domingo, 20 de enero de 2019

El último gin-tonic


El último gin-tonic, de Rafael Soler








El último gin-tonic, de Rafael Soler.
Ed/ Contrabando
ISBN: 9788494777639 
Pp. 212.

                

                             Antes de centrarme en la última novela de Rafael Soler, quisiera aproximarse a su itinerario y a su persona, a pesar de que mi esbozo, como debe ser, será incompleto. Quienes hemos tenido el gusto de conocerlo, sabemos que es un tipo inteligente y locuaz; es más, diría que su locuacidad está marcada con la sabiduría que solo la inteligencia otorga. Su trayectoria literaria empieza en 1979, en concreto, con la novela El grito. Más tarde aparecerán otras: El corazón del lobo, El sueño de Torba, Barranco, que alternarán con el verso: Los sitios interiores; así como incursiones en el relato. Llama la atención la aventura de veinte años de silencio, de donde despierta con el poemario, Maneras de volver, además de otros posteriores como Las cartas que debía, Ácido almíbar (Premio de la Crítica Literaria Valenciana) y No eres nadie hasta que te disparan. Recientemente volvemos a oír la voz de Rafael Soler en la novela El último gin-tonic, publicada por la editorial valenciana, Contrabando, dirigida por Manuel Turégano
            Puestos a sintetizar, diré que El último gin-tonic es la fotografía y la convivencia de la familia Casares, más a lo ancho que a lo largo, de tres generaciones. Añadiría que es una invitación al lector, a quien se le quiere mostrar los interiores de un pasado reciente y de un presente que se prolonga hasta situarnos al borde de un abismo al que llamaremos futuro. El narrador se acerca a la línea que crea la trayectoria vital de los personajes que pueblan las páginas de la novela, toma un cuchillo, cierra los ojos y corta sin temor, pero acertadamente: ahí tenemos el principio de la historia. A continuación, selecciona un corpus de vivencias para estos personajes, cuya extensión será de 212 páginas y vuelve a cortar. Ese fragmento se nos ofrece como muestra suficiente para conocer a los Casares de tiempo atrás, a los del momento actual e, incluso, sin necesidad de narrárnoslo, a los del futuro próximo.
            Para cada miembro de la familia, el narrador tiene colores suficientes como para completar el retrato; tal vez si yo dijera que, sencillamente, los claroscuros que conoceremos nos ratifican pedazos de vida, quizá todos me entenderían: amor, desamor, proyectos, fracasos. En definitiva, golpes, los suficientes, de realidad.
            Ya desde El grito, el estilo de Soler fue valiente, en ocasiones (espero que no se me enfade), osado. Aquí también nos encontraremos páginas que van más allá de una cronología narrativa y que el lector sabrá localizarlas. Rafael Soler tiene en la sangre y en la mirada el oficio de escribir. Respira literatura sublimada y correctamente parca. Nadie puede enseñarle cómo debe ser el estilo narrativo ni del diálogo. Rafael da puntadas, tanto con hilo como sin él, pues en ocasiones consigue que conozcamos a los personajes de igual manera por lo que dicen como por lo que callan. Puedo asegurar que eso, como decía el clásico de los versos alejandrinos, es gran maestría.
            Para cerrar este artículo, diré que provoca una gran satisfacción, para cualquier lector y escritor con ínfulas, rodar por las páginas de El último gin-tonic, aunque mejor si se tratara del penúltimo. Gracias, Rafael. Vale.

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