martes, 19 de febrero de 2019

MIRALLES


 El relato Miralles apareció publicado en la primera antología Generación Subway, por la editorial Playa de Ákaba, en 2014.                                                                  

          
La secretaria le pregunta que si él es el técnico que tenía que venir a arreglar el ordenador. Miralles no da crédito. Una vez aclarada la confusión, la joven le dice que el señor Hinojosa todavía no ha llegado, que si quiere puede esperar, aunque ella no se lo aconseja porque no sabe si el señor Hinojosa se presentará o irá directamente a producción; que si fuese así, lo más probable es que ya no pasaría por la oficina en toda la mañana. La mujer mira como para frenar los intentos persuasivos, aquellos que mostrarían los matices, lo excepcional del caso, que, en absoluto, nada tiene que ver con lo que al parecer se ha entendido. Ella abre más los ojos y le dice a Miralles que la sala de espera está junto al vestíbulo, que haga lo que desee; aunque no le dice lo que piensa porque nadie le paga para ello.
El hombre calla, tuerce el morro y se encamina hacia la sala de espera. Sentado, apoya la cartera sobre los muslos. La abre y busca la documentación que, si llegara el señor Hinojosa, le iría mostrando ordenadamente. Son tres hojas y una memoria USB que introduciría en la tableta para ilustrar las explicaciones que paralelamente iría exponiendo. Ha repetido los mismos movimientos que en el metro, después de que el pasajero aquel se lamentase de que todo el mundo pedía y pedía, sin embargo él, con tantas necesidades como los demás, pasaba su hambre y no molestaba a nadie. Aprovechando que el hombre bajaba en la siguiente estación, Miralles se sentó para repasar lo que, de ser posible, mostraría al señor Hinojosa.
En la sala de espera no hay nadie más que él. Carraspea y cierra la cartera: para qué volver tantas veces a lo que ya sabe de memoria, a lo que podría exponer sin necesidad de ningún tipo de ayuda ni de guión.
Una alarma en el bolsillo le dice que ha recibido un wasap. Es su mujer. Miralles contesta: «He llegado, pero él, no». La mujer le recuerda, innecesariamente, que cuando salga de la reunión que le diga algo, y el hombre le dice que sí y que «besos».  

La sala es un lugar aséptico, con unas sillas de una modernidad eventualmente imperecedera. Miralles se imagina cómo quedaría aquí una cama, una mesilla, un escritorio con ordenador y un perchero de pie. Alza la vista y comprende que la altura del techo parece ampliar el espacio. Cruza las piernas, se limpia la nariz. No pasa nada, si acaso pasan los mismos pensamientos, pero menos ilusionados que la semana anterior cuando la misma joven, algo más guapa que hoy, le indicó que si no tenía concertada la entrevista, el señor Hinojosa no lo podría recibir. En ese momento le solicitó a la secretaria que se la concertase para hoy, si fuese posible. Fue posible, si bien, después, «la dinámica de las circunstancias se impone sobre nuestros propósitos». De nuevo el teléfono móvil secciona otro pensamiento. Se trata de Luis, su socio, quien le pregunta que si ya se ha entrevistado. Miralles, que no, que está en la sala de espera. Y Luis, que si cree que lo van a recibir. Miralles, que él qué sabe, que no hay formalidad ninguna, que te toman por el pito del sereno. Miralles le explica el incidente del ordenador, a lo que su socio añade que por qué no se lo ha arreglado, que seguro que sabría; y Miralles que sí, pero que no está él en estos momentos para ir arreglando ordenadores. Y Luis, que tranquilo, que no se vaya a poner nervioso, sobre todo porque domina el tema mejor que nadie, pero que de ninguna manera se vaya a enfadar; a lo que Miralles añade que ya está enfadado, que no sabe si mandar todo a tomar por saco y darle dos hostias al Hinojosa de los cojones cuando llegue. Luis, que así no vamos bien, que respire hondo, que a ver si por unos nervios vamos a enviar todo a hacer puñetas. Y Miralles, que no, que si lo reciben, que bien, que él se comportará, que todo eso es lo que haría porque es lo que le pide el cuerpo, pero no lo que hará, que no está tan zumbado.
En la soledad de la sala de espera, Miralles escucha los pasos de la joven acercándose al vestíbulo, aunque no llegan hasta donde él. Miralles, concentrado en escuchar cada sonido, intenta adivinar con ellos lo que sucede. Y los pasos se alejan. Supone Miralles que regresan al despacho. Imagina que la muchacha se sienta; imagina que al sentarse la falda se le sube y aparecen unos muslos algo más torneados de lo que diría cualquiera que recibiese la mirada y las palabras que ella dice, aunque no se correspondan con las que piensa. Imagina que cruza las piernas y que con ello los muslos de la secretaria crecen insospechadamente hasta que un timbrazo dinamita la escena. Diría Miralles que ahora la señorita, a través del interfono, proyecta su sonrisa hacia la platea de un teatro sin espectadores. De nuevo los pasos de la mujer percuten contra el suelo de cenefas de otra época, de la época en la que Miralles no había nacido y sus padres pisarían un suelo de pequeñas baldosas móviles, desportilladas por los cantos. La cadencia de los pasos mantiene una aceleración progresiva que se frena con la llegada a la puerta de entrada, que ella abre para esperar en el descansillo. El mecanismo del ascensor, su frenazo en la planta correspondiente, abrir de puertas, golpe contra el batiente metálico y las palabras atropelladas de bienvenida y de bienhallada en voz alta; dos besos y educado desparpajo que se prolonga desde el rellano, sigue por el pasillo y se cuela en el despacho. ¿Dónde estaba Miralles? No. ¿Dónde estaba la joven? Se había cruzado de piernas cuando sonó el timbre.
¿Y si quien hubiese llegado hubiera sido el señor Hinojosa y por eso el recibimiento de la secretaria ha estado a la altura de los tacones que gasta? Miralles, ya de pie, deja la cartera sobre la silla, como reservándosela, aunque no haya nadie más. Gira el cuello a derecha y a izquierda, se sube los pantalones estirando de las presillas hacia arriba, y con las manos a la espalda accede al vestíbulo. Camina blandamente, deteniéndose cuando cree que algún paso ha sido menos sigiloso de lo que él quería. Está llegando al final del corredor. Remolonea como quien, cansado de esperar sentado, estira las piernas, esas piernas que desgobernadas lo están acercando a la misma puerta desde donde se ve una mesa de escritorio geométricamente inusual. Cuando cree que ha acumulado el valor suficiente, en tres o cuatro pasitos atraviesa con los ojos desde el umbral hasta el fondo. Observa a la secretaria, contenta; al recién llegado, que no es el señor Hinojosa, valorando algunas intenciones en su proyecto de aproximación hacia la joven. Lamentablemente, le vuelve a sonar el telefonillo, lo cual provoca un encuentro de tres miradas, pero sobre todo, un navajazo en las intenciones de quien no es el señor Hinojosa, un desgarrón en las esperanzas de la joven y un desamparo en Miralles.



            La madre le pregunta que si ella también tiene que ir hoy a buscar a la niña al colegio, que si la recogerán después de merendar o si vendrán después de los deberes. Añade que qué le parece si hoy, como hace buen día, se van a merendar al parque de los columpios de madera. Miralles le dice que sí a todo, provocando cierta confusión en la mujer, que acaba repitiendo las opciones, lo cual el hijo despacha con la respuesta de que haga lo que crea conveniente, que si acaso que lleve siempre el móvil encima porque después él la llamará.
            Mientras el hombre hablaba por el teléfono celular, fue aproximándose de nuevo hacia la sala de espera, donde recuperó la silla y la cartera con la tableta. Ha transcurrido un tiempo impreciso cuando una nueva llamada le confirma que es otra vez Luis, su socio. Este le informa de que más que nada lo llamaba por saber cómo estaba la cosa. Si la llamada no se hubiese contestado, hubiera entendido que habría empezado la entrevista, pero que como ha respondido, ya se imagina que todavía no se ha encontrado con el señor Hinojosa. Esta vez es Miralles quien le pide al socio que no se ponga nervioso y que no llame más, que por mucho interés que le ponga, la cosa no cambia. Y ya que están conectados, el socio le recuerda que no descarte la segunda opción, que a pesar de que los materiales sean diferentes, no disminuye en absoluto la calidad ni las prestaciones. Y Miralles que sí, que lo tiene presente y que solo tiene ganas de mandar todo a tomar por saco, que no sabe ya qué hacer, si largarse o entrar en el despacho y acabar de darle las dos hostias al que acaba de llegar, que por el parecido con el señor Hinojosa, casi resultaría lo mismo.
            Observando a su alrededor, el hombre se pregunta por qué solo hay cuatro sillas, sin sofá, sin mesa de centro y sin revistas. Deduce que la austeridad en el mobiliario responde a unos objetivos más o menos estéticos, a un intento de modernidad absoluta en la que no se contempla la posibilidad de confort para quien espera. Luego se dice que la intención no deja de ser una falta de respeto hacia, en este caso, hacia él. Añade que el lugar se muestra frío, voluntariamente, frío, de ese frío que no miden los termómetros. ¿Acaso no sería mejor marcharse? Pero después habría que dar explicaciones a Luis, su socio, y ninguna de ellas sería capaz de convencerlo. Se dice que la sala de espera del cielo, o de eso que haya en el lugar donde el Hinojosa de turno reciba a los muertos, ha de ser así, ha de ser tan aséptica como la que forman esas cuatro paredes con esas cuatro sillas y en donde se evaporan las cuatro ideas que él tendría que  defender si es que alguien llega y se interesa por su proyecto.
            Otro timbrazo tantea el infarto en Miralles y al poco se encuentra con alguien que llega sudando como también llegó él, con una cartera como la suya y que se sienta cruzando las piernas igual que él. Frente a frente se escudriñan y vigilan sin mirarse. El recién llegado pregunta afirmando que el señor Hinojosa no ha llegado, a lo que Miralles afirma preguntando que eso le parece también a él.
            Pasan momentos en los que no sucede nada, en los que la única vinculación con el mundo exterior a la sala de espera se concreta en la desordenada cadencia de unos tacones, en el despunte de alguna palabra que huye de su frase o en alguna risa de deliberada simpatía. Parece que el tiempo se remansa, que se trata de un paréntesis previo a la continuación de otras oraciones pertenecientes a un párrafo todavía inconcluso. Los dos resoplan. Los resoplidos de Miralles empiezan, paradójicamente, en la inspiración y huyen por nariz y boca como diciendo no solo qué calor, sino también qué absurdo es todo, si por lo menos uno supiera que iba a ser recibido… Las exhalaciones del señor que se sienta enfrente de Miralles son de asentimiento a todas las que envía rítmicamente el que muestra mayor experiencia, aunque solo sea de unos minutos más ahí sentado, pero el otro no lo sabe.
            Cuando el compás de la respiración se pierde o se funde en el de espera, los pensamientos buscan entrar más allá de lo que indica la simulación, sí, como le sucede a la secretaria que lo ha recibido. Es cuando uno puede sospechar que ese que se sienta enfrente es el contrincante que persuadirá a Hinojosa; bien porque su proyecto sea más convincente, bien porque venga recomendado, bien porque el destino es muy cabrón y siempre hay cabrones que se agarran con más fuerza que uno al clavo ardiendo de las oportunidades. Miralles le preguntaría qué guarda en esa cartera, a qué se debe su encuentro con el señor Hinojosa. Incluso la crueldad del superviviente lo lleva a plantearse por qué, precisamente, ese que sudaba como él y se sigue sentando como él, no ha sido una de las víctimas que cada fin de semana se suman al escrutinio de muertes en carretera; luego, como quien espanta una mosca con la mano, espanta la maldad de sus figuraciones.
La alarma de un wasap es la señal de que el mundo no se ha terminado y de que más allá de las puertas de todos los despachos del planeta hay alguien que depende de quienes esperan. Miralles, algo incómodo, lleva la mano al bolsillo, pero, quien recibe el mensaje es el otro, lo cual parece fastidiar algo más al primero. El señor responde, y a cada pulsación en el teclado, un sonido celestial se convierte en un pequeño pellizco para Miralles. Absurdamente, el señor que escribe le preguntará al otro si hay cobertura, a lo que Miralles responderá que él sí que tiene; respuesta que pinta una expresión de exagerado asombro en el otro.
En pie, resuelto, Miralles arquea la espalda, esta vez con la cartera en la mano abandona la sala para dirigirse a ninguna parte del pasillo. Observa con falso interés los cuadros de la pared de la derecha, y con disimulado desprecio los títulos de la pared de la izquierda. Se acercaría hasta el despacho, del que siguen saliendo risas y exclamaciones, pero no se atreverá. Ya no hay taconeo, por lo que deduce Miralles que la mujer se habrá sentado; no obstante, no se la imagina con las piernas cruzadas, sí se la imagina frente al capullo que llegó después de él y que fue recibido con honores de señor Hinojosa. Comprende que el recorrido del pasillo es demasiado corto, que su huida ha tocado fin, que el cabronazo del Hinojosa de los cojones se merece esas hostias y que si no viene a lo mejor es porque ya le habían empezado a quemar en las orejas. Con verdadera resignación, Miralles ha vuelto a la sala y se ha sentado en la silla que, a todos los efectos, él, y cualquier observador, ya reconocería como la suya. Escucha al otro, quien ahora habla a través de su teléfono celular. Dice que todavía no sabe nada, que supone que sí, pero que de momento, no. Que no está solo, que no le haga hablar porque ni es el lugar ni la ocasión; que a lo mejor, después de comer,  podrían quedar y comentar cómo ha ido la entrevista, que cuando tenga algo que decir, que ya llamará. Concluye diciendo que todo dependerá de si se digna a venir el señor Hinojosa. Después de despedirse, le pregunta a Miralles en una nueva afirmación que Hinojosa se está haciendo esperar, y Miralles le dice que sí, que se está haciendo esperar, palabras que remata con uno de sus bufidos axiomáticos.

Definitivamente el tiempo es un engrudo que se ha pegado a las suelas de los zapatos que calzan los relojes. Miralles carraspea. A los pocos segundos, el señor devuelve el carraspeo. Miralles llega a pensar que lo del señor de enfrente ha sido una réplica, que ha entendido que el primero en carraspear pretendía marcar un espacio o reivindicar una prebenda sobre el otro, acción que el segundo no podía consentir y que por eso ha replicado con su derecho al carraspeo; a pesar de que sus ojos se perdiesen en las puntas de los zapatos. Miralles sospecha que ahora debe de ser el momento en el que ese hombre de enfrente piense en su contrincante. Tal vez en lo cautivador que será el proyecto que guarda en la cartera Miralles, o bien se esté preguntando por qué su oponente no habrá sido una víctima más en los accidentes de tráfico del fin de semana. El caso es que, receloso, Miralles arranca con una tos que va por encima de todos los carraspeos lanzados hasta el momento, lo cual, para darle la razón, el señor de enfrente tose y carraspea y vuelve a toser. Ante eso, Miralles, perdido en la cenefa que se repite a lo largo de las baldosas, no sabe cómo actuar. De hecho, no será necesario porque la puerta de la calle se ha abierto. Se oye el golpe al cerrarla. Los pasos son urgentes y parece que conocen el camino. Algunas voces indescifrables se filtran hasta la sala de espera. Los dos hombres se miran: Miralles tuerce la boca y el señor de enfrente frunce el ceño. Por un momento esa nueva entrada aporta esperanza, o por lo menos es una tregua en la batalla de signos no verbales. Y la sala se agranda tanto que aleja a los dos hombres. Todo pertenece a una dimensión elástica, como si el tiempo hubiese alcanzado también su final y lo que venga a partir de ahora no será exactamente tiempo. Miralles ya no quiere darle dos hostias al señor Hinojosa, tampoco a su sucedáneo ni mucho menos al pobre hombre que, como él, se mueve en la frontera entre la ilusión y la derrota. A Miralles, lo que se le antoja en estos momentos es tomarse un helado de chocolate o, mejor, beberse una cerveza, porque ya parece que se llega al final del recorrido y eso se festeja con una pequeña celebración. La parada está anunciada y los pasajeros piensan ya en levantarse de sus asientos. En verdad, como si todavía no hubiese salido del vagón, como si el señor que se lamentaba aún estuviese allí sentado, y él, con su cartera, esperara que el metro se detuviese, que el hombre se levantase porque todo ha de cumplir su ciclo, y entonces sentarse él. Algo parecido a un vahído lo devuelve a la otra realidad, a la que un señor sentado frente a él lo observa y, mentalmente,  le envía las mayores catástrofes.
Los dos hombres saben que es el momento, hasta ese instante no había demasiados signos perceptibles, sin embargo, ahora el espacio inabarcable y las miradas tan lejanas lo declaran, pero sobre todo, los tacones acercándose con su armonía rota al trastabillar justo antes de asomarse la secretaria a la sala espera. Cuando la joven preguntó por el señor Miralles, como no podía ser de otra manera, los dos se levantaron.

        Eugenio Asensio

jueves, 7 de febrero de 2019

Elegía a Ramón Sijé

                                                                                                                                                     
                                                                                  No perdono a la muerte enamorada,
                                                                                  no perdono a la vida desatenta,
                                                                                           no perdono a la tierra ni a la nada                                                                                                                                                                 .                                                                                                                     En mis manos levanto una tormenta
 (En Orihuela, su pueblo y el mío, se                        de piedras, rayos y hachas estridente
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,                sedienta de catástrofe y hambrienta
con quien tanto quería.)                                
                                                                                  Quiero escarbar la tierra con los dientes,                Yo quiero ser llorando el hortelano                            quiero  apartar la tierra parte                                  de la tierra que ocupas y estercolas,                              a parte a dentelladas secas y calientes.                  compañero del alma, tan temprano.                                                                           
                                                                                    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
 Alimentando lluvias, caracolas                                   y besarte la noble calavera
 y órganos mi dolor sin instrumento,                           y desamordazarte y regresarte                             a las desalentadas amapolas                                                                   
                                                                                    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
daré tu corazón por alimento.                                     por los altos andamios de mis flores
Tanto dolor se agrupa en mi costado,                         pajareará tu alma colmenera
que por doler me duele hasta el aliento.                   
                                                                                     de angelicales ceras y labores.
Un manotazo duro, un golpe helado,                           Volverás al arrullo de las rejas
un hachazo invisible y homicida,                                 de los enamorados labradores.
un empujón brutal te ha derribado.                                                                                   
                                                                                     Alegrarás la sombra de mis cejas,
No hay extensión más grande que mi herida,              y tu sangre se irá a cada lado                              lloro mi desventura y sus conjuntos                             disputando tu novia y las abejas.
y siento más tu muerte que mi vida                                                                                    
                                                                                      Tu corazón, ya terciopelo ajado,                        Ando sobre rastrojos de difuntos,                                 llama a un campo de almendras espumosas      y sin calor de nadie y sin consuelo                               mi avariciosa voz de enamorado
voy de mi corazón a mis asuntos.                                                                                   
                                                                                      A las aladas almas de las rosas 
Temprano levantó la muerte el vuelo,                           del almendro de nata te requiero,                        temprano madrugó la madrugada,                                que tenemos que hablar de muchas cosas,
temprano estás rodando por el suelo.                           compañero del alma, compañero.
                                                                                      
     




Introducción

El motivo de esta composición fue la muerte de José Ramón Marín Gutiérrez, poeta amigo de Miguel Hernández, quien firmaba como Ramón Sijé. El fallecimiento sucedió el 24 de diciembre de 1935, aunque para el poema, la fecha es la del 10 de enero de 1936. Tal vez sea esta la elegía más conocida de toda la literatura en español. Como es bien sabido, toda elegía es una muestra de dolor por la pérdida de un ser querido, al tiempo que un intento de mantener viva la presencia de este, recordando los valores que nos ha dejado. La tradición nos ha dado ejemplos en los que convive el dolor con la resignación; es decir, la aceptación de que somos mortales y que por ello el tránsito es inevitable. Pudiera ser que la obra que mejor recoja esta convivencia entre el dolor y la resignación sea la que en el siglo XV compuso Jorge Manrique, dedicada a la muerte de su padre. Algunos siglos después, Miguel Hernández, a la muerte de su amigo José Ramón, escribe su elegía sin contenciones y sin resignación. La muerte del amigo aparece en el poema como una injusticia y, como tal, al dolor se le ha de sumar el arrebato contra la misma muerte. He aquí una particularidad que va más allá del modo clásico de las elegías.
            El poema pertenece al libro El rayo que no cesa (enero de 1936). Debido a la muerte fulminante del amigo de Miguel Hernández, el poema se compuso con gran rapidez para ser incorporando al poemario, que ya se encontraba en la imprenta de Manuel Altolaguirre, constituyendo así el penúltimo poema del libro.

Tema
Como es propio de toda elegía, el tema es la expresión del dolor por la pérdida de un ser querido.

Estructura externa
Se trata de una sucesión de tercetos encadenados; es decir, una serie de estrofas de tres versos endecasílabos, de rima consonante, encadenados por la rima. La cadencia sería:  A, B, A; B, C, B; C, D, C… Como es prescriptivo, en este tipo de composición, la rima del segundo verso de cada estrofa reaparece encadenada en el primero y el tercero de la siguiente.  Para evitar que en la última estrofa quede el segundo verso sin correspondencia en la rima, la última estrofa será un serventesio.
  
Estructura interna
Aunque en un poema de estas características se pueden argumentar diferentes divisiones internas, mi punto de vista, tal vez en un afán simplificador, me lleva a estructurarlo en tres partes. La primera, no exenta de poderse separar en diferentes subapartados, abarcaría las seis primeras estrofas. Se muestra, sin gradación, el intenso dolor del poeta provocado por la muerte de su amigo, Ramón Sijé. Encontramos un particular recorrido, es decir, la congoja sigue un movimiento, en esos dieciocho versos, que va desde el propósito del autor, aceptando que su amigo, en un sentido orgánico, pasa a formar parte del ciclo de la naturaleza:

«Yo quiero ser…», «daré tu corazón…»,

que al llegar a los versos ocho y nueve se intensifica el dolor del yo poético:

«Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento»,


pero que en los versos del diez al doce, se desvía el poeta, momentáneamente, del anterior propósito, para presentarnos a la muerte como asesina.

                                    «Un manotazo duro (…) te ha derribado».

Sin embargo, en los versos siguientes (13-18), retoma la intención de centrarse en el mismo yo poético, apartando del foco de atención al amigo que ha fallecido:

                      «No hay extensión más grande que mi herida, (…), Voy de mi corazón a mis asuntos».


De cualquier modo, las idas y venidas del poeta en esos primeros dieciocho versos mantienen el denominador común de expresar el intenso dolor al que nos hemos referido. No consideramos que los diferentes movimientos en el recorrido de las seis primeras estrofas dejen de ser una unidad con una particular configuración de elementos que se toman, se dejan y, una vez más, se retoman.
La segunda parte del poema comprendería desde el verso 19 hasta el 33. Aquí hablaríamos de rebeldía, caracterizándose por el aumento de la intensidad de la voz lírica.
Para la tercera y última parte del poema, en un tono más relajado que el de la parte anterior, el poeta, a lo largo de las últimas cinco estrofas, proyecta un futuro panteísta, en el que emplazará al difunto.

Análisis
Llaman la atención las palabras entre paréntesis que preceden a los versos. De ellas destacamos: «se me ha muerto». Las palabras del autor anticipan el dolor que se mostrará a continuación. Ese «se me ha muerto» indica que una parte de Miguel se ha perdido, tal como si también hubiese muerto con el amigo. Nos habla de proximidad y de lo irremediable, con el consiguiente sufrimiento. También leemos: con quien tanto quería. Sin que se aclare qué era lo que ambos querían, se abre a las interpretaciones de un futuro proyectado, supuestamente, ilusionante.
Entrados en los versos, destaca la presencia del poeta en la palabra «Yo» para abrir el poema; no obstante, la implicación y el dolor de Miguel inciden a lo largo de todos los versos, pero esa primera persona inicial marca la implicación del poeta a lo largo de toda la composición. Sabemos que el uso del pronombre no es necesario, pero con él, parece que se intensifica la presencia del poeta. Decíamos que los siete primeros versos nos hablan de la participación de Ramón en el ciclo de la naturaleza, para ello el poeta se servirá de diferentes recursos, como puede ser la hipérbole del primer verso:

«Yo quiero ser llorando el hortelano».

       En este ciclo de la naturaleza entendemos que el cuerpo del difunto pasa a descomponerse en la tierra y así a formar parte de ella y poder nutrir la vegetación de su alrededor. En el verso anotado, el poeta pretende regar con sus lágrimas la tumba y así alimentar el ciclo, en este propósito es donde encontramos la hipérbole. Llama la atención el uso del verbo «estercolas». En principio, podríamos decir que la asociación del estiércol y el dolor por la muerte de un ser querido es insólito, pero no deja de poderse aceptar una vez entrados en la dinámica de la descomposición natural del cuerpo del difunto. En el tercer verso de esa misma estrofa, digamos que se cuela un vocativo: «compañero del alma», que denota la emoción en un suceso y en un tipo de composición como los conocidos. El susodicho ciclo de la vida continúa en el segundo terceto y llega hasta el verso siete en una proyección hacia el futuro. El campo semántico compuesto anteriormente por «llorando» se acrecienta ahora con el término «lluvias», ambas formas de regar el cuerpo en proceso de fusión con la naturaleza. En el afán por manifestar la emoción, en esta estrofa se puede llegar a pensar en cierta agresión lingüística, que se justificaría en el uso de dos hipérbatos. Leemos:

              Alimentando lluvias, caracolas
             y órganos mi dolor sin instrumento,
             a las desalentadas amapolas

            daré tu corazón por alimento.

El primero aparece en los versos quinto y sexto. Entendemos que «mi dolor sin instrumento» es el sujeto, en una estructura profunda, del gerundio «Alimentando». El segundo, lo conformarían los dos versos siguientes. Esa misma desazón lleva al autor a la creación de una nueva hipérbole que le permita expresarse de forma rayana a lo irracional:

                               «Tanto dolor se agrupa en mi costado,
                                 que por doler me duele hasta el aliento».

            La cuarta estrofa constituye una imagen, a través de la enumeración de diferentes metáforas («manotazo», «golpe», «hachazo», «empujón», «te ha derribado»), que buscan la plasticidad del momento en el que muere el amigo, como si se tratase de un asesinato a traición. La imagen consigue recrear en la mente del lector momentos de gran plasticidad dramática.
            De la estrofa quinta destacaríamos el hecho de que se crea con dos hipérboles: la primera en el primer verso: «No hay extensión más grande que mi herida», y la segunda en el tercero: «y siento más tu muerte que mi vida». Ambas, como ya sucediera anteriormente, nos hablan de caos, de desequilibrio; en definitiva, de una tragedia para el autor. La hipérbole es una búsqueda fuera de lo racional, porque la razón, en ocasiones, resulta insuficiente. 
              La sexta estrofa constituye una imagen que nos aproxima al poeta en la desesperación propia de quien sufre el suceso. 
               Es la estrofa séptima una de las más ricas y sugerentes del poema. En ella aparecen nuevos recursos poéticos, como la cadencia precisa en la que se instalará la voz del poeta, a través de la anáfora, que acoge la intensidad lírica que ha generado la pérdida de Ramón. Los versos de esta estrofa se acercan a un imperfecto paralelismo que acentuará la misma intención rítmica que encontrábamos en la anáfora. Además, se crean en los dos primeros versos sendas personificaciones, pues la muerte levanta el vuelo y madruga la madrugada: plasticidad que, como ya habíamos anotado, se muestra a lo largo del poema. Añadamos que esta última personificación aporta musicalidad a través del políptoton: «madrugó la madrugada». 
                 Comparte mucho con esta estrofa, la octava: la anáfora, un marcado paralelismo y algo más. Si en la anterior se combinaba como sujeto a la muerte, a la madrugada y al difunto, en la octava, el sujeto es el poeta. Llegados aquí, no olvidemos añadir que, a lo largo de las dos estrofas (7 y 8), más la novena, la décima y la undécima, la aliteración aporta una cadencia tremenda a través de la /r/, más la /s/ en las estrofas nueve y diez. Es más, con este recurso se prepara la actitud rebelde que se revela en el poeta a través de las estrofas novena, décima y undécima. Dicha aliteración incide como un redoble de tambor a lo largo de los versos sucesivos, henchidos de enfrentamiento y venganza por parte del poeta. Diríamos que el poema ha ganado vigor en estos fragmentos. Entendemos que aquí la composición rola para alejarse de la tradición elegíaca; se trata de la insurrección de un mortal, convertida en uno de los elementos diferenciadores y excepcionales del poema. Se suma la personificación que reduce a la muerte a la dimensión de un ser humano y, como tal, el poeta materializa al enemigo para poder vengarse en él: se dice «muerte enamorada». Aquí, la muerte ha dejado de ser algo intangible y, por consiguiente, vulnerable como el ser humano. Una vez que el poeta ha declarado la guerra, su intención combativa lo abarca todo:

       «no perdono a la vida desatenta,
         no perdono a la tierra ni a la nada».

            Si la muerte es un ser humano accesible a otro ser humano, el retorno a la vida se puede reducir a una búsqueda y a un regreso. Dice Miguel Hernández:

                              «Quiero minar la tierra hasta encontrarte
                                y besarte la noble calavera
                                y desamordazarte y regresarte».

Dice el poeta «desamordazarte», porque la muerte, personificada, puede amordazar. La imagen aporta, de nuevo, gran plasticidad, tal como la que mostraría un prisionero retenido por su enemigo. En el verso, Miguel proyecta liberar al amigo y, a través de cierta agresión lingüística, «regresarte», devolverlo a la vida.


De estas imágenes pasamos a la última parte del poema, con otras imágenes no menos conseguidas. Nos encontraremos con la mirada proyectada hacia el futuro, impulsadas por las formas verbales, como: «Volverás, pajareará, Alegrarás, se irá». Entendemos que la rebeldía queda sosegada, no resignada, debido a la prolongación presencial del amigo perdido. No se recupera lo que fue de Ramón, sino que se le espera de forma bien diferente, posibilidad a la que ya aludíamos arriba al referirnos al ciclo de la vida. Si Ramón, como materia orgánica que es, se transforma en el alimento de las plantas y de estas nacen las flores, se entiende que el poeta, dirigiéndose al amigo, diga: «pajareará tu alma colmenera (…)»; es decir, la putrefacción del cuerpo ha alimentado a la vegetación, esta florece y las abejas acuden en busca de sus pólenes, como también se harán presente la naturaleza acompañando a los amantes separados por las rejas de las ventanas; con lo cual, entre tanta tristeza, volverá la alegría sin estridencias que trae el curso vital.
Entre las estrofas doce y trece se encadena una anáfora a través de la palabra «Volverás». La duplicación también duplica la esperanza. Parece que el poeta ha comprendido que no era preciso la materialización de la muerte para destruirla, que solo había que detenerse para participar de lo establecido en la ley natural.
Estrofa exquisita, de interpretación compleja, es sin duda la decimocuarta.

                        «Alegrarás la sombra de mis cejas,
                        y tu sangre se irá a cada lado
                        disputando tu novia y las abejas».

La sangre, como cualquier órgano en proceso de descomposición, también participará de la renovación de la vida. La personificación de la sangre nos lleva a corroborar lo ya dicho; o sea, a la transformación en sustancia vegetal convertida en flor. Ramón, convertido en flor, será disputado tanto por las abejas como por la novia de Ramón. Es el único consuelo para la novia del fallecido, el que aporta la regeneración del curso de la vida.
Ya entrados en la estrofa decimoquinta, asistimos a una confusión sintáctica:

                        «Tu corazón, ya terciopelo ajado,
                        llama a un campo de almendras espumosas
                        mi avariciosa voz de enamorado».

Nos preguntamos cuál es el sujeto de «llama», ¿«corazón» o «voz»? De cualquier modo, pensando que el poeta podría pensar que ambos sustantivos pueden ser sujetos, pasamos a detenernos en el segundo verso de dicha estrofa: «llama a un campo de almendras espumosas», obviamente, alimentadas por el corazón de Ramón. En el verso apreciamos una imagen que certifica aspectos anotados, como que la floración del almendro revelará la nueva vida del amigo.
            Cerrando el comentario, entendemos que en el serventesio se concreta la futura relación entre el amigo y el poeta. A través de la personificación de «las aladas almas de las rosas» y de la forma verbal «te requiero», el poeta emplaza al amigo para disfrutar de su amistad. El término inequívoco es «compañero», que se duplica en el final de la elegía, en la doble presencia sin adjetivos, porque no los necesita. Palabra fundamental que explica la relación entre ambos y que ya apareció en el verso tercero.






Conclusión
            El poema, a través de diferentes recursos contundentes como la personificación y la hipérbole, como también la metáfora y la cadencia propia de la anáfora y la aliteración, muestra el recorrido emocional de un gran poeta a merced del dolor por la muerte de un amigo. No se trata de una elegía al uso, en el que la resignación impregna todo. Tampoco está presente la enumeración de todo lo que deja el difunto. Si algo está presente en esta elegía es el gran dolor, el enfrentamiento y la conclusión de que, si hay esperanza, esta se encuentra en la armonía del ciclo de la vida; es decir, que la muerte terrible contra la que se enfrenta el poeta en los versos centrales, no deja de ser vida, pero diferente a la corporal. Parece que el poeta entiende que la necesidad le lleva a aceptar la transformación del ser humano, que la recuperación de la vida tal como pretende en gran parte del poema no será posible y que solo lo será reconociendo que seamos parte del ciclo de la vida.
                                                                                                                               




domingo, 20 de enero de 2019

El último gin-tonic


El último gin-tonic, de Rafael Soler








El último gin-tonic, de Rafael Soler.
Ed/ Contrabando
ISBN: 9788494777639 
Pp. 212.

                

                             Antes de centrarme en la última novela de Rafael Soler, quisiera aproximarse a su itinerario y a su persona, a pesar de que mi esbozo, como debe ser, será incompleto. Quienes hemos tenido el gusto de conocerlo, sabemos que es un tipo inteligente y locuaz; es más, diría que su locuacidad está marcada con la sabiduría que solo la inteligencia otorga. Su trayectoria literaria empieza en 1979, en concreto, con la novela El grito. Más tarde aparecerán otras: El corazón del lobo, El sueño de Torba, Barranco, que alternarán con el verso: Los sitios interiores; así como incursiones en el relato. Llama la atención la aventura de veinte años de silencio, de donde despierta con el poemario, Maneras de volver, además de otros posteriores como Las cartas que debía, Ácido almíbar (Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y No eres nadie hasta que te disparan. Recientemente volvemos a oír la voz de Rafael Soler en la novela El último gin-tonic, publicada por la editorial valenciana, Contrabando, dirigida por Manuel Turégano
            Puestos a sintetizar, diré que El último gin-tonic es la fotografía y la convivencia de la familia Casares, más a lo ancho que a lo largo, de tres generaciones. Añadiría que es una invitación al lector, a quien se le quiere mostrar los interiores de un pasado reciente y de un presente que se prolonga hasta situarnos al borde de un abismo al que llamaremos futuro. El narrador se acerca a la línea que crea la trayectoria vital de los personajes que pueblan las páginas de la novela, toma un cuchillo, cierra los ojos y corta sin temor, pero acertadamente: ahí tenemos el principio de la historia. A continuación, selecciona un corpus de vivencias para estos personajes, cuya extensión será de 212 páginas y vuelve a cortar. Ese fragmento se nos ofrece como muestra suficiente para conocer a los Casares de tiempo atrás, a los del momento actual e, incluso, sin necesidad de narrárnoslo, a los del futuro próximo.
            Para cada miembro de la familia, el narrador tiene colores suficientes como para completar el retrato; tal vez si yo dijera que, sencillamente, los claroscuros que conoceremos nos ratifican pedazos de vida, quizá todos me entenderían: amor, desamor, proyectos, fracasos. En definitiva, golpes, los suficientes, de realidad.
            Ya desde El grito, el estilo de Soler fue valiente, en ocasiones (espero que no se me enfade), osado. Aquí también nos encontraremos páginas que van más allá de una cronología narrativa y que el lector sabrá localizarlas. Rafael Soler tiene en la sangre y en la mirada el oficio de escribir. Respira literatura sublimada y correctamente parca. Nadie puede enseñarle cómo debe ser el estilo narrativo ni del diálogo. Rafael da puntadas, tanto con hilo como sin él, pues en ocasiones consigue que conozcamos a los personajes de igual manera por lo que dicen como por lo que callan. Puedo asegurar que eso, como decía el clásico de los versos alejandrinos, es gran maestría.
            Para cerrar este artículo, diré que provoca una gran satisfacción, para cualquier lector y escritor con ínfulas, rodar por las páginas de El último gin-tonic, aunque mejor si se tratara del penúltimo. Gracias, Rafael. Vale.

viernes, 14 de diciembre de 2018

PUEDES LEER UN CAPÍTULO DE MI NUEVA NOVELA: LAS ZONAS FRÍAS DEL SOL


Capítulo 24 

(...)

El sol, cada vez menos húmedo, hacía soportable la brisa fresca que descendía desde los picos más altos, y por eso ya comenzaba a haber bañistas. Frente a una tapia, Pedro estacionó su vehículo. Abrió una de las portezuelas traseras, sacó dos fardos rectangulares y los colocó sobre el coche. Ya antes de desatarlos sintió en sus manos la vibración frágil y nerviosa que revoloteaba en el interior. Al poco, cuando los pajarillos ya se empapaban de sol, dejaron escapar algunos trinos como eseoeses infructuosos.
Delante del vehículo asomaba por la tapia el ojo metálico del Pirata. Pedro atravesó la pared por un boquete y lo vio, polvoriento como el mismo solar, utilizando la tapia de parapeto.
─¡Pirata! ¿Se ve tierra o no se ve? –inquirió el recién llegado.
Por unos segundos el Pirata despegó su ojo vivaracho del catalejo para mirar a quien preguntaba, y una vez realizada la comprobación volvió a enroscarlo.
─La madre que los parió, cómo se están poniendo. Y son dos tíos.
─¡No jodas! –dijo Pedro─. Si son dos tíos, ¿tú qué haces mirando?
El pirata, sin contestar, seguía en su burladero aferrado a su misión.
─Vaya sitio te has buscado, Pirata. Tú sí que sabes.
─Los voy a denunciar a la Sociedad Española de Piedra en el Riñón. –renegó el Pirata.
─¿Y por qué a la Sociedad Española de Piedra en el Riñón? –quiso saber Pedro.
─¿Tú sabes la de camiones de arena que han echado ahí? Y en pelotas que van los tíos guarros, que no paran de hacerse marranás.
─Me das grima, Pirata.
Cuando el sol, ya desde el otro lado de la tapia permitió que esta proyectase su sombra sobre el coche, las jaulas dejaron de recibir el calor que tan gratamente habían aceptado los pajarillos. Fue cuando Pedro volvió a taparlos con los mismos pañuelos de cuadros y después los introdujo en el coche, con suma delicadeza.

(...)
Pedro caminó hasta el agua, se mojó la palma de una mano y la sacó aterida. Hasta él llegaba el griterío que habían traído unos estudiantes de secundaria. Los muchachos habían dejado sus ciclomotores apiñados en el arcén y venían con sus mochilas colgadas, fumando con una mano y con la otra jugando con el teléfono móvil. Entre ellos formaban algunas parejas sorprendidas por su exuberante adolescencia. A pesar de la algarabía, parecían comunicarse, e incluso eran capaces, superando el vocerío, de gastarse bromas y realizar juegos propios de la edad. Cuando decidieron, después de enfrentadas opiniones, qué lugar era el mejor, se instalaron lanzando las mochilas sobre la arena y extendiendo las toallas. Las chicas extrajeron sus agendas escolares, y una a otra le leyó las nuevas adquisiciones poéticas, musicalizadas con rima pobre y con temblor hormonal. Ellas habían bajado la voz, se podría decir que la habían adaptado a la intimidad lírica que el verso exigía; ellos seguían hablando a gritos, marcando en el aire territorios de sabiduría sobre motos y coches.
─Un 1600, 16 válvulas, te rula igual que un 1800 con menos válvulas.
En ocasiones, a algunas chicas se les disparaba el grito hemorrágico y la risa convulsiva próxima al paro respiratorio, con lo cual la armonía paisajística conocía excepciones que ni los urbanistas ni propietarios de las villas previeron en el proyecto.
─Si no me baño será porque a lo mejor después me da frío –dijo una activa copista de rimas.
─Yo, si la Mari se baña, me baño, si no, no me baño, porque para hacer el ridículo yo sola… 
Casi todos ellos fueron quitándose ropa hasta quedarse con el traje de baño.
─Qué culo más feo te hace ese bañador –dijo Ahmed observando a una compañera rubia.
─¡El culo se lo miras a tu madre, vale! –contestó ella.
─Kevin, ¿tú no te bañas? –preguntó Christian.
─Paso –respondió Kevin.
─Pues entonces tú te quedas aquí para cuidarnos la ropa, ¿vale?
─¿Y por qué no te vas a bañar? ¿Es que te da corte o qué? –preguntó la muchacha rubia.
─El Kevin no se baña porque está resfriado –argumentó la muchacha más alta de todas.
─Que no estoy resfriado –intervino Kevin─, lo que pasa es que si me baño, con el cambio de temperatura me va a dar la rinitis alérgica.
─¿Y eso qué es?
Pedro, caminando por la orilla, fue aproximándose al grupo de los recién llegados, aunque manteniendo la prudente distancia que sabía guardar. Como para ver sin ser visto, se detenía a contemplar las aguas irisadas, pero entonces su atención retenía las palabras de los estudiantes.
─Eso son mocos –volvió a intervenir la rubia.
─Pues lo que yo digo, que si son mocos es que está resfriado.
Dos chicas, algo más resueltas, se acercaron hasta la orilla, a poca distancia de Pedro. Una de ellas se inmovilizó a medio metro del agua, la otra dio el paso que le faltó a la compañera.
─¡Está helada!
─Yo no me voy a bañar –añadió inmóvil la otra muchacha.
Al poco fueron llegando otros compañeros, salpicaduras, empujones y apretones, sustos, risas y gritos. Al grupo se le desgajó una pareja, que prefirió perderse aunque solo fuera a escasos metros, pero parapetada tras la vegetación convertida para ellos en la suficiente muralla que necesitaban. Y es que la pareja, conocedora del refugio que representaba el cañaveral, después de repetir los juegos melosos bajo el sol en compañía de Kevin, el estudiante alérgico, decidió ocultarse entre las cañas.
─¡Kevin! –gritó una muchachas con el agua hasta la cintura─ ¡Guárdame el móvil en la mochila, que no se me llene de arena!
Y Kevin lo guardó.
─Tamara –dijo Ahmed─, dice esta que tu hermana es cantante y que conoce a Raquel Plus.
─Y a ti qué te importa si mi hermana es cantante o lo que sea –añadió Tamara.
─A ver –insistió Ahmed─, que yo no he dicho nada, que lo ha dicho esta. ¿Es o no es cantante?
Algunas embarcaciones atravesaban el lago en un ronroneo que se adormecía en el débil calor de la tarde. Cada vez eran menos los bañistas que quedaban, con lo cual, los muchachos iban ganando propiedades y derechos comunitarios. La pareja del cañaveral había extendido las toallas y se disponía a continuar los juegos bajo el sol, sin sospechar que Pedro había tomado nota de la estrategia de los dos prófugos.
─Fíjate cómo iría el nota –explicaba un estudiante gordito─, que cuando el semáforo se puso rojo y paró el de delante, él no pudo frenar a tiempo y le dio una leche.
─No tiene ni puta idea –añadió el interlocutor.
─Además –continuó el gordito─, fíjate, que el pavo, de la misma leche que se había dado, rebotó, y ¿sabes qué hizo?
─¿Qué hizo?
─Metió primera, aceleró y volvió a chocarse otra vez contra el de delante.
Y no es que Pedro hubiese decidido llegar donde la pareja, fueron sus piernas las que se adelantaron al pensamiento y lo condujeron hasta las cañas. Emboscado, descubrió que en una breve explanada recogida por la vegetación, él y ella se entretenían ajenos con sus juegos. Pedro quiso, ahora sí, acortar la distancia. Dio con esfuerzo algunos pasos entre la espesura verde, movió para ello las cañas, y de sus plumeros, cayó una lluvia de pelusas sobre los cuerpos semidesnudos de los estudiantes.
─Lo que a mí me pasó es más fuerte –siguió Ahmed─, porque allí nos podíamos haber matado todos.
Todavía con las sonrisas en los labios, los muchachos atendían a las palabras de Ahmed.
─Íbamos yo y el Dani por la 152, que entre Montcada y La Llagosta es una carretera con dos carriles nada más, estábamos adelantando, y te cagas nen: ¡un coche nos adelantó a los dos por el medio!; o sea, que pasó entre el coche que adelantábamos y el nuestro.
Hasta el cañizar llegaban las voces de los jóvenes bañistas. La brisa se frotó en las hojas afiladas, con lo que alborotaba los penachos de las cañas y acercaba el rumor de los motores que los autos esparcían desde las recién alquitranadas laderas hasta el camino de ronda.
─Después que os diga el Kevin si es verdad o mentira lo que os voy a contar –dijo queriendo atraer la atención uno de los bañistas, emparejado con la muchacha rubia.
─Será mentira.
─Eso fue al principio de temporada –continuó el acompañante de la muchacha rubia─, cuando fuimos a jugar al campo del Viladecans. Ya regresábamos, y dice el Loco: «Nos vamos a Badalona a tomar algo». Cogimos la autopista, íbamos por el carril del medio a ciento veinte o una cosa así, y te cagas, nen. ¿Cómo diríais que nos adelantó un coche?
─A ciento ochenta –dijo Ahmed.
─¡Qué va! –añadió el novio de la rubia.
─¡A doscientos! –arguyó el gordito.
─¡Qué va, qué va! Nos adelantó marcha atrás.
─¡Pero qué dices! –exclamó el regordete.
─¡Kevin! ¡Diles cómo nos adelantó el coche aquel cuando íbamos por la autopista para Badalona! –inquirió con todos sus pulmones el novio de la rubia.
─Marcha atrás.
─Se conoce que el coche nos quería adelantar normal, hacia delante y por la izquierda, pero se descontroló al dar con su lateral contra la valla de protección, entonces se dio la vuelta, nos adelantó marcha atrás, nos rodeó por delante y después se quedó bien puesto en el carril de la derecha.
A Pedro, una idea como un percutor le disparó una corriente eléctrica que le recorrió desde la masa mórbida de su cerebro hasta las extremidades y desembocó en un calor amarillo en los ojos. A partir de ese momento la luz también fue amarilla, y por ello, el lago y los amantes. Ante Pedro, los cuerpos amarillos se apretaban en su fricción amarilla. Estaba tan cerca de ellos que podía tocarlos. Pensó que su mano podía recorrer el cuerpo de la muchacha de la misma manera que la mano del novio lo recorría, sin que ella notase diferencia alguna. El cuerpo amarillo de la estudiante se estiraba sobre el de su novio, quedando así, la espalda desnuda de ella justamente delante de Pedro. Decidido, este aventuró su mano derecha hacia la pierna de ella. La tocó, y como era de esperar, la joven no manifestó extrañeza alguna. Envalentonado por la hazaña, Pedro dirigió su mano hacia el culo de ella, posó su palma sudorosa para sentir el vaivén de la muchacha. Después palpó, apretó y volvió a palpar, para acabar manoseando y amasando lo que le permitió la breve longitud de su brazo. Persuadido de que su acción quedaba protegida por la espesura, buscó la mano del novio para repetir los tocamientos de este, como quien pisa las huellas impresas en la arena o en la nieve para no dejar más rastros. Siguiendo el recorrido de esa mano experta sobre el cuerpo ya conocido, Pedro fue el ciego guiado por el lazarillo, fue Dante detrás de Ovidio, en busca del paraíso carnal.
Llegó un momento en el que fue imposible repasar el trazado de la mano del novio porque los cortos brazos de Pedro no daban más de sí. Este se estiraba todo lo que podía, se estiraba hasta que la tensión muscular del hombro y del cuello le provocaba una punzada. Y es que la pareja, en un inesperado revolcón se había distanciado. Después, los novios, en otro movimiento se habían vuelto a acercar al espía, sin embargo, el palpo cansado de este ya no distinguía a quién pertenecían blanduras ni durezas. Descansó un instante, cogió aire y se incorporó de nuevo, pero esta vez en la posición adecuada para abarcarlo todo. Cuál sería su sorpresa que cuando se dispuso otra vez a atacar, los amantes, en sus movimientos amatorios le iban a facilitar la tarea, pues se habían acercado tanto, que el cansado Pedro vio que la abundancia era tal que podía abastecerse a dos manos. Y así, con sus breves brazos apenas estirados, nadó en la abundancia ajena. Dudó entre masturbarse o seguir acumulando imágenes y recuerdos táctiles para después, y decidió lo segundo. Aquellos eran amantes rotatorios y no había forma de que se mantuvieran en el mismo sitio. El siguiente movimiento los llevó hasta la otra orilla del cañedo, así que Pedro, una vez más, tuvo que decidir la forma de actuar: o bien dar todo el rodeo por el perímetro del cañaveral, o bien seguir el atajo, es decir, cruzar la pequeña explanada que servía de lecho a los dos estudiantes y después agazaparse de nuevo en la vegetación. Otra vez se decantó hacia la segunda opción, porque dar el rodeo, además de dificultoso, significaba pasar entre la polvorosa espesura, con el consiguiente ruido, además de tardar más de lo deseado, y solo faltaba que, en el supuesto de que abriéndose paso por entre las cañas, llegase hasta el lugar escogido y ellos hubiesen decidido rodar de nuevo hasta Dios sabe qué otro recodo.
Cuando Pedro creyó que era el momento, furtivo, dio esponjosos pasos por el lecho de los jóvenes apasionados. Sigiloso, pensó que llegaría hasta la otra orilla sin levantar sospechas. Y así fue, con tanto dominio de la cautela había atravesado, que le pareció que podía arriesgar un poco más; con lo cual, aprovechando que la muchacha de nuevo estaba sobre su novio, y viendo que esta, buscando una posición adecuada para aquellos juegos, había alzado sus ancas y se mostraban a aquel que por allí pasaba, se detuvo a contemplar qué era aquello que se le ofrecía. Si primero fue una mano, después, se valió de las dos para ceñir la inesperada ofrenda. Y es que a Pedro no le faltaron ganas de bajarse los pantalones, y si pudo reprimir ese acto, de ninguna manera pudo reprimir acotar el territorio femenino que allí sobresalía. Abrazado, se mantuvo durante algún momento, hasta que la muchacha, confundida, ya que su novio estaba debajo, quiso saber de quién eran aquellos brazos y aquellas manos que además de manosear, desde detrás también la rodeaban.
Al unísono, los tres semblantes expresaron perplejidad. Si allí hubiese habido algún testigo, este no hubiera sabido si los tres rostros redondeaban los ojos, arrugaban la frente y abrían la boca por haber sido sorprendidos o por haber sorprendido al prójimo. Ella, Susana, dio un breve pero afilado grito que punzó los tímpanos de Toni, su novio, y de Pedro, el prójimo. Por desconcierto y por huir hacia delante, el primero en hablar fue Pedro.
─¿Qué estáis haciendo aquí!
El siguiente debía ser el novio, pero igual que Susana, él también estaba más pendiente de esconder sus vergüenzas que de gallear ante el intruso, porque, claro, con la intromisión de Pedro, Toni se preguntaba ¿quién era aquel que parecía el dueño del cañaveral?; así que volvió a tomar la palabra el prójimo.
─Ahora no me digáis que no os habéis enterado.
─¿Qué pasa? ¿Y tú quién eres? –dijo al fin el novio.
─Yo soy algo así como el flautista de Hamelin –respondió Pedro dando con seguridad su pirueta.
─Pues a mí me ha tocado el culo –añadió Susana.
─No sabéis –se adelantó Pedro a sí mismo─ el peligro que corréis aquí entre las cañas.
─Qué peligro, ni que… –intervino el novio.
─A ver, escuchadme –añadió el flautista de Hamelin─. Soy inspector del Departamento de Sanidad del Ayuntamiento de Barcelona. En toda esta zona de los cañaverales hemos esparcido veneno para eliminar a un ejército de ratas. Con todo el que se ha puesto, lo peor que puede hacer nadie es meterse entre las cañas porque se juega la vida. A propósito, ¿no habéis visto ninguna rata?
─¿Ratas? –preguntó Susana agarrada al brazo de su novio.
─Pues está plagado del tipo conejo –respondió el falso inspector de Sanidad─. Lo mejor que podemos hacer es marcharnos inmediatamente de aquí.
Los novios se levantaron con urgencia y se sacudieron el polvo que se les había pegado a la piel.
─No os tenéis que meter nunca más en el cañaveral; bueno, por lo menos en unos días.
Los dos estudiantes, creyendo que debían estar avergonzados porque, en definitiva, habían sido descubiertos en sus juegos, se separaron. Ella se dirigió hacia la orilla del lago, y él, hacia las toallas, donde Kevin esperaba a que todos regresaran de una vez.
La tarde iba imponiéndose. Pocos quedaban en la arena, acaso cinco o seis bañistas, pero bien alejados del agua. En cambio, en el camino de ronda que bordeaba la falsa playa, habían ido aparcando coches, cuyos conductores observaban y esperaban a que algunos muchachos que por allí solían acudir, se les acercasen. Hablaban durante algún momento, quizá fumaban algún cigarrillo y, en ocasiones, los muchachos entraban en los coches. Pedro caminaba no con poco temblor en sus piernas. Sus pasos eran increíblemente largos para la longitud de sus cortas extremidades, pero no importaba el desajuste, más valía llegar pronto al coche que ser presa de un cambio de actitud por parte de los estudiantes. Pedro, aun sabiendo que les había dado el pego, que les había engañado haciéndose pasar por inspector de Sanidad, había apostado fuerte y por ello se veía empujado por la urgencia de entrar en su coche para sentirse protegido. Llegando a su vehículo, al Pirata lo delató la prolongación de su ojo metálico. Seguía detrás de la tapia y parecía que el catalejo apuntaba a Pedro.
─Oye, ¿qué has visto en el cañar? –preguntó el Pirata.
Pedro no quiso contestar, como si aquellas palabras fuesen dirigidas a otra persona. La curiosidad del hombre del catalejo le llevó a preguntar otra vez.
─Oye, pero dime qué hay por allí. Son maricones o son hombre y mujer.
─Estás enfermo, Pirata.
─Venga chico, no disimules que con mi ojo –tocó el catalejo─ te he visto por las cañas. ¿Y qué les ha pasado a aquellos dos que han salido a toda prisa?
─Pues ratas. ¿O es que no sabes que todo esto está infestado de ratas? –dijo el inspector.
─¿Ratas? –preguntó el Pirata─. Mira ahora con lo que me viene este.
Pedro abrió la portezuela del vehículo y cuando iba a entrar, sonriendo, llamó al del catalejo:
─¡Pirata! –y cuando este lo miró, le dijo─: ¡Vete a tomar por culo!
El pirata se quedó renegando desde su atalaya, bien asido al catalejo y mirando al coche que poco a poco se alejaba por el camino de ronda.