No es necesario apuntar que al señor Mena el mote le cayó por razones obvias, pero apuntándolo es la mejor forma de incidir en la más destacada de sus características.
En el hotel, tener un mote puede traer serias consecuencias, quizá no tanto para el Cabezón como para los botones, porque quienes lo llamamos así somos sus inferiores; o sea, que sus aspiraciones en el hotel no dependen de nosotros. En cambio, entre los botones, difícilmente podrá no ser nefasto; primero, la vejación del motejado mientras padece el sobrenombre por sus iguales, y después, como efecto contrario, cuando la persona tildada alcance un puesto superior, siempre caerá sobre los demás (ahora inferiores) la venganza del anteriormente humillado. Esas circunstancias las sufriremos con el Ratón si algún día, cuando sea recepcionista, descubre o sospecha que lo llamamos como él sabe que lo llamamos. De cualquier modo, lo principal es que a todos nos conozcan nada más que por nuestro nombre. Yo me llamo Roberto, y hasta hoy creo que nadie ha sustituido mi nombre por ningún apodo. El día que eso suceda será porque algo se me habrá ido de las manos, quizá un proceder inesperado, una respuesta poco meditada. Aun existiendo la posibilidad posterior de venganza, siempre significará estar ahí con una cruz en la frente y cayendo en picado por el agujero de algo a lo que de momento no le he puesto nombre.
El personal del Hotel Manila no solo puede clasificarse en esos dos grupos: los que arrastran un sobrenombre y los que todavía no arrastramos nada, hay pues un tercer tipo, que lo forman aquellos que están en vías de ser motejados, aquellos que empiezan a sobresalir con demasiada frecuencia, pero que todavía no han recibido el nuevo bautismo porque no ha habido un acuerdo tácito, por parte de los padrinos, sobre la elección del mote. Entre los que con toda certeza visitarán en breve el baptisterio destaca Pedro.
En cuanto a los motejados sobresale el Ratón. Para nosotros, los botones, resulta difícil imaginárnoslo detrás del mostrador, es decir, en una categoría laboral que no sea la nuestra. Incluso es difícil verlo vestido de otro color que no sea el rojo, y por supuesto, con los entorchados dorados. No es que Andrés venga desde su casa engalanado con su traje de botones, y que salga con él cuando acaba su jornada. Qué va. Lo que pasa es que mejor sería que así fuera, pues el Ratón es de un exquisito por el que nadie con sentido común debería fiarse para que le eligiese ni la ropa ni nada. El Ratón no es que sea extremado o que sus gustos se ajusten a una línea o a otra, lo que pasa es que el Ratón es de modas cruzadas, como todo en él; sin embargo, una candidez insospechada, más que una presunción, le impide ubicarse en el mismo espacio que los demás, en las mismas coordenadas que este hotel de lujo al que podría abrírsele una fisura justo de sus mismas medidas.
En otro tiempo, por lo que se cuenta, el Cabezón estuvo liado con una francesa que se albergó aquí en unas nada blancas Navidades. Eso es algo que ha pasado a los anales del hotel. Hubo amor pasional, llegada inesperada del novio de la francesa, carreras, lío de puertas como en el teatro y si te he visto no me acuerdo. La francesa y el francés se marcharon y para los de aquí todo siguió como estaba. Pero también podría ser todo mentira. En este hotel no se liga, no se parece en nada al que describía el tipo de la tele, y que nadie se emperre defendiendo lo contrario; tal vez por eso tiene tanto éxito el negocio del Ratón y el señor Mena.
El mismo verano que acabé y aprobé el primer curso de Filosofía, entré en el Hotel Manila, en el que trabajo desde hace más de dos años. El recuerdo de aquel verano me es grato, pero no solo ese recuerdo, también el cambio que yo había provocado en mi vida; o sea, que se cerraba un período y se abría, con mi dedicación al trabajo, otro mucho más esperanzador. En aquel mismo momento me pareció interesante, tanto que decidí no matricularme en la universidad. Desde entonces, mi única actividad intelectual, si puede llamarse así, es devorar novelas, y cuando me empacho de ellas, no leo nada durante meses. Me exasperan y acaban aburriéndome los personajes que pretenden mostrarse como un modelo de conducta y convertirse en el anhelado espejo del lector; y no digamos nada de los que se regodean en el frívolo detritus del llamado realismo sucio (decía un amigo que el realismo sucio es convivir con dos abuelas), o los que se deshacen por no cruzar sus vidas con elementos como el televisor o el teléfono móvil. En cuanto a la filosofía, nunca más he vuelto a tocar ningún texto, ni pienso hacerlo, con un año tuve suficiente para reconocer que me había equivocado en mi elección; bueno, me había equivocado en las notas de acceso a la universidad, pues Filosofía era de lo poquito que podía elegir.
Mis reflexiones se han vuelto más pragmáticas. Estas me dicen que mi futuro, aun descartadas las posibilidades de ligar, siguen estando aquí, en el Hotel Manila. Creo que muy pronto me pasarán a alguna sección de mayor reconocimiento. Estoy convencido de ello porque no tengo competencia entre mis compañeros. Todos los que por su antigüedad pudieran aspirar a ocupar un lugar mejor en el hotel son auténticos palurdos y no pueden desarrollar otra función que la de cargar maletas y esperar propinas. El caso de Andrés, el Ratón, es diferente, no es que sea menos palurdo que los demás, lo que sucede es que cayó en gracia al señor Mena, y el Cabezón aquí tiene mucha mano.
A veces pienso que Andrés, el Ratón, aun siendo incapaz de ordenar coherentemente dos pensamientos, está dotado de una habilidad instintiva para conocer el mundo a través de barruntos que él, por una extraña transmisión, ha recibido como herencia primitiva, bien diferente al resto de los humanos, a pesar de los refinamientos de nuestra civilización. ¿Será por su cándida intuición por lo que se ha ganado el aprecio del señor Mena? Al Ratón no le pesa el cuerpo, la herencia recibida a través de miles de años lo empuja con fuerza hacia sus objetivos, pero algo de asombro se le derrama en la mirada. Quiero pensar que yo soy mejor; debo pensarlo, pero a pesar de mi acto de soberbia me cuesta creerlo. ¿Qué pensará él?, y ¿qué barruntará el Ratón del público al que sirve?; y bien, ¿qué pensarán los huéspedes de él? En todos los oficios en los que se supone cierto servilismo, en el intercambio estipendio por trabajo, quien paga, parece que compra el derecho a limitarnos la existencia a unos actos insignificantes: retirar el plato con los restos de la comida, esconder una mirada de complicidad a quien guardará en la maleta las toallas del baño, mantener una sonrisa ante el crimen cometido por el niño sobre el mantel, abrir los parasoles en la terraza… Me es inevitable pensar que el huésped nos limita la vida a una suma de actos muchas veces banales, que, como tales, flotan sin ahondar en la materia de lo que llamamos vida. También me pregunto si algún cliente del hotel, pasado un tiempo de su hospedaje, si me encontrara en otro lugar, me reconocería. Creo que yo sería tan anónimo para el huésped como lo era para mis profesores de universidad. En el breve tiempo que mi imagen pudo rondar por la memoria de quienes pasaron por el hotel ¿me permitieron estos dar el salto hacia fuera o se me encerró para siempre en la cotidiana y efímera actividad del sirviente? Esas preguntas me inquietan, me aguijonean hasta crearme la necesidad de formularlas delante de todos y cada uno de los huéspedes, y el no hacerlo (como así sucede) significa ponerme una mordaza, significa que se me inflige el castigo como a criatura inferior que debo ser, y eso me jode. Si por el contrario, traslado esta inquietud a los huéspedes, es decir, que sean ellos los que crean que su existencia queda limitada a actos cotidianos (a veces ridículos por lo grandilocuentes) apresados en la retina de los botones, lejos de satisfacerme me crea angustia y miedo; porque es como si pretendiendo escapar de una condición, creyendo haber dado el salto por encima de los límites de mi actividad, se me abriesen los ojos para ver que en verdad no me hubiera movido de esta misma baldosa del hotel, que ahora piso; como si la imagen real y la imagen reflejada en el espejo negaran la complementariedad, quedando solo la ilusión de ser reflejada, y eso también me jode. Pero trabajar en el hotel, además de crearme en ocasiones desasosiego, también significa tener el mundo acotado, bien estructurado, creyendo conocer (o jugando a creer) el lugar que ocupa cada cual. Y aunque mi condición no es de las envidiadas, saber dónde me encuentro compensa mis tribulaciones.




sábado, 14 de diciembre de 2019

Reedición de la novela Tiza

Después de la magnífica experiencia de las dos ediciones de mi novela Tiza en la editorial Playa de Ákaba, ahora vuelve a salir la novela en la colección Adstrato Libros, que se podrá adquirir tanto en papel como en libro electrónico en Amazon, este es el enlace:

https://www.amazon.es/s?k=Tiza+Eugenio+Asensio&i=stripbooks&rh=p_n_availability%3A831278031&dc&__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&fbclid=IwAR3P5tkJwgejBvqxRNO8mJl43pxYr4u_Yp3lhPajvVsJjIrS3z4t8SHPV0M&qid=1576329503&rnid=831270031&ref=sr_nr_p_n_availability_2




Si todavía no habéis leído Tiza, os animo a que leáis el primer capítulo. Al final encontraréis el booktrailer y algunas reseñas.






                                                            Tiza



Eugenio Asensio











Adstrato Libros








E mentre ridiscendevano verso la strada, sarebbe stato difficile dire quale dei due fosse don Chisciotte e quale Sancio.

Il Gattopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa

 

 

 —I—



L
a primera imagen que se me dibuja al recordar a Héctor la sitúo en una estancia estrecha, enmarcada en una limpieza oficial, donde venían a morir melodías desafinadas, llamadas amplificadas y rematadas con el pitido tembloroso de un timbre lejano.
Todos los sonidos, que previamente rebotaban por el corredor, penetraban con el esfuerzo de una reverberación moribunda. También recuerdo que ese lugar se difuminaba en la irrealidad de un tragaluz que proyectaba la caída oblicua del polvo, como una fuente malsana que irrigase luz sucia. Ahí, guardado en el álbum fotográfico de la memoria, habitará para siempre Héctor.
El corredor quedó detrás, como las tres puertas metálicas de apertura eléctrica. El funcionario abrió la cuarta puerta y Héctor apareció de pie, inquieto hasta el punto de inventarse movimientos inútiles, incluso esbozos de movimientos inconclusos. Y ahí empezó a congelarse su imagen para mí, esa imagen que hoy mismo, sin previo aviso, se ha alzado de la memoria.
Me dio la mano y me abrazó sin importarle que yo no correspondiese con entusiasmo a aquel recibimiento suyo. En ese punto el funcionario nos recordó los minutos de que disponíamos y, sin despedirse, abandonó la estancia.
Ahora, cuando el tiempo ya ha atravesado las líneas invisibles de los días, pienso que debiera haber sabido interpretar el abrazo de Héctor. Falsearía lo que pienso si dijera que su abrazo era una mentira ataviada de verdad, como también me equivocaría si apuntase que su gesto rezumaba sinceridad diáfana. Del calor de su abrazo surgía una multitud de tentáculos con determinaciones confusas y, a pesar de todo, convincentes.
Durante el trayecto desde mi casa hasta la cárcel, calculé el tiempo que había transcurrido sin ver a Héctor. Pensé que esa cuestión jamás me la hubiera planteado, es más, que ni siquiera hubiera vuelto a pensar en él, de no ser por los acontecimientos y la ocurrencia del muchacho al creer que, en esas circunstancias, yo podría hacer algo por él. En las conversaciones con otros profesores, cada vez era más extraño que saliese su nombre como ejemplo del alumno poco modélico, cuya ausencia había aportado cierta ilusión de paz, aunque, en realidad, nunca conseguida porque siempre hay nuevos Héctores, o bien otros que aspiran a serlo tanto como el original. De cualquier modo, eran pocas las paletadas que quedaban por tirar sobre su recuerdo para que nunca más se hubiese vuelto a hablar de él. El recuento dio como resultado dos años y cuatro meses.

Por supuesto, ya desde la presencia inesperada de su madre en mi departamento del instituto, me pregunté a qué habría venido si su hijo ya no era alumno nuestro. Al no matricularse y no tener que verlo nunca más, para mí, equivalía a que su imagen hubiese muerto, que ya no hubiese habido ningún motivo para desenterrarla, pues ya no tenía nada que ver conmigo. El haber empezado a olvidarlo sabía que significaba aceptar esa ramificación de la muerte, más aún, esa forma de asesinato que la sociedad no nos reprueba para con aquellos que no queremos volver a ver. Después, cuando la madre se marchó, seguí interrogándome para responderme con preguntas que convergían en una: ¿por qué yo había de ir a visitar a su hijo a la cárcel?
—Usted lo conoce. —La madre siempre me trató con el usted que marcan las distancias abismales—. Usted fue su tutor durante algunos años y yo sé que usted puede darle ánimos, hablarle y escucharle.
La madre del muchacho me informó muy escuetamente de la situación de su hijo. Me insistió en que ya no era aquel que conocimos como centro de reuniones disciplinarias. Se esforzó inútilmente en ello, porque yo era incapaz de recordarlo de otro modo. Me dijo la madre que tenía novia y un buen trabajo en expectativas. Con sus palabras, ella, a mi pesar, volvía a disculpar una vez más a su hijo, al tiempo que las dejaba sobre la mesa para que yo las analizara y luego ratificara que valió la pena el esfuerzo dedicado por parte del profesorado en tragarnos los sapos pedagógicos, acciones que, como siempre, desembocaban en una nueva oportunidad. En ese momento, la mujer entró en el apuro que había intentado evitar: ¿cómo alabar a un hijo cuando había acabado en la cárcel acusado de asesinato? En un ímprobo esfuerzo resolvió la situación con una expresión contundente: «Es inocente», que fue redoblando hasta perder en cada repetición partículas de convencimiento.
Después del abrazo, Héctor aceptó mi relativa indiferencia, quizá debiera decir mi malestar. No escondí en la mirada la molestia que me ocasionaba el estar allí, pero sobre todo el que él estuviera allí, acusado de matar a otra persona, sin importarme que la madre me hubiese insistido en su inocencia. Ese recelo se sumaba a cierto descontento que suele acompañarme, que quizá ya me haya agriado el carácter y que probablemente sea el resultado de barajar diferentes elementos en ocasiones imprecisos, que sé que se mezclan con mi innata actitud desencantada con el mundo, especialmente, con el de la enseñanza. Sobre ese aspecto, no sería sincero si en mi caso dijera que el alumnado ha empeorado, y con ello descargar mis culpas, aunque tampoco quiero decir que no sea así. Sé que las auténticas razones, que quizá algún día intente dilucidar, debo buscarlas más en mí que en el resto de mortales. Mi profesión me aburre soberanamente, tanto en los días festivos como en los laborables. Sé que lucho contra mí mismo e intento cumplir con mi trabajo, lo cual me sirve para mantener parcelas interiores que están a punto de esfumarse. Por todo ello, volver a ver a Héctor, implicarme en su vida, representaba retomar una fatiga que debía haberse diluido en el tiempo; sin embargo, no era así. Ahí estaba Héctor, detrás de su silencio; un silencio sin argumento.
Las miradas de nuestros interlocutores, por muy sugerentes que puedan ser, nos inquietan si no van acompañadas de palabras. Héctor no hablaba, solo miraba y sonreía. El entorno y el personaje, súbitamente, se rehicieron en blanco y negro; súbitamente, todo aquello era una fotografía que me remontaba a una época que los de mi generación conocimos a través del cine y de los retratos del álbum familiar. Sin esperarlo, me vi moviéndome por un espacio con la figura estática de Héctor, quien me clavaba sus ojos y su sonrisa. ¿Tendría que ser yo quien iniciara la primera conversación con mi exalumno en la cárcel? Esperaba que él aportase algún comentario intranscendente sobre cualquier tema previo a encarar el cuerpo de una conversación. Ni que decir tiene el grado de inoportunidad que representa citar la enfermedad delante del moribundo, así pues, ¿cómo iniciar aquella conversación sin querer tocar el tema que nos justificaba allí, y sin ver en la actitud de Héctor la voluntad para empezar a hablar? Además, ahora Héctor ya no era el adolescente que se saltaba las clases o que enviabas castigado a la sala de profesores. Este era para mí alguien que me recordaba a un muchacho al que intenté enseñar algo en un instituto. Por otro lado, su perfil aristado, su barbilla prominente y esa mirada que no acaba nunca de despertar me llamaron la atención tanto como cuando, tiempo atrás, lo descubrí sentado en una de mis clases. Y en el esfuerzo por recuperar a toda velocidad la información que creía haber olvidado del muchacho, algo indefinido se despertó en mí para ratificar algunas de las observaciones de la madre; entonces, ese algo en mí le dio la razón.
Me invitó a sentarme y acepté. Ahora estábamos de nuevo muy cerca, separados por una mesa que seguro nos recordó a las de los departamentos del instituto. De nuevo se prolongó el silencio sin que lo evitáramos.
—Gracias, profe —vino de algún lugar lejano.
Dejé que continuase, pero no había nada más en su improvisado guion. Comprendí que sus palabras, aunque lacónicas, eran sinceras, quizá por ello no me sorprendió cuando vi que mi propia mano alcanzaba la nuca del muchacho y se detenía para corresponder entre el abrazo y la colleja; aunque mucho más me sorprendió descubrir el ardor de cierta emoción merodeando la frontera de mis párpados.
—Tú dirás, Héctor.


*               *               *



Con esas palabras he decidido empezar la historia de Héctor Almansa; quizá más que su historia sea la mía, y en verdad me cueste admitirlo porque no he sido yo quien ha elegido los sucesos, sino que ha sido ese cúmulo de circunstancias y factores intangibles que señalan todos los pasos que daremos a lo largo de nuestra existencia. Por ello, no podría argüir con precisión por qué he acabado escribiéndola. Es bien cierto que el presente nos reserva apariciones que no le corresponden, incluso en ocasiones, no sé por qué inercia, o no sé por qué condescendencia con lo pasado, observamos que rezuman hacia el presente algunas imágenes que mejor si ya se hubieran borrado. Tal vez, la forma de que los días de otros tiempos acaben entre lo más polvoriento de la memoria sea encararlos como parte de un tiempo mal cicatrizado. Posiblemente por ello he creído en el absurdo de cauterizar rincones de mis días, como lo haría el desahuciado con el primer embaucador que le prometiera sanar su enfermedad. De cualquier modo, esa historia, que quizá no sea ni siquiera una historia, creo que ha encontrado aquí su propio sendero.
En ningún momento citaré mi nombre. No tengo nada que esconder, ni miedo a decir quién soy, pero tampoco nada que aportar con su presencia; no diré mi nombre porque no añadiría nada a esta narración ni a los sucesos que tal vez alguien se esté esforzando en olvidar. Digamos que mi nombre nadie lo debería recordar. Si el protagonista soy yo, seré un protagonista anónimo, y anónimo también si solamente me corresponde ser el autor de la narración.
Por justicia, quiero remarcar que Héctor Almansa tampoco es el nombre de ese alumno con el que coincidí algunos años en la misma aula. Sobre su verdadero nombre, han conseguido los estratos del tiempo mucha más opacidad de la que yo me hubiera propuesto en el esfuerzo de olvidarlo.
Queda por concretar a quién se dirige el relato; aunque quizá todo se resuma admitiendo que las vivencias narradas no se dirijan a nadie. No hay, en las esperanzas puestas sobre este texto, más luz que la que pueda entrar en un cajón cerrado donde se requemen las hojas que voy a ir escribiendo. Nadie tiene por qué conocer nada de lo que aquí irá tomando forma, pues no hay nadie que pudiera ayudar a corregir eso que el azar ya ha trazado y pensamos que se debe a nuestro esfuerzo o a nuestras imprudencias; así pues, afirmo que este intento, que no es más que esfuerzo absurdo, ya ha empezado a morir en cada línea, a arrepentirse de haberse empezado a perfilar.
Después de tanta dubitación en lo apuntado, a nadie le debe extrañar que yo siga inquiriéndome por qué decidí escribir sobre Héctor, como tampoco sorprenderse porque solo encuentre respuestas múltiples e imprecisas, como: porque la falta de experiencias reales me lleve a repetir las vividas; porque al recrear lo sucedido todo puede adquirir un sentido más completo; porque la realidad es caótica y requiere ciertos reajustes para que las piezas encajen y en su socorro acude la escritura.
Había ido a visitar a Héctor por petición de su madre, y porque algo se despierta en alguna sinuosidad interior y, sin saber cómo, atraviesa la coraza y las defensas que exponemos a la vista de los demás.
—Lo único que puedo decir es lo que ya he ido diciendo a todo el mundo: a la policía, a mi madre, al abogado, al juez… Lo juro, profe.
Héctor empezó a aportar su parte en la conversación con omisiones implícitas, como si fuéramos viejos amigos que hablan más por lo que callan que por lo que dicen.
—¿De qué quieres hablar?
—No sé, profe.
—¿Prefieres que hable yo?
—Creo que sí.
—¿Cómo pasas el tiempo?
—Leo. Eso sí, leo todo lo que puedo.
—¿Lees?
—Te lo juro, profe. En el tiempo que llevo aquí he leído más que en toda mi vida.
—Lo creo.
—Sí, yo también estoy sorprendido.
Dejó que se escapara un silencio y después prosiguió:
—Ahora, por ejemplo, con la música, no solo la escucho, es que me estudio el disco. Quiero saber qué instrumentos suenan. Me pregunto cómo se puede juntar tanta variedad de posibilidades sonoras sin que el resultado sea un estropicio y, por el contrario, se consiga algo excepcional.
—Parece que sí, que has cambiado, que eres capaz de ahondar en lo que te interesa —dije con relativo convencimiento, y con la sospecha de que se esforzaba en la utilización de algunas expresiones nada habituales en su registro, como «variedad de posibilidades sonoras» o «algo excepcional».
—Y lo mismo me pasa cuando leo.
—¿Ya has descubierto la lectura?
—En el instituto me gustaba leer las obras de teatro que tú traías, cuando tú podías ser uno de los personajes, cuando le dabas la entonación, o sea, que lo podías vivir.
—Me lo dices un poco tarde.
—Lo que me aburría era aquello del cuaderno, de la ortografía y de los acentos. Aquello rayaba, profe.
—Mejor nos hubiera ido si tú hubieses colaborado.
—Ya no lo puedo negar.
Tras unos segundos de silencio, Héctor añadió:
—¿Quieres saber cómo paso los días? Desde aquí me parece que los días pasan fuera, en la calle. Aquí dentro el tiempo huele como la ropa de las viejas, huele…
—A alcanfor —dije yo.
—Eso es: a alcanfor. Aquí todo está pautado. Aquí sobre todo pienso.
—¿En qué?
—Pienso mucho en mi novia.
—¿La conozco?
—Claro. ¿No te acuerdas de Olga?
—Me vienen a la mente varias Olgas.
—Aquí la llevo siempre.
Y echó mano a un bolsillo trasero de sus pantalones, de donde extrajo una fotografía. Aparecían Olga y Héctor apoyados sobre una motocicleta. Él pasaba el brazo por los hombros de la muchacha, y se adivinaba que ella correspondía pasando su brazo por la cintura de él. La nota discordante de aquella estampa la aportaba el casco de Héctor, que descansaba sobre su cabeza casi en un ejercicio de malabarismo, como si de una pesada boina se tratase. Más allá, en la mirada de los personajes que componían la fotografía, se podía interpretar algo bien diferente. Olga apuntaba con sus ojos hacia la cámara con un atisbo de desconfianza, tal vez sabiendo que la fotografía es un documento que impide el paso atrás. En sus ojos se leía la expresión de quien hubiese sido traicionada y acabase de comprender en ese instante en qué consistía la traición. Héctor, sin embargo, daba con su actitud un paso adelante, como si para él la fotografía fuese la prueba eterna de haber alcanzado una meta: tenerla aprisionada, desde aquel instante del disparo, para la eternidad del papel condenado a arrugarse en el bolsillo de unos vaqueros. Ese segundo del disparo se iba a multiplicar en infinitos segundos y en infinitos lugares donde Héctor mostraría su captura.
—¿No te acuerdas de ella?
—Por supuesto. Está en bachillerato.
—Exactamente. Ella no iba al grupo de los adaptados.
—Tú también podías haber ido a su clase.
—Ya, pero a mí, como que no…
Inopinadamente, aquella conversación, a pesar de tanto tiempo sin vernos, se me hizo demasiado próxima. Nuestras palabras me incitaban a avivar el tono. La mirada expectante de Héctor me inducía a explayarme sobre mis opiniones, pero era precisamente lo que había decidido no hacer, no implicarme en un asunto que por mi propia supervivencia consideraba zanjado.
—Pienso mucho en ella. Debo pensar en ella a la fuerza. Pensaría en ella aunque no fuera mi novia, y si no existiera…, no sé qué haría si no existiera. Imagínate, entre tanto tío, como no pienses en tu novia…
Aunque Héctor jamás había sido el hablante chabacano que se esfuerza por seguir el registro más marginal, sí que le había gustado coquetear con el argot acostumbrado de otros compañeros, sobre todo, relamerse en expresiones de última hornada; con todo, rápidamente observé (entre los cambios que anunció su madre y de los que yo me percataba) una pronunciación más clara si cabe y una concentración en silencio para encontrar la palabra que a él le parecía la más precisa en cada situación. Era como si hubiese afinado el estilo que en algunos momentos ya apuntaba.
Siempre había pensado que Héctor tendría suerte. No me refiero a esa suerte de los que están preparados y que despiertan la envidia en los demás. Me refiero a la suerte de verdad, a la que nada tiene que ver con el esfuerzo ni con una formación. No me había sido difícil imaginármelo de adulto ocupando un puesto laboral bien remunerado. Pensaba que su estrella lo elevaría a alcanzar altas cotas; en altas quiero decir reconocidas en la sociedad, y más exactamente, en la de consumo. De él hubiese destacado la forma de saberse vender, de saber representar a sus compañeros de clase sin saber esta que estaba siendo representada. Estaba seguro de que su verbosidad le abriría más de una puerta. Su hablar, en ocasiones parsimonioso, aunque no aportase nada significativo, había logrado superar algunas reticencias en aquellos profesores que no lo conocían, e incluso en los que creíamos conocerlo. No me hubiese extrañado encontrármelo en un comercio vendiendo televisores a comisión, o bien ordenadores o lavadoras, y al poco verlo pasear con un coche deportivo porque las circunstancias habían cambiado, por lo que ahora se dedicaría a otros menesteres cuya actividad no se ajustaría a ningún oficio, pero que se englobaría en eso que en las películas suelen llamar negocios.
—¿Con quién te relacionas aquí?
—Con los mejores de la clase. Con los mejores de la clase de aquí. Te lo juro.
Volvió otra vez el silencio, y sin quererlo, empecé a pensar en la posibilidad de marcharme. Ya había hablado con Héctor. ¿Qué más podía añadir a lo que eran atribuciones de la justicia? Me encontraba como en aquellas inesperadas visitas de padres en las que te piden ciertos datos de los hijos, que, como profesor, no puedes tener, y que sería más propio que fuera yo quien los demandase a los padres. Por un momento sospeché que lo que él quería era mostrarse, mostrar su faceta de hombre acerado que, como tal, puede estar en la cárcel, equivaliendo ello a una categoría solo para algunos escogidos. No obstante, la misma crueldad de mi pensamiento me hizo rectificarme. Pensé, huyendo de Héctor y de mis propios juicios, que si apareciera en ese momento el funcionario para avisarnos de que ya había transcurrido todo el tiempo, todavía sería capaz de bajar hasta el puerto, pedir un arroz en la terraza de algún restaurante y después elucubrar sobre los veleros amarrados. Era mi sábado, un día de fiesta y con mucho sol, además de que era el último sábado del verano.
Me dije que yo también necesitaba abismarme y, casi al mismo tiempo, me repetí lo que en los últimos años suelo decirme: ¿por qué cada vez necesito más tiempo para reflexionar? ¿Me aleja de la realidad? ¿Y qué si me alejo? ¿Acaso es señal de que ya tengo cuarenta y un años? Héctor volvió a hablar, aunque no atendí a las primeras palabras que pronunció porque yo todavía estaba saliendo de mi ensimismamiento. De cualquier modo, asentí con la cabeza.
—¿Crees que puedo hacer algo por ti? —dije traicionándome. Héctor me miró callado, quizá adivinando que yo acababa de decir precisamente lo contrario de lo que pensaba.
—No quiero nada en particular, solo conversar.
Y volvió a golpearme con el silencio, como diciéndome: «No te necesito para nada, fracaso de profesor engreído. Solo quiero tu tiempo, que calles o hables cuando a mí se me antoje tenerte aquí delante».
A cada silencio, Héctor parecía concentrarse en cierto movimiento interior, como si sus emociones se desplazasen en una órbita que él todavía no dominase y lo zarandearan, y por eso, en la mirada me lanzaba un eseoese que él no era capaz de verbalizar.
—¿Qué lees?
—Novela histórica.
Creí que su respuesta iba a ser peor, yo daba fe del nulo entusiasmo que Héctor había manifestado jamás ni hacia la novela ni hacia la historia, por lo que su respuesta no acabé de creérmela. Su réplica estaba sin duda planificada, escuchada y aprendida para una ocasión como aquella.
—Y concretamente, ¿te centras en algún período de la historia?
—No. De momento, no. Quizá cuando salga de aquí me centraré en Alejandro Magno. Sí, creo que en Alejandro Magno. Y no me mires así.
Por lo menos, fuera verdad o mentira, se ahorró el temido comentario sobre lo grandioso del personaje y la extensión de sus dominios. Aunque, por otro lado, esa falta de puntualización me llevó a pensar que seguía sin saber quién era Alejandro Magno. De cualquier modo, Héctor dijo «quizá cuando salga de aquí…», lo cual, tal vez sin saberlo él, aportaba la nota dramática del enfermo desahuciado, tendido en una cama de hospital.
—Me gustaría leer un libro que tú me recomendases, y después comentarlo juntos. La biblioteca de este establecimiento es envidiable.
Dijo «establecimiento» y «envidiable», sin aclarar para quemarla o algo parecido, con sobreactuación incluida. Puestos a actuar, volví a traicionarme comprometiéndome.
—O sea, que quieres que organicemos algo así como un club de lectura: nuestro club de lectura restringido para nosotros dos. Bien, Héctor. Estupendo —dije ya instalado en la mentira.
—¿Con qué libro quieres que empecemos?
—¿Con qué libro? A mí la novela histórica no me gusta —aclaré—, ni tampoco los libros donde pululan elfos, vampiros o duendecillos.
—Bueno, pues tú decides.
Estaba convencido de que sería imposible coincidir en alguna lectura si yo le proponía algún libro que a mí me interesase; además de que cada vez me es más difícil encontrar alguno que cumpla con ese mínimo de satisfacción. Por lo tanto, la solución pasaba por que yo cediera a sus gustos, en el supuesto de que él los tuviera definidos, de lo contrario, como ya estaba involucrado, estas visitas se convertirían en interminables lecciones particulares con el alumno más díscolo de la clase; los dos nos íbamos a aburrir muchísimo.
También pensé que si el vigilante hubiera llegado a tiempo ahora no tendría deberes para casa. Irremisiblemente, ya existía eso de para el próximo día…; y lo peor de todo era que el alumno estaba poniéndole deberes al profesor.
—¿Por cuál empezamos, profe?
—Creo que antes no me he explicado bien. Cuando he dicho que no me gusta la novela histórica, quería decir que no es el tipo de literatura que más me atraiga.
—Si tú prefieres otro tipo…
—Ya que tienes interés por Alejandro Magno, buscaré algo sobre él y te lo haré llegar.
—No me gustaría que te obligaras…, que por mí tanto da.
Si a él le era indiferente, puedo asegurar que para mí, no. Prefería, ya de perdidos, realizar el esfuerzo y empaparme un infumable libro de quinientas páginas con promesas de continuación, a tener que convencer a quien no quiere ser convencido, sobre los diferentes estilos que se recogen en la literatura narrativa contemporánea.
Hacía algunos minutos que por la rendija de la puerta o tal vez por los mismos poros de las paredes, se estaba filtrando cierto olor rancio que no era otro que el que procedía de la cocina. El olor me trasladaba a un lugar de bruma espesa y de pucheros. Alguien abriría una gran olla para remover un caldo amarillo que poco después sería vertido en un plato hondo para Héctor. En esos momentos tuve que convencerme de que esa cocina y la cocina donde pensaba que podría prepararse ese arroz deseado por mí, en nada se parecían, que a mí me esperaba algo delicioso, una promesa que empezaba a ser satisfecha antes de ser realidad. La imagen de Héctor sentado ante el plato humeante que desprendería aquel olor, abrió resquicios de sensibilidad que todavía guardo para momentos como estos. Recuerdo que, de visita en algún hospital, ha sido a la hora de la comida cuando he descubierto mi mayor compasión hacia el enfermo.
Algo de enfermo había en Héctor, como algo de hospital en la cárcel. Consciente de ello, aspiré con intensidad el aire rancio que ya invadía toda la estancia, en un intento por compartir algo de la pena con la que vive el preso.
El funcionario llegó tarde, pero llegó.


Algunas reseñas sobre Tiza y el booktrailer.
  
  
  
  
  

   
  
(pág. 12) 
  
Revista CESF n.2 (1).pdf
(Pág. 31) 
  
  
  


Booktrailer






miércoles, 11 de septiembre de 2019

Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas


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Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Mata    

Ed/ Seix Barral, Barcelona, 2019

Pp. 311







      O como cuando dijo que se había ya cansado de vivir enfrentado a la impostura de escribir, porque era sin duda una completa impostura la escritura, ya que el arte no era nada, aunque había que reconocer que sólo teníamos el arte. (Pág. 300).

Acabo de pasar la última página de la novela de Enrique Vila-Matas, Esta bruma insensata. Cierro el libro y, mientras todavía observo la contraportada, intento mantener en el paladar del recuerdo un sabor que ya empieza a huir. Si toda obra metaliteraria  (si algo tiene Esta bruma insensata es mataliteratura e intertextualidad) es una puerta abierta a la maleabilidad del concepto de literatura: hablar de la literatura en la literatura tiene tanto de pérdida de tiempo como de necesidad imperiosa, con lo cual vale la pena dedicarle algunas líneas.
No me voy a detener en aspectos propios de una ficha sobre la novela. Añado que infinitos aspectos importantes de la obra quedarán fuera de esta reseña; sin embargo, me detendré en lo que me ha parecido excepcional por la valentía del autor, pudiéndose entender como un ejercicio de sinceridad.
Jamás he hablado con Vila-Matas, quiero decir que no tengo ni la más remota idea de lo que pasa por su mente en lo referente a la escritura, más allá de sus textos o de los medios de comunicación; no obstante, me tomaré la licencia para elucubrar sobre su actitud como escritor, acierte o yerre en el intento.
Entre lo mucho que puedo desgranar de su obra, diré que me gusta casi todo, y lo digo aun sabiendo que mi opinión es un lugar común que no interesará a casi nadie. Afirmo que el autor es un malabarista de las palabras, que incluso en algunos capítulos tantea hipnotizar al lector: objetivo primordial al que creo se debe aspirar a la hora de escribir. Sí, he dicho hipnotizar al lector, que no es bombardearlo con cierto barroquismo mareante y soporífero, cursi y mojigato, ni ha de ser un panfleto de lo que los ciudadanos abducidos esperan, sino crear el interés sobre lo que está sucediendo en una historia y, más aún, sobre lo que sucederá avanzada la novela. He ahí mi concepto de literatura, o de hipnosis.
Aprovechándome de esa licencia que yo mismo me he otorgado para hablar de quien no conozco, diré que la acción de Esta bruma insensata es prácticamente nula, y con ello no estoy descalificando la novela, pues al autor no suele interesarle ese elemento narrativo y por ello se podría aceptar (o no) esa carencia. Alguien podrá decir que el autor huye de la dificultad que conlleva urdir una trama o reorganizar un rompecabezas con las piezas propias de la acción, pues con otras piezas es evidente que se organiza; por supuesto, estará en su derecho. Alguien dirá que la redacción gira alrededor del protagonista sin aportar nada nuevo a lo largo de demasiadas páginas o que nos topamos con tiempos muertos donde nada progresa; estará en su derecho. Que el protagonista manifiesta una cierta exquisitez artificiosa; también estará en su derecho. Todo el mundo estará en su derecho si se entiende que la novela tiene la capacidad de autodestruirse al tiempo que de autorregenerarse.
Sí, pero cuál es la pregunta que me hago después de la lectura. Mi pregunta sería ¿cuál ha sido el objetivo del autor en esta novela? Lanzándome al vacío me respondo diciéndome que en esta novela, Vila-Matas muestra una actitud ante el concepto de novela o, si se me permite, ante el concepto de literatura e incluso de arte. Todo el texto, aunque no en la forma, sí en la intención, es un diálogo del autor consigo mismo. Y ello justificaría la casi inexistente acción o trama. Predomina la introspección (no es novedad en la obra de Vila-Matas) hasta el punto de que es el motor que conseguirá al final la imagen del narrador y protagonista emergiendo con el tesoro de haber encontrado un significado a todas las (tal vez excesivas) páginas anteriores.
El autor mira sin parpadear a los ojos de la novela (me refiero al género) como si ya la hubiese domeñado. No le tiene miedo y la maneja con habilidad porque ha descubierto que al encender la luz de esa alcoba se supera el misterio. A la novela el autor le habla de tú a tú, con familiaridad y con un punto del desencanto del viajero que conoce el mundo (de la novela) y ya poco puede sorprenderle. Solo si es así, se pueden entender los diálogos entre Simon y su hermano.

         —Exacto —dije cayendo en la trampa de creerme lo que me decía—. Porque nunca ha existido la originalidad, que fue sólo una fantasía de Platón, para quien el mundo mismo era una copia. (Pág. 288).




Pero saber que la novela y el arte se pueden diseccionar y descubrir algunos vacíos en su interior ahonda en el desencanto, nos sitúa ante una pequeña o gran nada capaz de cambiar a quien ha llegado a ese punto. Algo que nos conduce a un concepto, literariamente hablando, antirromántico.

Luego, cayó en un breve y tremendo silencio.
         —Y, por otra parte, mi obra me la suda —dijo. (Pág. 296).

Tal vez, las líneas donde más se perciba el desencanto sean las que rozan el sarcasmo; por ejemplo:

O como cuando vino a decir —si no entendí mal, por supuesto— que escribir era hasta cierto punto justificarse sin que nadie te lo pidiera y que en el fondo una justificación de ese tipo era siempre algo de lo más cómico. (Pág. 299).

Ambos personajes, Simon Schneider y su hermano Rainer Bros (el novelista para quien trabaja Simon buscándole citas que aquilaten sus novelas), son las dos caras de la misma moneda; que ambas caras dejan traslucir nítidamente la imagen de Enrique Vila-Matas. Por ello insisto en que la novela es una reflexión del autor o, si se prefiere, ya dije que un diálogo consigo mismo. La justificación de la novela como manifestación artística, como la justificación de la escritura en sí, se cuestiona en esta obra, se acepta y se rechaza, es en sí, se concluye, tan cómico (absurdo) como necesario. Además, la perspectiva (el susodicho desencanto) no se limita al enfoque del escritor hacia su obra, también desde la obra hacia el lector. Es en ese contexto donde se podrían incluir las siguientes líneas:

Porque había en todo lector, añadió Rainer, una vocecita que por lo bajo le decía acerca de todo lo que leía, por extraordinario que fuera: ¡anda ya! (Pág. 300). 

Vila-Matas nos muestra una actitud propia de quien pretende desmitificar la literatura, pues ya no es propia del demiurgo, retomando el concepto romántico. Se anuncia la posibilidad de que la novela (el arte) no esté en ningún pedestal porque solo sea una farsa. Así se desvela en algunas páginas del encuentro entre los hermanos Schneider. 
 Afirmo que Esta bruma insensata es una novela de madurez, pero no en el sentido de alguien que ha aprendido el oficio de la escritura, prueba más que superada, sino de quien ha llegado a otras fases más complejas en la relación propia entre el autor y la creación. Esta posibilidad es para mí lo más destacado de la novela y lo que me ha parecido merecedora de estas líneas. Vale.