lunes, 14 de noviembre de 2016

Comentario del poema Noche oscura




Contextualización
 
Segunda mitad del S. XVI
Presencia de la Biblia
Simbolismo religioso
Las tres vías de la mística




«Antes que entremos en la declaración de estas canciones, conviene saber aquí que el alma las dice estando ya en la perfección, que es la unión de amor con Dios, habiendo ya pasado por los estrechos trabajos y aprietos, mediante el ejercicio espiritual del camino estrecho de la vida eterna que dice nuestro Salvador en el Evangelio (Mt. 7, 74), por el cual camino ordinariamente pasa para llegar a esta alta y dichosa unión con Dios. El cual por ser tan estrecho y por ser tan pocos los que entran por él, como también dice el mismo Señor (Mt. 7, 14), tiene el alma por gran dicha y ventura haber pasado por él a la dicha perfección de amor, como ella lo canta en esta primera canción, llamando noche oscura con harta propiedad a este camino estrecho, como se declarará adelante en los versos de la dicha canción.» 

                              San Juan de la Cruz, Declaraciones en prosa de los poemas mayores.


Noche oscura

Canciones del alma que se goza de haber
llegado al alto estado de la perfección,
que es la unión con Dios, por el camino
de la negación espiritual.

1. En una noche oscura                                    5. ¡Oh noche que guiaste!
con ansias, en amores inflamada,                        ¡Oh noche amable más que la alborada:
¡oh dichosa ventura!                                             ¡oh noche que juntaste
salí sin ser notada,                                               Amado con Amada.
estando ya mi casa sosegada.                              Amada en el Amado transformada!

2. A oscuras, y segura,                                      6. En mi pecho florido,
por la secreta escala disfrazada,                           que entero para él sólo se guardaba,
¡Oh dichosa ventura!                                            allí quedó dormido,
a oscuras, y en celada[1],                                         y yo le regalaba,
estando ya mi casa sosegada.                                y el ventalle de cedros aire daba.

3. En la noche dichosa                                     7. El aire de la almena,
en secreto, que nadie me veía,                             cuando yo sus cabellos esparcía,
ni yo miraba cosa,                                                con su mano serena
sin otra luz y guía,                                                en mi cuello hería,
sino la que en el corazón ardía.                            y todos mis sentidos suspendía.

4. Aquésta me guiaba                                      8. Quedéme, y olvidéme,
más cierto que la luz del mediodía,                     el rostro recliné sobre el Amado;                       a donde me esperaba                                        cesó todo, y dejéme,
quien yo bien me sabía,                                     dejando mi cuidado
en parte donde nadie parecía.                             entre las azucenas olvidado.






Introducción

Se trata de una composición de carácter religioso, de San Juan de la Cruz. En la segunda mitad del S. XVI, en pleno renacimiento español, asistimos a una eclosión del tema religioso, en este caso, de la mística.

Tema
La experiencia del Alma al unirse con el Esposo, es decir, con Dios.

Estructura externa
Nos encontramos con ocho liras compuestas por San Juan de la Cruz. Sobre el origen de esta estrofa, en España y en Italia, se pueden consultar los comentarios anteriores dedicados a Garcilaso de la Vega y a Fray Luis de León. La estructura que sigue la composición es la regular: 7a, 11B, 7a, 7b, 11B, con rima consonante. Añadamos el predominio de rima pobre en algunos versos de las estrofas 4, 6 y 7.

Estructura interna
A través de los versos del poema de San Juan, podemos observar las tres vías propias de la poesía mística: la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva. La primera vía se corresponde con la primera parte, que abarcaría las dos primeras liras. La vía iluminativa la encontraríamos en las estrofas tercera y cuarta. Llegados a la quinta asistimos a un paréntesis en la ascensión hacia la unión con Dios: como si el poeta, o el alma, al recordar la experiencia la reviviese, con lo cual las exclamaciones nos dan el grado de gozo de dicha unión, al tiempo que una anticipación. Para la cuarta parte está reservada la vía unitiva, que se corresponde con las tres últimas estrofas.
 

Análisis
El poeta nos cuenta la experiencia del Alma cuando sigue y logra la unión con Dios. Para ello en la primera estrofa trata de ubicarnos en un contexto alejado de toda visión humana, por lo que el poeta utiliza el epíteto «noche oscura», o la expresión «salí sin ser notada». El alma sigue los pasos que cualquier dama seguiría en pos del encuentro con su amante, como huir de casa por la noche. Desde los primeros versos están presentes las alusiones al amor humano para poder mostrar las pruebas del amor divino. Enlazando con lo apuntado, tengamos en cuenta también el epíteto «dichosa ventura».
            Llama la atención el tercer verso, de donde extraíamos el adjetivo anterior: «¡oh dichosa ventura!», pues interrumpe la breve narración iniciada en los versos anteriores, y a modo de paréntesis queda encastado en la lira, pero ya en el cuarto verso, se retoma la oración de los versos anteriores. Además de representar un estribillo, pues también lo encontramos en la segunda lira, este tercer verso anticipa las exclamaciones que observaremos en la quinta estrofa. Todos ellos aportan un valor retórico que trata de aproximarnos la alta experiencia a la que el alma se siente llamada. La exclamación, como otros recursos que manejan conceptos imposibles (paradoja, oxímoron) buscan ofrecer lo que el lenguaje humano no es capaz.
            Trasladados desde el plano simbólico, los términos utilizados en la primera lira, tales como  «noche» y «casa», son metáforas que se corresponden con paz, armonía, liberación de las pasiones, para la primera palabra, y cuerpo, para la segunda.
            Ya en la estrofa siguiente nos reencontramos con el sintagma «a oscuras», reforzado por su presencia anafórica, tanto en el verso seis como en el ocho, pues el poeta pretende insistir en esa clandestinidad que protegerá el encuentro entre los amantes; idea que queda reforzada por otros adjetivos, «secreta» y «disfrazada».
            Los últimos versos de las dos primeras liras actúan, como ocurría con los versos 3 y 8, a modo de estribillo, lo cual nos conduce hasta la poesía de raigambre popular. Nos encontramos con una pieza ecléctica que se mueve entre lo nuevo de la métrica y lo característico de lo popular.
            Destacamos la insistencia, una vez más, en lo referente a noche y a secreto, en la tercera estrofa. La novedad la encontramos en la metáfora «luz», que actúa como la antítesis tras la insistencia de «noche». Entrados en la vía iluminativa, la luz del verso 14, como metáfora, alude a la presencia divina. Esta lira nos muestra el paso siguiente tras la huida secreta. Ahora el alma sabe con certeza cuál es el camino que debe seguir, de modo que no existe distracción posible, lo cual se expresa en la hipérbole: «en el corazón ardía».
            Hemos hablado del alma como el personaje femenino que huye de casa aprovechando la nocturnidad; sin embargo, hasta el momento, no ha aparecido mención alguna. El poeta pretende presentarnos las circunstancias que aprovecharía la amada para el encuentro con su amado. En cuanto a este, tampoco ha tenido presencia en los versos anteriores, es más, en la lira cuarta, se insiste en la imprecisión. Leemos: «quien yo bien me sabía».
            De nuevo subrayamos el uso de la hipérbole: «más cierto que la luz del mediodía». La intención del poeta es la de otorgar a esa luz provocada por la presencia divina una intensidad superlativa, obviamente, por encima de la del Sol.
            Parece que los versos toman impulso en la lira quinta. Tres exclamaciones retóricas conforman esta estrofa, reforzadas por la anáfora «¡Oh noche» en los tres primeros versos, así como el quiasmo para los dos últimos. Se trata de una estrofa de transición que nos catapulta con fuerza hacia la cuarta y última parte del poema, versos donde asistimos a la unión mística. En esta quinta lira se cita a los amantes, sin embargo, tanto es válido para un encuentro amoroso propio del amor humano, como del amor divino, si seguimos una lectura religiosa.
            Decíamos que la exclamación nos conduce hacia lo inefable, hacia aquello que no se concreta en las palabras. Es el gemido o el grito el que aporta el elemento no presente en la palabra, es la forma de la expresión y no el limitado significado del término.
            La vía unitiva comienza en la sexta estrofa. El personaje femenino que nos habla nos cuenta que se ofreció a su amante. Y lo hace a través de la hipérbole del primer verso: «En mi pecho florido», que aporta elementos sensuales propios de la relación amorosa que, como cualquier joven, reservaba para tal alto encuentro. No pasemos por alto la alusión bíblica de «cedros», pues fue con madera de cedros del Líbano con la que se construyó el templo de Jerusalén. Tal alusión otorga al encuentro un carácter sagrado.          
            En cuanto al uso del polisíndeton «y», podemos decir que es un intento, por parte del poeta, de añadir elementos que expliquen los prodigios del encuentro.
            En cuanto a la séptima lira, nos encontramos con una hipérbole: «El aire de la almena (…) en mi cuello hería». Es el aire, metáfora del amante y del Esposo, quien participa en las caricias amorosas para que ella quede extasiada «y todos mis sentidos suspendía».
            Sobre la octava estrofa, partiendo de la estructura bimembre del primer verso, asistimos al goce extático de ella, que es quien nos habla. En estos versos observamos la máxima expresión de paz y de armonía. Los amantes se han encontrado y han conocido el amor. Destaca la abundante presencia verbal, como también la derivación: «dejéme/ dejando». Entendemos que ya no existe inquietud ni nada que perturbe el ánimo. Ella estando con él (el alma estando con Dios) es la máxima expresión del gozo, hecho que nos conduce hasta una situación que podríamos considerar como posunitiva.


 


 Conclusión

El poema de San Juan de la Cruz nos proporciona la doble lectura, si por un lado se habla del Amado y de la Amada y se muestran en su actitud amorosa, entendemos que tras el amor humano se trasluce el amor divino. Recoge la composición las tres vías de la mística que conducen a la más certera expresión de la armonía y del placer, por lo tanto, la estructura del poema es claramente ascendente. Valga la pena incidir en expresiones de raigambre bíblica que complementan el sentido de los versos, sin olvidar alguna reminiscencia de la lírica popular.

















[1] Oculta.


martes, 8 de noviembre de 2016

Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead

Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead, de Ángel Silvelo
Ed/ Playa de Ákaba  ISBN: 9788494550737


No cabe la menor duda, es una buena noticia. Bien pocas son la editoriales que se atreven a publicar teatro, salvo en lo referente a las que publican obras de autores consagrados, casi siempre, cuando se han convertido en lecturas obligatorias en los programas pedagógicos de centros educativos. La buena noticia no es otra que la publicación de un texto teatral, concretamente, de  Ángel Silvelo, Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead. Se trata de la primera pieza teatral que  publica el sello Playa de Ákaba. Recordemos que, en la misma casa, el mismo autor nos dejó la novela, «Tras los pasos de John Keats». Con esta última obra, y completando el círculo, el foco se ha concentrado sobre la amada del poeta inglés, Fanny Brawne. 
          ¿Cómo ha de ser una pieza teatral? Considero que los géneros marcan unas pautas que, en ocasiones, podemos alterar. En la obra de Ángel Silvelo, hablamos de un texto sin trama, consistente en, a través de las voces de los personajes, lograr que afloren facetas humanas que entroncan con los versos de Keats y con las cartas que, tanto el poeta como su amada se escribieron.
            Tres son los personajes fundamentales que ha creado Silvelo: Fanny Brawne, la amada del poeta romántico; John Keats, el poeta; y Joseph Severn, el médico y amigo de este, con el que el poeta convivió en sus últimos días en Roma.
            La obra nos presenta a Fanny, tiempo después de la muerte del poeta, escribiendo una carta a su amado, en la que nos encontramos, además de la honda introspección de la mujer, con quien pretende dejar de ser musa para gritar que es mujer, al tiempo que reafirmar su amor hacia el poeta. En su empeño, las epístolas se convierten en un puente íntimo, como así reconoce de la Belle Dame: «esas cartas son el símbolo de nuestra unión tras tu muerte; una unión sensitiva y simbólica».
        Si el autor me lo permite, diría que este ha creado una ficción relativa, en la que ha pretendido recrear a unos personajes a través de un lenguaje que nos traslada, no al siglo XIX, sino a la ficción romántica del siglo XIX. Los personajes viven su realidad, pero la viven poetizada. Aquí nos topamos con el riesgo de la obra, que, con total seguridad, el autor conocía; pues, en ciertos momentos, la expresión alcanza una intensidad lírica un tanto elevada, que se suple con la ya conocida autoridad de Silvelo para bucear en el universo de los sentimientos.
    Entre lo más destacado del texto, podemos decir que se encuentra la actitud de la amada de Keats, queriéndose emancipar del lugar que algunos biógrafos del poeta le han dedicado. En algunas páginas, la mujer reivindica su existencia plena, pues no solo quiso ser la mera musa del poeta inglés. Nos dice ella: «Por fuera todo era distinto, yo fui tu viuda sin serlo, yo fui tu amante despechada por el destino sin corresponderme, yo fui la novicia despojada de la fe más pura y sublime…, yo me quedé sola, sin nada…». 
      Pero esas palabras no demuestran el desapego respecto a Keats. Añade: «Yo no expulsé sangre por mi boca, pero sangré por dentro manantiales de dolor y de pena. Expié mi culpa y añoré nuestra dicha. Quise ser tuya sin poder serlo».
        La relación entre los dos amantes fue una relación casi adolescente, en la que no se consumó el amor. Si el poeta muere joven, ella, sin morir, queda relegada a un destino, en su medida, cruel. Sin embargo, el consuelo, o la resignación, también se puede encontrar en los versos del amado. Nos dice Fanny: «Buscándote a ti me negué a mí misma, y tanto busqué, que me perdí en una espiritualidad que emanaba de tu poesía».
       El amor y la liberación de una mujer, respecto a la dependencia sentimental de su destino, se alternan en la obra.
      El volumen incluye una oda epílogo del mismo autor, dedicada a John Keats, en la que Silvelo nos vuelve a demostrar, como en el texto teatral, su fervor hacia la relación entre Fanny y el poeta romántico.
       Es «Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead» una lectura recomendada para quienes deseen profundizar en el interior del ser humano, y para quienes quieran sumergirse en el universo del Romanticismo. Felicidades, Ángel.

     
                                                           





martes, 13 de septiembre de 2016

Los días lábiles




Editorial: Stonberg.
ISBN: 978-84-945156-1-3
Autor: Club Marina


Si unos amigos se reúnen, periódicamente, en un café, para hablar de literatura, créanme que ahí hay mucho amor a los libros. Si además se empeñan en crear un volumen de relatos siguiendo un denominador común, como es el tiempo apresado en veinticuatro horas, y la idea le gusta al editor de Stonberg, Jordi Castelló, es que estamos hablando de Los días lábiles.
                           Nueve autores, nueve relatos unidos por lo efímero, por el tiempo que fluye a pesar del intento de cada narrador por detenerlo en las historias apresadas en el papel. En todos los textos nos topamos con un destino pertinaz, contra el que luchan sin armas los personajes, se lucha con el corazón y con la porfía continua de quien golpea el muro invisible y cotidiano. El resultado vale la pena, tanto si se mira desde la perspectiva literaria, como si se prefiere observar el intento de mantener vivo el género literario.
                           ¿Cuántas veces se ha considerado que el cuento es el hermano atrofiado de la novela? No importa si el torrente de la literatura hispanoamericana, tiempo ha, superase el tópico, en casa, el torrente también se alimentó con autores españoles como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos o los muy actuales Carlos Castán o Jorge Gamero, entre muchísimos otros.
                           Los nueve autores se adscriben al relato abducidos por las posibilidades que encierra en sí el género. ¿Qué otra disciplina literaria conduce al lector por los recovecos de unos sucesos para después golpearlo con la suavidad engañosa de aquellas imágenes que completará el mismo lector? En el relato, el círculo lo completa la participación activa de quien lee. El leedor le da la redondez irrenunciable de la obra. Con su lectura, la figura se perfecciona. Por ahí andan el esfuerzo y el logro de los nueve componentes que firman Los días lábiles con el nombre de Club Marina.
                           Aunque no me voy a dedicar a resumir las historias que configuran el libro, creo necesario desvelar los nombres que se refugian en el llamado Club Marina. De ellos diré que algunos miembros ya habían aparecido en el mundo editorial, en publicaciones de editoriales como Nínfula, Gramática Parda o Playa de Ákaba, entre otras. Allá va el elenco:  Susana Tomás, Amanda Gamero, Mariela Puértolas, Javier López, Jorge Gamero, Herminia Meoro, Mercedes Gascón, (un servidor) Eugenio Asensio y, el inefable, Lara Vázquez (biznieto del hermano perdido de los Hermanos Marx).

                         Mención muy especial para el prólogo, con el que se aquilata el libro y cuya autora es Àngels Campos, la profesora que se volcó en la antología, quien nos preparó la pista para echar a volar. Vale.

Os dejo un adelanto de la antología a través del vídeo que ha editado la editorial Stonberg:






El libro se puede solicitar en la editorial, directamente, http://stonbergeditorial.com/es/narrativa/82-los-dias-labiles-9788494515613.html, o en cualquier librería, a 18€. Para quien lo prefiera leer como ebook, el precio es tan solo de 5€ y está en Amazon. Abrazos.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Dedos impregnados de Tiza

Desde la creación de este bloc me he dedicado a escribir reseñas sobre libros que me han interesado, e incluso, como se observará, he comentado veinticinco poemas para que mis alumnos pudieran aproximarse, como una forma de facilitarles el trabajo. Por primera vez, incluyo una reseña de la cual yo no soy el autor, la autora es la profesora Àngels Campos, quien ha tenido la gentileza de mostrarme su punto de vista sobre mi novela, Tiza. Gracias, Àngels. Un fuerte abrazo.


TIZA

No sé si es buena idea escribir con esta inmediatez sobre lo que se ha leído, casi sin dar tiempo a que repose. Pero a mí, ahora, me urge, porque me siento conmovida.
Confieso que, igual que el verano pasado me ocurrió con “Simón, no, Saimon” de Jorge Gamero, empecé a leer la novela impulsada más por curiosidad hacia el autor que por interés en el tema. Sinceramente, las historias sobre entornos escolares y relaciones entre alumnos y profesores no me seducen en absoluto  desde hace años, por demasiado cercanas, supongo...  ni como lectura ni en el cine. Sin embargo, he de reconocer que el enfoque concreto de estas y la calidad de los textos lo han conseguido en ambos casos.
No pretendo hacer un análisis de todos los aspectos brillantes que encuentro en TIZA, solo compartir con el autor algunas de mis impresiones. Esta posibilidad ha sido, en este último año, además de un placer, un lujo inaudito para mí.
     Con toda sinceridad: creo que TIZA es una novela excelente. Y digo una, pero en realidad encuentro en ella muchas. Tal es la riqueza de matices  que ofrece. La he saboreado con mayor gusto a medida que avanzaba. Lo que pudiera, a priori, parecer tópico se desmorona con una sencillez implacable a cada página gracias al protagonista que, sin perder el vigor de personaje ficticio, consigue mantenerse en un conmovedor plano profundamente real y humano. Precisamente este difícil equilibrio es, en mi opinión, uno de los mayores logros de la novela. La multiplicidad de caras del profesor que convergen en la construcción de su personalidad, simple solo en apariencia, aporta a la trama una complejidad que sostiene la tensión narrativa. ¡Pocas veces un personaje aparentemente “anodino y aburrido” acaba siendo tan interesante! Sin perder ni un ápice de coherencia, el narrador-protagonista sorprende al lector a cada paso con giros perfectamente trabados en el argumento, que  mantienen la expectación hasta la última línea. El deseo de conocer si realmente Héctor es culpable de asesinato, se amplifica progresivamente con otras incógnitas de distinto calibre, que crecen o se detienen para proseguir después, en un hábil trenzado que impide detener  la lectura. Al final importa tanto descubrir los hechos que llevaron a Héctor a la cárcel y los motivos por los qué demanda las visitas de su antiguo tutor, como adentrarse en los avatares cotidianos e íntimos del profesor, en sus pensamientos y vivencias, que se cargan de contenido con reflexiones en muchas de las cuales he podido reconocerme. Esa posible influencia subliminal, inconsciente, involuntaria tal vez, de los profesores sobre algunos alumnos me produce un vertiginoso escalofrío que también se encuentra en la novela. Más allá de la transmisión de contenidos académicos, de la enseñanza propiamente dicha, la proyección de la imagen como profesor y la transmisión indirecta o directa de valores siempre me ha preocupado. Jamás me he sentido “un modelo”, (la idea me horripila), ni en posesión de más verdad que la de los contenidos de la materia y, a veces, ni aun de esa…
     La relación del protagonista con el entorno desprende una atractiva autenticidad que, a mi modo de ver, esquiva con inusual acierto la ramplonería y la ñoñez.
Me gusta mucho el estilo pausado del discurso en primera persona, que se remansa llevando de fuera a dentro y viceversa las circunstancias que vive el protagonista, en una especie vaivén continuo que conduce al lector desde la anécdota a la intimidad del pensamiento o a la inversa. Y también el tono, con ciertos toques de ironía e incluso de humor,  hiperculto casi siempre, apropiado al profesor de literatura que muchas veces acaba pensando como si “redactara” un texto…  incluso frente a minucias cotidianas, como un trayecto en tren o el descubrimiento de las partículas de goma “pasada” del viejo pantalón de deporte.
He disfrutado mucho la lectura. Francamente: un hallazgo.

Hasta la próxima, que no tardará…

Gracias y Felicidades, Eugenio.

Àngels Campos, profesora de Secundaria.

sábado, 9 de abril de 2016

Mientras llega Sant Jordi




Mientras llega Sant Jordi

Es grato hablar de libros. Poco se habla ya en los cafés, como antaño. Sin embargo, estoy convencido de que cualquier lunes, ya no se hablará de fútbol, se hablará de libros. Un señor, mientras pide una cerveza en un bar, escuchará cómo el camarero le preguntará qué le parece el monólogo interior en la obra de James Joyce; o en la pescadería, mientras nos descabezan las sardinas, el pescadero nos comentará la estructura circular del poema que escribió ayer y que no le ha dejado dormir. El día menos pensado, cualquier taxista dubitará entre entender a don Miguel de Unamuno como literato o como filósofo, justo después de preguntarse por qué la RAE no recoge el verbo dubitar. También veremos que el Día del Libro, festividad de Sant Jordi o San Jorge, los políticos cederán a la literatura los espacios que le arrebataron en las mesas de venta, pues dudo que lo cedan a la fiesta en sí. Comprenderán que sus libros deberían venderse en las campañas electorales, en los mítines o en las miles de horas que les pagamos en la televisión. Sé que algún día, quienes escriban sobre deportistas, o deportistas que escriban sobre sí mismos (me consta que se ha dado el caso), comprenderán que se pueden vender sus libros en los eventos deportivos y no precisamente el 23 de abril. ¿Habrá que recordar que ese día se nos murió Miguel de Cervantes y no un saltador de pértiga? ¿Existe un campeonato del mundo de poesía? ¿Se juega la Champions de novela, de cuento, de teatro, de poesía o de ensayo? Sobre otros, ¿qué se puede decir?, si acaso el oxímoron que se crea entre libro y «famoseo», que por si mismo se anula.
Como es habitual, en este próximo día de Sant Jordi, una vez más, algunos lucharemos contra personajes agigantados en los medios de comunicación. Algunos sabemos que nos quedaremos colgando de la realidad o de las aspas de los molinos de papel. Aun así, aportaré mi granito de arena, no solo comprando algún libro, sino también participando como autor. Como en otras ocasiones, estaré ofreciendo mi pequeña entrega en el puesto que Amnistía Internacional instalará en L'Hospitalet del Llobregat (Rambla Just Oliveras) por la mañana del día 23 de abril, y por la tarde, en el otro puesto que la ONG instalará en el Passeig de Gràcia, 72, de Barcelona.
Este año mi felicidad se deberá a diferentes motivos: seguir firmando mi novela, Tiza, así como el nuevo libro de relatos, Los días lábiles, en el que he podido colaborar con el inefable Club Marina, y, con toda seguridad, que parte de los beneficios los donaré a Amnistía Internacional. 
         Dejadme insistir, la felicidad sería completa si este año, los medios de comunicación no se limitasen a mostrarnos, entre famosete y famosete televisivo, el tópico de «las ciudades se llenaron de rosas y de libros» para cubrir el expediente informativo. Estoy convencidos de que algo más se puede hacer con y por la literatura.

Abrazos de papel.

Parte de este artículo ha sido publicado en la página 16 de la revista El Tot.




sábado, 19 de diciembre de 2015

Salmo XVII / Miré los muros de la patria mía

Salmo XVII

                               Miré los muros de la patria mía[1],
                               si un tiempo fuertes ya desmoronados
                               de la carrera de la edad cansados
                               por quien caduca ya su valentía.
                                             
                               Salíme al campo: vi que el sol bebía
                               los arroyos del hielo desatados,
                               y del monte quejosos los ganados
                               que con sombras hurtó su luz al día.

                                Entré en mi casa: vi que amancillada
                               de anciana habitación era despojos,
                               mi báculo más corvo y menos fuerte.

                               Vencida de la edad sentí mi espada,
                               y no hallé cosa en que poner los ojos
                               que no fuese recuerdo de la muerte.

                                              

Resultado de imagen de vejez surrealista


Introducción

El Salmo XVII pertenece a Fco de Quevedo y fue publicado, póstumamente, en El parnaso español (1648). Se trata de un soneto de temática metafísica. Lejos queda el autor del conceptismo más ingenioso, aquí nos encontramos con el poeta del desencanto o, sencillamente, el poeta del pesimismo Barroco.

Tema

El poema se centra en la amplia idea del paso del tiempo. Está vinculado al tópico latino del Tempus fugit. Los antecedentes nos podrían conducir hasta las Epístolas Morales de Séneca.

Estructura externa

Estamos ante un soneto, cuya estructura formal es la habitual: versos endecasílabos con rima consonante, con cuartetos con estructura ABBA, ABBA y tercetos, en esta ocasión, CDE, CDE.

Estructura interna

El poema se puede dividir en dos partes. Los dos cuartetos nos hablan de los efectos del paso del tiempo sobre el mundo exterior: en la primera estrofa, el deterioro de la ciudad, y en la segunda, de la naturaleza; en los tercetos: la transición desde lo exterior a lo interior, es decir, el paso intermedio, la casa, y, en el segundo terceto, la mirada interior del poeta sobre sí mismo.
Resultado de imagen de vejez surrealista

Análisis

En el primer verso leemos la expresión «patria mía». El término «patria» es susceptible de diferentes significados. Podría referirse a España, como tantas veces se ha dicho, incluso al deterioro del cuerpo del poeta, etc. Según José Manuel Blecua, se refiere a Madrid, justo al momento en el que son derribados los muros de la ciudad, con lo cual, podríamos aceptar el valor literal que nos ofrece el poeta. Es habitual encontrar en las composiciones de Quevedo, que en un mismo verso, los valores temporales entre el pasado, el presente y el futuro se unifican. En el segundo verso, algo de ello se puede apreciar en la antítesis, «si un tiempo fuertes ya desmoronados». Los elementos contrarios de la antítesis, «fuertes» y «desmoronados», nos hablan de lo efímero y de lo relativo del tiempo. La idea de velocidad y de efímero se refuerza en la palabra «carrera» (v. 3), y después, a través del adjetivo «cansados» y del sustantivo «valentía», se personifica a «muros», con lo cual, lo material se convierte en sensitivo, que es la forma que tiene el poeta de aproximarlo a la naturaleza del lector.
               El autor continúa con el recurso de la personificación, ahora se señalará al sol: «vi que el sol bebía». Parece que lo no humano, en las palabras del poeta, adquiere vida. Si el sol bebe, los ganados se lamentan, también encontramos que el monte roba: «y del monte quejosos los ganados» / que con sombras hurtó su luz al día». Todo está vivo, todo está palpitando, por consiguiente, todo es susceptible de ir muriendo: el hielo se deshace y el sol muere más allá del monte.
               El segundo cuarteto se aproximaría a una determinada estética barroca. Aquí el estilo no es el del conceptismo, sino que parece ir de la mano de cierto culteranismo. Observemos el circunloquio del verso 6. Por querer decir agua, leemos: «los arroyos del hielo desatados». Y no es menos culterano, con hipérbaton abrupto incorporado, el estilo de los dos versos siguientes: 

              
               «y del monte quejosos los ganados
               que con sombras hurtó su luz al día.»

              
               El autor sigue en el exterior y observa y asimila el ciclo de la naturaleza, desde su sentir barroco, para transformarlo en pesimismo. Todo es cambiante hacia la muerte, incluso la luz del día o el hielo, pues estos, desde los ojos del Barroco, también tienen su forma de morir. Por consiguiente, la segunda estrofa reafirma lo ya anotado para la primera.
                                             
               Decíamos que el recorrido que realiza el poeta en su experiencia temporal se iniciaba en el exterior y se recogía en el interior. El primer terceto nos muestra una transición, el punto intermedio entre él y lo exterior lo encontramos cuando nos habla el poeta de su casa. En este terceto vuelve a ser imprescindible la personificación, «anciana habitación», pues Quevedo sigue en su intención de dotar de vida a todo aquello que captan sus ojos, pues todo lo que denote vida será susceptible de morir, a la vez que ampliará el escenario que pretende mostrarnos a los lectores.
               Al hablar sobre sí mismo, Fco de Quevedo nos enseña que el deterioro exterior también tiene su reflejo en sí mismo. Observamos una consonancia de elementos que apuntan hacia el mismo final, el definitivo.
           
Resultado de imagen de vejez surrealista    Si el primer terceto era la transición hacia las zonas interiores del poeta, en el segundo debemos confirmar que ya todo lo citado apunta hacia él. De nuevo la personificación estará presente. Don Francisco le otorga a la palabra «espada» la posibilidad que encierra el adjetivo, «Vencida», de esta manera se refuerza la intención de todo el poema. De tal manera se vale, asimismo, de la sinécdoque cuando utiliza el susodicho término «espada». En algunas ocasiones se ha aludido a la virilidad para explicar la presencia de la palabra, de cualquier modo, diríamos que no solo se refiere a la virilidad, sino a un todo dentro del campo semántico opuesto a la muerte.
               El poema aumenta su intensidad. Lo que aparecía diseminado a lo largo de la composición, ahora se ha multiplicado y rodea por completo al poeta. Pensamiento que se recoge en los dos últimos versos:
                                              

               «y no hallé cosa en que poner los ojos
               que no fuese recuerdo de la muerte»



               La palabra muerte, hasta el momento, había sido evitada por el autor. En su lugar aparecían otras expresiones que sin ser muerte total, nos conducían hacia ella; como: «desmoronados», «cansados», «caduca ya su valentía», «despojos» o «mi báculo más corvo y menos fuerte». La intención no había sido otra que reservarla para que fuese la palabra que cerrase el poema.
 
Conclusión

El soneto conocido como Salmo XVII pertenece al grupo de poemas metafísicos que compuso D. Francisco de Quevedo. El estilo que observamos se acerca más al culteranismo que al conceptismo, a pesar de que sea este autor uno de los más reconocidos poetas conceptistas. Todos los recursos que se emplean pretenden conducirnos hacia un final rotundo que se expresa fundamentalmente en el término «muerte», que es el que cierra la composición. Es habitual que, en los poemas metafísicos de Quevedo, el autor nos conduzca hacia el mismo final, pero aunque la muerte aparezca con un valor universal, se deduce que la angustia se crea, fundamentalmente, porque es una muerte próxima, casi visual, incluso para el lector. Por ello, podemos afirmar que el poema sigue una estructura ascendente, ya que es en  los últimos versos donde se alcanza el punto de máxima tensión, es decir, el clímax.


Webgrafía









[1] Según José Manuel Blecua, aquí patria se refiere a Madrid: «que había derribado sus puertas y sus murallas». Clásicos Castalia, Madrid, 1980.