sábado, 24 de octubre de 2020

La espera. Primer capítulo de Las zonas frías del Sol









He aquí el primer capítulo de Las zonas frías del Sol.  





Editorial: Amarante. 
ISBN: 978-84-949142-1-8.  
Páginas: 228.


    Tal vez el dilema al que nos conduce la novela sea el siguiente: ¿qué haría cualquiera de nosotros si cuando tuviese al alcance de su mano algo -por banal que fuese- muy deseado, tuviese que renunciar a ello por socorrer a alguien? ¿De verdad que renunciaríamos? 


Las zonas frías del Sol, de Eugenio Asensio




—Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque (ve aquí la razón) si no te hubieran echado a puntillones del más hermoso de los castillos por aquel ósculo que diste a la señorita Cunegunda; si no te hubiera cogido la Inquisición; si no te hubiera fustigado después; si no hubieras viajado a pie por América; si no hubieras perdido los carneros que sacaste de aquel bienaventurado país, no regarías ahora las coles, ni comerías espárragos y alcachofas, ni las venderías en la ciudad de Constantinopla.
Cándido, de Voltaire

El Cónsul se sintió angustiado. ¡Ah, qué daría por tener un caballo y galopar, cantando, lejos, quizá para ir a ver al ser amado, para llegar al corazón de la sencillez y la paz del mundo! ¿Acaso no era eso como la oportunidad que depara al hombre la vida misma? Claro que no. Sin embargo, sólo por un momento así le pareció.
Bajo el volcán, de Malcom Lowry



1   La espera

Hace tres días que no tengo una erección, lo cual me ha llevado a pensar en un tipo, recepcionista de hotel, que contaba en televisión sus muchas experiencias sexuales. Hablaba sobre todo de las mujeres nórdicas, por supuesto, de entre ellas destacaba a las suecas. Aquel era algo así como el último espécimen de aquel macho hispánico instalado en su hábitat natural, es decir, en cierto hotelucho de la Costa Brava. Narraba anécdotas como la referente a la llegada de un autocar repleto de suecas que, cuando entraron al hotel, lo vieron y lo desnudaron. Él seguía con más historias, como aquella otra que se centraba en el idilio que mantuvo con una alemana, mujer entrada en cierta edad, y con la hija de esta. Contó que todo acabó cuando ellas descubrieron que se entendían con la misma persona. Dijo el entrevistado que mientras ellas se despellejaban aprovechó para salir de la habitación y no volver con ninguna de las dos; claro, pensé, teniendo un autocar de suecas al acecho, qué importaba una madre y una hija alemanas.
A nuestro hotel jamás llegó ninguna sueca, o si llegó, como nunca desnudó al Cabezón, no nos enteramos de que fuera sueca. El Cabezón, o bien, el señor Mena, es el recepcionista de más antigüedad y quien está preparando el salto de Andrés, de jefe de botones a recepcionista auxiliar o a auxiliar de recepción, que por lo que ellos dicen, debe de ser lo mismo. No es necesario apuntar que al señor Mena el mote le cayó por razones obvias, pero apuntándolo es la mejor forma de incidir en la más destacada de sus características.
En el hotel, tener un mote puede traer serias consecuencias, quizá no tanto para el Cabezón como para los botones, porque quienes lo llamamos así somos sus inferiores; o sea, que sus aspiraciones en el hotel no dependen de nosotros. En cambio, entre los botones, difícilmente podrá no ser nefasto; primero, la vejación del motejado mientras padece el sobrenombre por sus iguales, y después, como efecto contrario, cuando la persona tildada alcance un puesto superior, siempre caerá sobre los demás (ahora inferiores) la venganza del anteriormente humillado. Esas circunstancias las sufriremos con el Ratón si algún día, cuando sea recepcionista, descubre o sospecha que lo llamamos como él sabe que lo llamamos. De cualquier modo, lo principal es que a todos nos conozcan nada más que por nuestro nombre. Yo me llamo Roberto, y hasta hoy creo que nadie ha sustituido mi nombre por ningún apodo. El día que eso suceda será porque algo se me habrá ido de las manos, quizá un proceder inesperado, una respuesta poco meditada. Aun existiendo la posibilidad posterior de venganza, siempre significará estar ahí con una cruz en la frente y cayendo en picado por el agujero de algo a lo que de momento no le he puesto nombre.
El personal del Hotel Manila no solo puede clasificarse en esos dos grupos: los que arrastran un sobrenombre y los que todavía no arrastramos nada, hay pues un tercer tipo, que lo forman aquellos que están en vías de ser motejados, aquellos que empiezan a sobresalir con demasiada frecuencia, pero que todavía no han recibido el nuevo bautismo porque no ha habido un acuerdo tácito, por parte de los padrinos, sobre la elección del mote. Entre los que con toda certeza visitarán en breve el baptisterio destaca Pedro.
En cuanto a los motejados sobresale el Ratón. Para nosotros, los botones, resulta difícil imaginárnoslo detrás del mostrador, es decir, en una categoría laboral que no sea la nuestra. Incluso es difícil verlo vestido de otro color que no sea el rojo, y por supuesto, con los entorchados dorados. No es que Andrés venga desde su casa engalanado con su traje de botones, y que salga con él cuando acaba su jornada. Qué va. Lo que pasa es que mejor sería que así fuera, pues el Ratón es de un exquisito por el que nadie con sentido común debería fiarse para que le eligiese ni la ropa ni nada. El Ratón no es que sea extremado o que sus gustos se ajusten a una línea o a otra, lo que pasa es que el Ratón es de modas cruzadas, como todo en él; sin embargo, una candidez insospechada, más que una presunción, le impide ubicarse en el mismo espacio que los demás, en las mismas coordenadas que este hotel de lujo al que podría abrírsele una fisura justo de sus mismas medidas.
En otro tiempo, por lo que se cuenta, el Cabezón estuvo liado con una francesa que se albergó aquí en unas nada blancas Navidades. Eso es algo que ha pasado a los anales del hotel. Hubo amor pasional, llegada inesperada del novio de la francesa, carreras, lío de puertas como en el teatro y si te he visto no me acuerdo. La francesa y el francés se marcharon y para los de aquí todo siguió como estaba. Pero también podría ser todo mentira. En este hotel no se liga, no se parece en nada al que describía el tipo de la tele, y que nadie se emperre defendiendo lo contrario; tal vez por eso tiene tanto éxito el negocio del Ratón y el señor Mena.
El mismo verano que acabé y aprobé el primer curso de Filosofía, entré en el Hotel Manila, en el que trabajo desde hace más de dos años. El recuerdo de aquel verano me es grato, pero no solo ese recuerdo, también el cambio que yo había provocado en mi vida; o sea, que se cerraba un período y se abría, con mi dedicación al trabajo, otro mucho más esperanzador. En aquel mismo momento me pareció interesante, tanto que decidí no matricularme en la universidad. Desde entonces, mi única actividad intelectual, si puede llamarse así, es devorar novelas, y cuando me empacho de ellas, no leo nada durante meses. Me exasperan y acaban aburriéndome los personajes que pretenden mostrarse como un modelo de conducta y convertirse en el anhelado espejo del lector; y no digamos nada de los que se regodean en el frívolo detritus del llamado realismo sucio (decía un amigo que el realismo sucio es convivir con dos abuelas), o los que se deshacen por no cruzar sus vidas con elementos como el televisor o el teléfono móvil. En cuanto a la filosofía, nunca más he vuelto a tocar ningún texto, ni pienso hacerlo, con un año tuve suficiente para reconocer que me había equivocado en mi elección; bueno, me había equivocado en las notas de acceso a la universidad, pues Filosofía era de lo poquito que podía elegir.
Mis reflexiones se han vuelto más pragmáticas. Estas me dicen que mi futuro, aun descartadas las posibilidades de ligar, siguen estando aquí, en el Hotel Manila. Creo que muy pronto me pasarán a alguna sección de mayor reconocimiento. Estoy convencido de ello porque no tengo competencia entre mis compañeros. Todos los que por su antigüedad pudieran aspirar a ocupar un lugar mejor en el hotel son auténticos palurdos y no pueden desarrollar otra función que la de cargar maletas y esperar propinas. El caso de Andrés, el Ratón, es diferente, no es que sea menos palurdo que los demás, lo que sucede es que cayó en gracia al señor Mena, y el Cabezón aquí tiene mucha mano.
A veces pienso que Andrés, el Ratón, aun siendo incapaz de ordenar coherentemente dos pensamientos, está dotado de una habilidad instintiva para conocer el mundo a través de barruntos que él, por una extraña transmisión, ha recibido como herencia primitiva, bien diferente al resto de los humanos, a pesar de los refinamientos de nuestra civilización. ¿Será por su cándida intuición por lo que se ha ganado el aprecio del señor Mena? Al Ratón no le pesa el cuerpo, la herencia recibida a través de miles de años lo empuja con fuerza hacia sus objetivos, pero algo de asombro se le derrama en la mirada. Quiero pensar que yo soy mejor; debo pensarlo, pero a pesar de mi acto de soberbia me cuesta creerlo. ¿Qué pensará él?, y ¿qué barruntará el Ratón del público al que sirve?; y bien, ¿qué pensarán los huéspedes de él? En todos los oficios en los que se supone cierto servilismo, en el intercambio estipendio por trabajo, quien paga, parece que compra el derecho a limitarnos la existencia a unos actos insignificantes: retirar el plato con los restos de la comida, esconder una mirada de complicidad a quien guardará en la maleta las toallas del baño, mantener una sonrisa ante el crimen cometido por el niño sobre el mantel, abrir los parasoles en la terraza… Me es inevitable pensar que el huésped nos limita la vida a una suma de actos muchas veces banales, que, como tales, flotan sin ahondar en la materia de lo que llamamos vida. También me pregunto si algún cliente del hotel, pasado un tiempo de su hospedaje, si me encontrara en otro lugar, me reconocería. Creo que yo sería tan anónimo para el huésped como lo era para mis profesores de universidad. En el breve tiempo que mi imagen pudo rondar por la memoria de quienes pasaron por el hotel ¿me permitieron estos dar el salto hacia fuera o se me encerró para siempre en la cotidiana y efímera actividad del sirviente? Esas preguntas me inquietan, me aguijonean hasta crearme la necesidad de formularlas delante de todos y cada uno de los huéspedes, y el no hacerlo (como así sucede) significa ponerme una mordaza, significa que se me inflige el castigo como a criatura inferior que debo ser, y eso me jode. Si por el contrario, traslado esta inquietud a los huéspedes, es decir, que sean ellos los que crean que su existencia queda limitada a actos cotidianos (a veces ridículos por lo grandilocuentes) apresados en la retina de los botones, lejos de satisfacerme me crea angustia y miedo; porque es como si pretendiendo escapar de una condición, creyendo haber dado el salto por encima de los límites de mi actividad, se me abriesen los ojos para ver que en verdad no me hubiera movido de esta misma baldosa del hotel, que ahora piso; como si la imagen real y la imagen reflejada en el espejo negaran la complementariedad, quedando solo la ilusión de ser reflejada, y eso también me jode. Pero trabajar en el hotel, además de crearme en ocasiones desasosiego, también significa tener el mundo acotado, bien estructurado, creyendo conocer (o jugando a creer) el lugar que ocupa cada cual. Y aunque mi condición no es de las envidiadas, saber dónde me encuentro compensa mis tribulaciones.




3 comentarios:

  1. Las Zonas frías del sol

    Raquel Plus es ese obscuro objeto de deseo, del deseo de todos los botones del Hotel Manila, que son capaces de todo por espiarla desnuda desde un desvencijado trastero que da a la habitación asignada a Raquel. Y ésta es la Plus, “la Más”, porque representa el ideal de belleza absoluto, aquél único que puede colmar sin fisuras el deseo. Todo es un juego voyeurista, de miradas y espejos. Hasta la inglesa es mirada desde un cuadro por el personaje pintado en él. Él, cuyo destino es ser mirado, mira y se enamora de ella. Y ella que, de algún modo, sabe que él mira, cae seducida por la mirada enigmática del personaje representado acodado en un velador y tomando un vaso de whisky; posición y situación en la que ella misma se encuentra en el vestíbulo del hotel. Y tal es su fascinación por ese otro pintado, que su deseo no es otro que entrar en el cuadro y formar parte de él, y unirse al personaje que la mira. De su ensoñación la saca Andrés, el jefe de los botones (el Ratón que cobra a los demás la entrada del trastero), que en un principio confunde con el protagonista del cuadro y que conforme la realidad la va despertando, descubre que no, que Andrés será el instrumento para conseguir un placer más efímero que sustituirá la ilusión de la plenitud. Y Lo mismo le ocurre al botones Roberto en el cuarto trastero, que en el momento crucial de encontrase con el objeto del deseo, se encuentra con otra cosa, con la Raquel de carne y hueso, la más humana, es decir, con la realidad. Y de ahí, surge, como Venus de la espuma del mar, Jennifer, trasunto de Raquel Plus, de la que sí se puede enamorar porque es como todos, como las demás, como tú y como yo.


    Bernat Jarque Civera

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    1. Muchísimas gracias, Bernat. Ha sido una gran satisfacción para mí poder leer tu punto de vista, con el que coincido totalmente.

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