sábado, 19 de diciembre de 2015

Salmo XVII / Miré los muros de la patria mía

Salmo XVII

                               Miré los muros de la patria mía[1],
                               si un tiempo fuertes ya desmoronados
                               de la carrera de la edad cansados
                               por quien caduca ya su valentía.
                                             
                               Salíme al campo: vi que el sol bebía
                               los arroyos del hielo desatados,
                               y del monte quejosos los ganados
                               que con sombras hurtó su luz al día.

                                Entré en mi casa: vi que amancillada
                               de anciana habitación era despojos,
                               mi báculo más corvo y menos fuerte.

                               Vencida de la edad sentí mi espada,
                               y no hallé cosa en que poner los ojos
                               que no fuese recuerdo de la muerte.

                                              

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Introducción

El Salmo XVII pertenece a Fco de Quevedo y fue publicado, póstumamente, en El parnaso español (1648). Se trata de un soneto de temática metafísica. Lejos queda el autor del conceptismo más ingenioso, aquí nos encontramos con el poeta del desencanto o, sencillamente, el poeta del pesimismo Barroco.

Tema

El poema se centra en la amplia idea del paso del tiempo. Está vinculado al tópico latino del Tempus fugit. Los antecedentes nos podrían conducir hasta las Epístolas Morales de Séneca.

Estructura externa

Estamos ante un soneto, cuya estructura formal es la habitual: versos endecasílabos con rima consonante, con cuartetos con estructura ABBA, ABBA y tercetos, en esta ocasión, CDE, CDE.

Estructura interna

El poema se puede dividir en dos partes. Los dos cuartetos nos hablan de los efectos del paso del tiempo sobre el mundo exterior: en la primera estrofa, el deterioro de la ciudad, y en la segunda, de la naturaleza; en los tercetos: la transición desde lo exterior a lo interior, es decir, el paso intermedio, la casa, y, en el segundo terceto, la mirada interior del poeta sobre sí mismo.
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Análisis

En el primer verso leemos la expresión «patria mía». El término «patria» es susceptible de diferentes significados. Podría referirse a España, como tantas veces se ha dicho, incluso al deterioro del cuerpo del poeta, etc. Según José Manuel Blecua, se refiere a Madrid, justo al momento en el que son derribados los muros de la ciudad, con lo cual, podríamos aceptar el valor literal que nos ofrece el poeta. Es habitual encontrar en las composiciones de Quevedo, que en un mismo verso, los valores temporales entre el pasado, el presente y el futuro se unifican. En el segundo verso, algo de ello se puede apreciar en la antítesis, «si un tiempo fuertes ya desmoronados». Los elementos contrarios de la antítesis, «fuertes» y «desmoronados», nos hablan de lo efímero y de lo relativo del tiempo. La idea de velocidad y de efímero se refuerza en la palabra «carrera» (v. 3), y después, a través del adjetivo «cansados» y del sustantivo «valentía», se personifica a «muros», con lo cual, lo material se convierte en sensitivo, que es la forma que tiene el poeta de aproximarlo a la naturaleza del lector.
               El autor continúa con el recurso de la personificación, ahora se señalará al sol: «vi que el sol bebía». Parece que lo no humano, en las palabras del poeta, adquiere vida. Si el sol bebe, los ganados se lamentan, también encontramos que el monte roba: «y del monte quejosos los ganados» / que con sombras hurtó su luz al día». Todo está vivo, todo está palpitando, por consiguiente, todo es susceptible de ir muriendo: el hielo se deshace y el sol muere más allá del monte.
               El segundo cuarteto se aproximaría a una determinada estética barroca. Aquí el estilo no es el del conceptismo, sino que parece ir de la mano de cierto culteranismo. Observemos el circunloquio del verso 6. Por querer decir agua, leemos: «los arroyos del hielo desatados». Y no es menos culterano, con hipérbaton abrupto incorporado, el estilo de los dos versos siguientes: 

              
               «y del monte quejosos los ganados
               que con sombras hurtó su luz al día.»

              
               El autor sigue en el exterior y observa y asimila el ciclo de la naturaleza, desde su sentir barroco, para transformarlo en pesimismo. Todo es cambiante hacia la muerte, incluso la luz del día o el hielo, pues estos, desde los ojos del Barroco, también tienen su forma de morir. Por consiguiente, la segunda estrofa reafirma lo ya anotado para la primera.
                                             
               Decíamos que el recorrido que realiza el poeta en su experiencia temporal se iniciaba en el exterior y se recogía en el interior. El primer terceto nos muestra una transición, el punto intermedio entre él y lo exterior lo encontramos cuando nos habla el poeta de su casa. En este terceto vuelve a ser imprescindible la personificación, «anciana habitación», pues Quevedo sigue en su intención de dotar de vida a todo aquello que captan sus ojos, pues todo lo que denote vida será susceptible de morir, a la vez que ampliará el escenario que pretende mostrarnos a los lectores.
               Al hablar sobre sí mismo, Fco de Quevedo nos enseña que el deterioro exterior también tiene su reflejo en sí mismo. Observamos una consonancia de elementos que apuntan hacia el mismo final, el definitivo.
           
Resultado de imagen de vejez surrealista    Si el primer terceto era la transición hacia las zonas interiores del poeta, en el segundo debemos confirmar que ya todo lo citado apunta hacia él. De nuevo la personificación estará presente. Don Francisco le otorga a la palabra «espada» la posibilidad que encierra el adjetivo, «Vencida», de esta manera se refuerza la intención de todo el poema. De tal manera se vale, asimismo, de la sinécdoque cuando utiliza el susodicho término «espada». En algunas ocasiones se ha aludido a la virilidad para explicar la presencia de la palabra, de cualquier modo, diríamos que no solo se refiere a la virilidad, sino a un todo dentro del campo semántico opuesto a la muerte.
               El poema aumenta su intensidad. Lo que aparecía diseminado a lo largo de la composición, ahora se ha multiplicado y rodea por completo al poeta. Pensamiento que se recoge en los dos últimos versos:
                                              

               «y no hallé cosa en que poner los ojos
               que no fuese recuerdo de la muerte»



               La palabra muerte, hasta el momento, había sido evitada por el autor. En su lugar aparecían otras expresiones que sin ser muerte total, nos conducían hacia ella; como: «desmoronados», «cansados», «caduca ya su valentía», «despojos» o «mi báculo más corvo y menos fuerte». La intención no había sido otra que reservarla para que fuese la palabra que cerrase el poema.
 
Conclusión

El soneto conocido como Salmo XVII pertenece al grupo de poemas metafísicos que compuso D. Francisco de Quevedo. El estilo que observamos se acerca más al culteranismo que al conceptismo, a pesar de que sea este autor uno de los más reconocidos poetas conceptistas. Todos los recursos que se emplean pretenden conducirnos hacia un final rotundo que se expresa fundamentalmente en el término «muerte», que es el que cierra la composición. Es habitual que, en los poemas metafísicos de Quevedo, el autor nos conduzca hacia el mismo final, pero aunque la muerte aparezca con un valor universal, se deduce que la angustia se crea, fundamentalmente, porque es una muerte próxima, casi visual, incluso para el lector. Por ello, podemos afirmar que el poema sigue una estructura ascendente, ya que es en  los últimos versos donde se alcanza el punto de máxima tensión, es decir, el clímax.


Webgrafía









[1] Según José Manuel Blecua, aquí patria se refiere a Madrid: «que había derribado sus puertas y sus murallas». Clásicos Castalia, Madrid, 1980.

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