martes, 1 de diciembre de 2015

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

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Lope de Vega (1562-1635)

[1]¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!


Introducción


El autor del poema es Lope de Vega. Se trata de un poema de madurez, alejado ya de correrías y aventuras amorosas. La composición, temporal y poéticamente hablando, se adentra en el Barroco. La reflexión religiosa, como parte de la reflexión moral del momento, también tiene su representación en la poesía del XVII[2]. El tratamiento temático, el no atender a la llamada interior, ya aparecía en San Agustín, en Confesiones VIII, 12, así como en otros versos del libro Rimas sacras.

Tema

Dentro del tema religioso, se podría decir que la composición muestra el arrepentimiento del poeta por toda una vida en la que desantendió la voz de Jesús.

Estructura externa

Los versos forman un soneto al uso; es decir, con la estructura ABBA para los cuartetos y, en este caso, para los tercetos, CDC, DCD, con la rima consonante para todos los endecasílabos.

Estructura interna

El poema se puede dividir en tres partes. La primera se acotaría al primer cuarteto. Aquí, con dos interrogaciones retóricas, el poeta inquiere a Jesús sobre el interés de este hacia él. En el segundo terceto nos encontramos la segunda parte. En esta, mediante una exclamación retórica, Lope admite su alejamiento, en otro tiempo, de la palabra de Jesús. La tercera parte del poema queda delimitada a los tercetos, donde se entabla un diálogo entre el poeta y el Ángel de la guarda.

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Análisis

Como decíamos arriba, el soneto se abre con una interrogación retórica, que no deja de ser un apóstrofe, que abarcará los dos cuartetos, dirigido a Jesús. La presencia del poeta se encuentra ya en el primer verso: «¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?»; así, también podemos decir que el receptor de las palabras se reconoce en el segundo verso: «¿Qué interés se te sigue, Jesús mío». Los dos últimos versos del cuarteto pretenden crear una imagen plástica conmovedora. Para ello el autor se vale de expresiones como: «cubierto de rocío» y «las noches del invierno oscuras». El frío y la oscuridad aumentan el desprecio que Lope mostró por la voz interior que lo llamaba a tomar un camino más piadoso. Entre los recursos que el poeta utiliza, valga destacar, además de las interrogaciones, el hipérbaton, «pasas las noches del invierno oscuras», que se refuerza con la presencia del epíteto «noches (…) oscuras» (v. 4). Todo el sentido del cuarteto se sintetiza en una plasticidad que bien podría recogerse en la iconografía del Barroco, bien en la pintura o en la imaginería que decoran las iglesia y los pasos de las procesiones, para destacar el dolor que, aquí, el poeta con su distanciamiento, está causando en lo más humano (y por ello próximo a Lope) de la imagen de Jesús.
            Llegados ya al segundo cuarteto, debemos recordar que lo abarca toda una exclamación retórica. Es aquí donde el poeta muestra el arrepentimiento, con toda la intensidad que remarcan los signos de admiración. El autor, además, se acusa del dolor que pudo causar en el Jesús hombre. Lope muestra el resultado de su propio juicio y debido a esa valoración, utilizando la sinécdoque, habla de «mis entrañas duras». Destacan en la estrofa una serie de epítetos con la intención de mostrar lo inmisericorde de la actitud del Lope descarriado. Leemos: «entrañas duras», «extraño desvarío» y «hielo frío». Esta adjetivación contrasta con la que el autor dedica a Jesús: «tus plantas puras». De esta manera, asistimos a la antítesis, que busca crear el contraste entre la bondad de Jesús y la actitud del poeta.
            A partir del verso nueve, el poema da un giro considerable. Pasa de la reflexión al diálogo, aunque tanto los cuartetos como los tercetos incidirán en el remordimiento por el mucho dolor que Lope, como decíamos, ha causado durante su trayectoria vital a Jesús. En los tercetos, a pesar de que la imagen de Jesús siempre esté presente, el diálogo se entabla entre el alma del autor y el Ángel de la guarda. Se mantiene en los dos tercetos la intensidad propia de la exclamación; es decir, se mantiene la intensidad a través, como habíamos anotado, de los signos de admiración. Así, parece que el sufrimiento (también el arrepentimiento) que el poeta causó al hijo de Dios va in crescendo. En esa misma línea, es fundamental  destacar que el Ángel no se dirige a la persona física, sino al alma, con lo cual, el poema sube algunos grados más en el tono y en la intensidad de las emociones que siente el autor. En realidad, Lope está pensando en que su vida no le está facilitando el camino hacia las puertas del cielo y es por eso que aquí, en su palinodia, busca allanarlo y va más allá de los intereses mundanos, va hasta los intereses espirituales y ello se aprecia también en el léxico. Sabemos que la misión de la cristiandad y de sus representantes, humanos y no humanos, es la de salvar almas. También sabemos que un ser humano, en términos celestiales, es un equivalente a un alma. Aun así, este aspecto parece aproximar al poeta ante un tribunal. De hecho, el alejamiento de la juventud hace a Lope prepararse para la otra vida, de ahí que ya no se muestra el poeta con la corporeidad y sensualidad humanas de otros versos, sino en la inmaterialidad de un alma, tal como se pone en boca del Ángel el vocablo. La escena nos aporta visos de momentos venideros y decisivos, como el previo o, incluso, en el mismo momento de ser juzgado por el último tribunal.
            En el primer terceto interviene el Ángel. El recurso estilístico más destacado lo tenemos en el verso 11: «verás con cuánto amor llamar porfía». Observamos que a la expresión de Lope le falta, en términos alejados de la poesía, cuando menos, una preposición. Sus palabras, trasladadas a otra sintaxis, podrían ser: verás con cuanto amor porfía en llamar.
            Un aspecto relevante encontramos en la figura de Jesús, emisor de la llamada, que se aproxima al nivel más humano. Para ello se le dota de una capacidad infinita de sufrimiento, como ya conocíamos por  la Biblia, y es que no bastó la mala vida del poeta ni el desprecio o la inclemencia climática, para que él abandonase la espera, pues siempre confiaba en la retractación.
            Alcanzado el segundo terceto, dos son los momentos destacados en los versos. El primero aparece en el verso 12, donde está presente el vocativo que alude a Dios con el sintagma «hermosura soberana». Son dos palabras que sintetizan los valores de Dios. La primera apunta a conceptos que entroncan con el Neoplatonismo, que entiende que la máxima belleza es la de Dios, «hermosura»; el segundo, encierra el concepto de poder, de ahí el término «soberana», que sitúa a Dios en lo más elevado de las jerarquías posibles. El segundo momento destacado se aprecia en los versos 13 y 14, que es donde encontramos un quiasmo que cierra la composición con un auténtico broche conceptual. Leemos:

«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!»

            La estructura en equis se percibe en la repetición del adverbio «mañana» y de la derivación «respondía» y «responder». Para los adverbios, además de los aspectos significativos que podemos encontrar, hemos de añadir que crean una rima interna en «ana», y es así como con esa breve intensificación de la rima, se añade una nota más de énfasis en el soneto, es decir, que la anotada rima, en su aspecto formal, resulta eficaz también para el contenido.


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Conclusión

Nos encontramos ante un Lope maduro, arrepentido por no haberse detenido en el pasado a escuchar la voz de Jesús. El poema se ajusta a la temática religiosa propia del Barroco, al tiempo que surge también por la reflexión personal y humana, más allá de estéticas y movimientos. En cuanto a los recursos destacados, podemos decir que apuntan a preparar el final, pues la estructura es notablemente ascendente. Son el quiasmo y el diálogo, entablado entre el alma y el Ángel, los recursos que Lope emplea para que los versos alcancen la máxima intensidad poética.















[1]Rimas sacras (1614)
[2] 24 de mayo de 1614 decidió al fin ser ordenado sacerdote.

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